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Historias de la músicaCésar Wonenburger

El Met se encomienda a Lise Davidsen

El templo neoyorquino de la ópera inaugura las temporadas internacionales con un Macbeth encargado a la reciente estrella, que además llega al Met con nuevo disco, publicado este viernes

La soprano Lise Davidsen y el barítono Quinn Kelsey en Macbeth en el MetThe Metropolitan Opera

Para los aficionados a la ópera siempre han existido dos fechas fundamentales en el calendario, que marcan el inicio de cada temporada. Una se sitúa en los últimos días de septiembre, cuando en Nueva York comienza a asentarse el «Indian Summer», con sus plácidos atardeceres ocre y la suavidad templada del clima antes de que haga su definitiva aparición ese visitante inoportuno, el frío.

En Milán, al contrario, por san Ambrosio su majestad invierno ya se ha adueñado de las calles, a veces incluso haciéndose notar con la intervención de su leal colaboradora, la nieve, cuando nada resulta más halagüeño que la posibilidad de refugiarse en el cálido interior de un teatro con butacas de terciopelo. El sabio Steiner afirmaba que toda felicidad humana se resumía, para él, en la posibilidad de poder sentarse en una de las cafeterías de la Galerías Vittorio Emmanuele, con varios periódicos europeos y un par de entradas para asistir a La Scala en el bolsillo del gabán (a poder ser, Falstaff), sin prisas.

Fachada del Metropolitan Opera House

Pero en estos últimos años el encanto de las «premiére» del Met neoyorquino había decaído, mientras su rival milanés, con altibajos, ha logrado recuperar algo de su pretérito esplendor. Peter Gelb, el principal directivo de la Ópera Metropolitana, se dejó obnubilar por el mantra de los «nuevos públicos» (que todo el mundo cita pera nadie ha sabido definir muy bien qué cosa es: los jóvenes parece que no, pues ya se ha asumido que están en TikTok), de modo que en tiempos muy recientes se obstinaba en «asombrar» al mundo con su buen ojo para proponer nuevas obras que habrían de reemplazar, sin duda, a las de siempre en los gustos más sofisticados de esa pretendida renovada clientela.

El invento de los «nuevos públicos»

La tozudez implacable de los números parece haberlo despertado de su sueño. Con la asistencia de espectadores bajo mínimos, y un agujero en las cuentas que dibuja cada día más próximo en el horizonte de la primera institución musical americana una sombría bancarrota, Gelb ha debido convencerse por fin de que eso de los «nuevos públicos» es un camelo que luce muy bien en las entrevistas, pero pocas veces halla respaldo en la más simple realidad.

El perseguido nuevo aficionado, si nunca ha ido a la ópera, lo que seguramente desea es descubrir si aquello de lo que le han hablado, con tanta pasión, quizá un abuelo, un ligue o algo cada vez más extraño, su profesor de trigonometría (a los de música pocas veces les gusta la ópera), existe. Y lo más probable es que esa experiencia inefable que le transmitieron tuviera que ver con alguna buena función de La Bohème, Rigoletto o El caballero de la rosa.

De Las asombrosas aventuras de Kavalier y Clay, o de la más antigua Moisés y Aarón, seguro que no le comentaron nada, porque el sustrato de la lírica tiene más que ver con las emociones, como las que revivía aquel apasionado panadero de la inolvidable Hechizo de luna cada vez que lograba reunir algo de dinero para asistir al Met, que con las atendibles preocupaciones de Schönberg por descifrar los sutiles enigmas del lenguaje.

El otro público ya descubierto, el de siempre, desde luego permeable a las innovaciones, y curioso como para aventurarse en otros repertorios más allá de la dieta única, a veces, cuando vienen mal dadas debe elegir. En ese caso, con la vista puesta en la cartera, entre un título de estreno y otro de los de toda vida, pero en el que se haya tenido el acierto de situar a algún nuevo cantante que se aproxime si quiera a los grandes del pasado, casi siempre va a preferir gastarse sus dineros en apreciar al reciente prodigio del que todo el mundo habla maravillas.

Lo anima la esperanza de comprobar si algo se le vuelve a remover en su interior cuando pueda escucharlo: la fundamental materia primera de cualquier éxito lírico sigue reposando en el indescifrable misterio de la voz humana. Todo lo demás debe quedar supeditado a su poderoso influjo, sin renunciar por supuesto a ofrecer un gran espectáculo; pero si los cantantes fallan, ya pueden convocar al espíritu de Peter Brook que aquello no lo levantará nadie.

Lise Davidsen llega con nuevo disco

Por eso para el inicio del curso neoyorquino, el próximo día 22, Peter Gelb ha elegido una de las óperas más hermosas de Verdi, Macbeth, que, aunque no figure entre las cinco más populares de este autor, ofrece todo cuanto un buen operófilo puede llegar a desear: arias y dúos bellos y dramáticos, concertantes conmovedores, personajes de una reconocible humanidad, conflictos reflejados en una buena historia y una música que poder silbar durante el trayecto de vuelta a casa.

Para lo de la estrella vocal, Gelb se ha anotado un triunfo por anticipado convocando a la soprano que puede revertir el inquietante futuro de este teatro: desde luego, está llamada a protagonizar muchas noches de estreno. Como lady Macbeth llega al Met la deseada Lise Davidsen, junto a la que estarán un competente barítono, Quinn Kelsey, y un tenor acertado para este Verdi, Freddie de Tommaso, bajo la batuta del director musical de la casa, Yannick Nezet Seguin.

Cubierta de Lise Davidsen VerdiDecca

La cantante noruega se presenta además a la cita como lo hacían las divas de otro tiempo, con nueva grabación bajo el brazo. Todo está calculado. Este último viernes, la discográfica Decca publicó en todo el mundo Lise Davidsen Verdi, un nuevo cedé en el que esta artista, poseedora de un instrumento impresionante, registró selecciones de óperas del italiano, sobre todo aquellas que pueden casar mejor con la naturaleza volcánica de su voz y su temperamento dramático, que va sumando puntos, también en este repertorio (Wagner es su fuerte, pero puede con casi todo), por lo que ahora se escucha aquí (Leonora, Amelia, Aida, …).

Revivir una gloriosa noche de ópera

Por supuesto, a días del estreno de este esperado Macbeth neoyorquino, el disco se abre con las tres intervenciones solitarias emblemáticas de la protagonista femenina de esta obra. Con un suntuoso y preciso acompañamiento de Edward Gardner al frente de la Filarmónica de Londres (una orquesta con gran experiencia en el foso: es la titular en el Festival de Glyndebourne), la interpretación, deslumbrante en lo vocal pero además sabia, madura, plena de dramáticos acentos, segura, con una dicción algo más pulida en italiano, hace vislumbrar que si lo que se aprecia en el estudio de grabación se repite tal cual estos días en el escenario, Gelb podrá revivir una gloriosa noche de ópera, quizá como las de otra época, cuando la cantaban Leonie Rysanek o Shirley Verrett.

Y el «nuevo público» ya puede quedarse en su casa, pues el más tradicional seguramente se agotará de gritar, provocando en el Met algún añorado alboroto como los de esos ruidosos aficionados cuando a alguien todavía se le ocurre suministrarles una dosis, por mínima que sea, de su particular droga.