Fundado en 1910

Morante detiene el tiempo al natural en una gran tarde de toros en Albacete

Estupendos toros de Domingo Hernández con sobresalientes actuaciones de Paco Ureña y Borja Jiménez, ambos con un trofeo que fue poco para buena parte de los tendidos

Morante de la Puebla sale a hombros este sábado en la Feria de AlbaceteEFE

Sonó el himno en la «excelente», según Cossío, «la Chata». La Plaza de toros de Albacete en la que hizo tantos paseíllos (más de cien) Dámaso González, casi como pases le daba a los toros en sus faenas el mítico matador albaceteño, que lo celebró con pasional algarabía.

Una algarabía que se reflejó, esta vez malamente, en el retraso porque la gente no terminaba de entrar y aposentarse. Cuando, al revés, salió el toro, lo cogió Morante pegado a las tablas y hubo dos o tres capotazos de los buenos entre los constantes olés hasta en los capotazos sin estirarse, cosas de la expectación por el genio.

En banderillas estaba fuera Morante, desmonterado y atento al quite con su venda en la mano. Con la muleta se lo llevó más allá de la segunda línea desde la tablas, lento y pausado, clavado, y allí lo empezó a cuajar como acariciándole porque el de Domingo Hernández flojeaba y no parecía querer.

Morante de la Puebla en AlbaceteEFE

Flojeaba y humillaba y repetía sin fuerzas. Le daba tiempo el de la Puebla, pero no mucho para tirar de él en un dibujo perfecto de faena. Guardando milimétricamente la distancia, moviéndose en pasitos cortos o no. Y en una baldosa, como los regates de Butragueño. Pinchó y a la segunda se le cayó la espada para recibir la ovación.

Enredado se llamaba el de Paco Ureña, quien no tardó en salir a pies juntos y a la segunda se tuvo que apartar un pelo porque le saltó a la altura de los ojos. No se arredró Ureña, que siguió a pies juntos y culminó con vistosa y vertical media en los medios mirando al tendido.

Parecía altísimo Paco, largo (como la embestida), espigado en Albacete, en plena forma. Paco le seguía. Daba espectáculo y belleza. Incluso cuando se encogía parecía estirado. Sobre todo en los pases de pecho, como túneles, porque lo hacía con poética y estética y valor. Alargó la faena para dos redondos y algo más, no hacía falta, y aún más con manoletinas. algo innecesarias, sobre todo en comparación con la idoneidad de la espada a esas alturas.

Paco Ureña en AlbaceteEFE

Pero luego pinchó por dos veces, precipitado a sabiendas de la faena que había estirado demasiado para tirarla un poco por albero. Pinchazo hondo y descabello. La portagayola se le atragantó a Borja Jiménez, quien tuvo que agacharse y luego el toro al volver fue a por él, sin solución, y Borja se zafó de milagro.

Los delantales posteriores relajaron el susto, el de la gente, porque el sevillano estaba ahí un segundo después adornándose como si nada. Brindó como Ureña Borja Jiménez, que citó con la muleta desde los medios y se lo pasó por la espalda con limpieza, por dos veces y luego siguió, por delante, toreando exquisitamente, tan cerca y tan lejos.

El inicio del toro y del torero no se correspondió con la continuación. No iba tan suave, ni tan largo, un poco a trompicones, lo que deslucía el cuadro. No repetía a pesar de Borja, impecable en lo suyo sin acompañamiento del oponente al que sometió y toreó en su última tanda que le animó a otra donde ya no hubo tutía con el toro ido.

Borja Jiménez en AlbaceteEFE

Hubo estocada rasa, tendida y petición notable, no sobrealiente, que no se concedió. Hubo un largo intermedio en Albacete, como el de los cines de verano en los cines antiguos. Chulo se llamaba el segundo de Morante, quien no pudo hacer nada de recibo porque se le venía encima sin dirección clara, suelto, sin fijeza.

Se quedó en el peto encelado, se fue y luego volvió. Era un misterio el toro, por decir algo bueno. No fue bueno el tercio de banderillas, para ayudar. No le hace falta a Morante la ayuda, Desde las tablas por el izquierdo se le metía. Sabio Morante que supo sacarle lejos, pese a que cada vez se metía más.

Por el otro lado sacó un tesoro. Por la derecha. Pero el tesoro de Morante, el escondido en una isla lo sacó al natural, tan despacio que parecían películas, largometrajes. Una serie inacabable de filmes imposibles de inusitado valor y belleza para emocionarse, para sentir y para volver a la derecha y finiquitar el prodigio antes de coger el estoque que hundió hasta la bola en un faenón inconmensurable.

Oreja para Ureña y Jiménez

Y no iba a acabar en Morante la tarde a pesar de lo interminable. Paco Ureña en el quinto. No hay quinto malo y no lo hubo y había que hacer algo después del genio. Y Paco lo hizo con el capote y luego de rodillas y toreó a lo Ureña con toro y redaños, haciéndose así con los tendidos, sin desentonar con su segundo en la impronta vertical, manoletina, que se encoge de nervio. De rodillas, ligazón y profundidad.

Mató recibiendo y quedó la estocada algo caída para completar la pintura que obtuvo una oreja cuyo par no se concedió, pese a la fuerte petición, con la que podía acompañar a Morante a hombros. Tampoco tuvo suerte, o sí, un sobresaliente Borja Jiménez en el sexto. Fue a por todas, a por las dos orejas Borja, quien recordaba la no concedida en su primero.

Largas cambiadas y un farol precioso. El toro embestía que daba gusto o más bien emoción, como Borja y sus derechazos largos, verdaderos, que dieron para un trofeo en el colofón magnífico de un estupendo festejo que Morante cosió antes de salir a hombros en loor de multitudes.