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Crítica musicalCésar Wonenburger

Vino Bayreuth, pero la emoción se quedó allí

La problemática elección de un popurrí del «Anillo» de Wagner, junto a cantantes no siempre adecuados, deslucen en parte la primera presencia de la orquesta del festival de Bayreuth en España

El director Pablo Heras-Casado, la orquesta de Bayreuth y el barítono Nicholas BrownleeJavier del Real

Son días de aniversarios. La constante celebración de efemérides en el mundo de la cultura, que rememoran hitos lejanos, en el fondo resulta un reflejo de su escasa renovación, de la ausencia de precisas referencias actuales. Los gigantes de otro tiempo siguen caminando, pero ya no sostienen a nadie, vienen con sus fatigados hombros pelados. Y a veces pareciera como si solo permaneciera ya el deseo de rendirles perenne homenaje por lo que estos nos proporcionaron, y resignarse a vivir perpetuamente instalados en el recuerdo.

Se celebra ahora el 150 aniversario de la inauguración del Festival de Bayreuth, el sueño cumplido de Richard Wagner, un artista que luchó como ningún otro (más allá incluso de la amistad y otras lealtades) por fijar las condiciones ideales que permitieran ofrecer sus obras para el aprecio de los fines por él perseguidos.

La Orquesta de Bayreuth, el director Pablo Heras-Casado, la soprano Catherine Foster y el tenor Klaus Florian VogtJavier del Real

Si él mismo se había molestado en levantar un colosal edificio mediante sus creaciones, que debía servir no solo como mero entretenimiento, sino para contribuir a la reflexión transformadora, provocar ese chispazo en los hombres que los alertase sobre la necesidad de buscar en su interior las causas de su progresivo envilecimiento para volver a sentar las bases de una convivencia más justa y armoniosa entre ellos, no era cuestión de conformarse con cualquier cosa.

De ahí que, para centrarse en el mensaje, Wagner decidiera prescindir de los lujos que tanto apreciaba en su intimidad para ofrecer una versión espartana del teatro, con incómodas butacas que permitieran una visión directa de las vidas ejemplares ofrecidas en la escena.

Todo con el concurso imprescindible de una música que parecía provenir del centro misma de la tierra, de sus abismos interiores, pues el foso quedaría tapado, aunque los profesores de la orquesta debieran padecer a veces temperaturas propias del averno: no estaban allí para divertirse ni divertir a nadie. Su misión era algo más elevada.

Bayreuth, entre Disney y un balneario

Pasada centuria y media, y con Bayreuth convertido hoy en una suerte de lugar de peregrinaje wagneriano para devotos y curiosos, a medio camino entre Disney y un balneario, a cargo de los herederos del genio, ahora se ha permitido que esos esforzados músicos, reclutados de entre algunas de las orquestas alemanas que a veces llegan a prescindir de su asueto para acudir al llamado de la vocación, abandonen por una vez la oscuridad, como los prisioneros de Fidelio, y sus rostros puedan ser al fin reconocidos por el público.

Así ha ocurrido con esta gira de la orquesta del Festival de Bayreuth que recorre varias ciudades españolas provocando, quizá, no desmayos entre los aficionados pero sí algún fenómeno curioso, como que en Sevilla se fuera la luz durante su presentación en el teatro de la Maestranza y hubiese que liberar a los músicos antes de tiempo para que pudieran perderse por las calles de la ciudad en procura de esas elucubraciones en forma de placeres que quedaron fijados en la imaginación europea gracias a la prosa de Merimée, y la gran música de Bizet.

«El público antes era exigente»

También por estos tiempos se conmemora el 65 aniversario de Els Joglars, y uno de sus artífices, el genial Ramón Fontseré, ha dejado una de esas frases para enmarcar que hoy ya solo se permiten los últimos mohicanos de la audacia: «El público antes era exigente, hoy se levanta a aplaudir a la mínima».

La recordé al presenciar las explosiones de entusiasmo con las que se celebraron una buena parte de las interpretaciones de este popurrí desgajado de El anillo del nibelungo, que Wagner seguramente no hubiese aprobado nunca, en el debut madrileño de las huestes orquestales de la Colina Verde.

Con la interpretación de algunos de los episodios más destacados de la Tetralogía (reservándose el más querido por los más cinéfilos, la «Cabalgata» de «La Valquiria», para la traca final de la propina), se pierde la perspectiva global, la idea del viaje ejemplar, desde el enigma que sugiere la propia creación del mundo con el conocido arranque de El oro del Rin hasta su destrucción final por los errores de los hombres, con la promesa de un nuevo amanecer (al que seguramente se aferraría la vicepresidenta Yolanda Díaz, presente en la sala), que provoca la conmoción de «El ocaso».

El tenor Klaus Florian VogtJavier del Real

Bien, se dirá que no había otra manera de que Bayreuth pudiera trasladarse hasta Madrid para apreciar, si cabe, algún detalle del magno retablo. Quizá (Fitzcarraldo manifestaría seguramente otra cosa), pero lo que se ha ofrecido aquí, un pálido reflejo de la experiencia, no ha permitido todo el despliegue de las emociones contenidas en cada una de las obras así evocadas por fascículos.

La orquesta sin duda resulta deslumbrante en todas sus familias: la calidad del metal es oro puro, aunque no le vaya a la zaga al material sonoro que exhiben, en este renglón particular, las orquestas norteamericanas, como la de Chicago y sus célebres bronces.

Y también hay que decir que en España ha habido, en tiempos recientes, tetralogías de un nivel musical que seguramente no se quedarían muy por detrás: en Valencia con Zubin Mehta, por ejemplo. Sin olvidarse de otros hitos wagnerianos como aquel Lohengrin de Semyon Bychkov con la Sinfónica Castilla y León.

¿La diferencia? Siempre la batuta

Lo que realmente concede el prestigio a este conjunto histórico es precisamente esa aura que hoy reclaman los adolescentes, el mito sobre el que se asienta y la asiduidad en la frecuentación de un repertorio que ya no es de su entera propiedad. Como centuria, resulta asombrosa por la evocación de un sonido que podría asociarse a la memoria de otras épocas de pretéritos esplendores, pero la orquesta del presente Bayreuth no posee ya el único secreto de la interpretación wagneriana.

No existe gran diferencia con lo que la formación de Currentzis, la reciente Utopia, logró la pasada temporada con su Anillo sin palabras, por ejemplo. Y ahí sí, incluso sin el concurso de una voz distinguida, como la del barítono Nicholas Brownlee, hubo una emoción en la Despedida de Wotan que aquí pasó en gran medida desapercibida, al menos para este insensible comentarista.

¿La diferencia? Siempre la batuta. Un gran director puede transformar un conjunto menor. Celibidache lo demostraba a menudo. Pero otro bueno, aunque no fuera de serie, como Pablo Heras-Casado, ya puede agitar los brazos todo lo que desee, que podrá obtener un resultado óptimo, pero no conmover, como logra Christian Thielemann cada vez que se pone al frente de la misma agrupación (este mismo verano).

Pablo Heras-Casado dirige la Orquesta de BayreuthJavier del Real

Hubo momentos extraordinarios, como el inicio del Murmullo del bosque, donde por fin pareció aflorar la magia. Pero, en cambio, el director granadino no consigue nunca desatar ese fuego que todo lo arrasa, y que se encuentra en esos momentos aguardados en el final de La Valquiria, el Viaje de Sigfrido por el Rin o la Inmolación de Brunilda: si cuando la redentora se arroja a la pira no asoma alguna lágrima, algo falla.

Claro que tampoco ayuda al resultado global contar con cantantes, volvemos a lo mismo, estimables, pero no excepcionales. De los tres convocados ahora, el único que podría resistir la comparación con algunos entre los que supieron hacerle justicia a Wotan ha sido Nicholas Brownlee, de instrumento noble, rotundo, bruñido, con una magnífica dicción y una expresividad atenta a cada detalle.

Sin «tenores heroicos»

Estuvo mejor en «Valquiria», quizá porque en «El oro» Heras-Casado no logró dotar a este momento de toda su implícita solemnidad, algo que también requiere, dicho sea en su descargo, de haber asistido a todo el viaje anterior. En Wagner la conmoción se produce como resultado de esa fluidez, el continuo permanente que comienza en un murmullo, y a veces se demora, pero solo para volver a adquirir esa fuerza paralizante, capaz de dejarte sin aliento.

Del tenor Klaus Florian Vogt se ha dicho ya demasiadas veces que no es la voz de «heldentenor» requerida para varias de las partes que ha ido asumiendo en estos últimos años. No ocurre solo en este repertorio: hoy cualquier debutante se atreve con Otello.

Lo mismo se dijo de Peter Hofmann cuando asumió Sigmund en el «Anillo» del centenario. Pero aquí me temo que hemos descendido un peldaño más en la fosa de los auténticos tenores heroicos. En «Valquiria» se puede admitir, siempre queda el argumento de apelar al lirismo del joven héroe enamorado para justificar la ausencia de una mayor contundencia en los acentos.

La soprano Catherine Foster

Pero en Siegfried esa falta de carácter, confundido con la introspección, la búsqueda de otra sensibilidad acaso más íntima y profunda, resulta no ya desconcertante, sino simplemente desviada de las intenciones plasmadas en la visión que el autor poseía del héroe noble pero impetuoso, una fuerza de la naturaleza.

Catherine Foster tampoco resulta una Brunilda ideal, pero supo rehacerse frente a las dificultades que le salieron al paso en «Siegfried», con un agudo destemplado (qué dúo más soso les quedó), y en cambio resolvió sin agobios una «Inmolación» a la que también le faltó más dramatismo, arrojo, abandono.

Pero lo dicho, resulta muy complicado crear la atmósfera que exige este momento crucial cuando se ofrece aislado, y no como la culminación, en este caso, no de una única pieza, sino de un todo orgánico, de un mundo, de un ideal, como el que seguramente hubiera resultado de tener a esta misma orquesta en el foso del coliseo madrileño interpretando las óperas completas, como en otro tiempo sucedió con Barenboim y sus colaboradores berlineses. Otro siglo será.