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El escritor Sherwood Anderson en 1923

Sherwood Anderson, el gran escritor olvidado que creó a Hemingway y Faulkner y al que mató un palillo

Se cumplen 150 años del nacimiento del maestro del relato corto, precursor, mentor y ejemplo desgraciado de grandes escritores que le admiraron, le rechazaron y le sucedieron

Tuvo una vida para ser recordada e incluso celebrada, pero sin embargo sucedió todo lo contrario. Y además antes, durante y después. Hemingway dijo en París era una fiesta del poeta Ernest Walsh que estaba «marcado para la muerte». Una observación que podría haber servido para su amigo y mentor, Sherwood Anderson, pero sustituyendo la muerte por el olvido.

El mismo Hemingway fue uno de los más conocidos, incluso en la posteridad, artífices del rechazo de Anderson, quien vivió una efímera gloria literaria (el adjetivo borrado por su obra maestra Winesburgh, Ohio) y fue objeto de enorme admiración por parte de los jóvenes escritores que extraordinariamente después se convirtió en inusitado repudio.

Faulkner también le criticó con desprecio, pese a que sin las técnicas modernas personalísimas de Anderson, aplicadas sobre todo en el relato corto de las que se valieron, es posible que ninguno de los dos, ni ninguno de los que llegaron después, como Carver o Cheever, hubiera alcanzado su fama universal.

Fue una suerte de decepción, extremadamente cruel en la reacción, porque Anderson se alejó precisamente de esas técnicas tan particulares que les habían atraído (no solo les atrajo, sino que les ayudó revisando sus textos y les puso en contacto con editores). Hemingway incluso llegó a escribir una parodia de su novela Dark Laughter en Torrentes de primavera, pese a que su primera mujer le aconsejó que no lo hiciera.

Pero como se ha dicho antes, el olvido de Anderson, «un hombre marcado para el olvido», sucedió antes, durante y después. Antes porque se crió en el campo y dejó la escuela a los 14 años. Desde entonces tuvo muchos oficios, incluido el de soldado en la guerra entre España y Estados Unidos hasta que decidió empezar a escribir de forma autodidacta.

Primero en sus ratos libres, compaginándolo con su temporalmente exitoso trabajo como redactor de anuncios y, después de una insólita crisis existencial por sus características concretas (ya se había dicho que su vida había sido para ser recordada, pero sucedió todo lo contrario):

Winesburgh, Ohio (1919) de Sherwood Anderson

Trabajaba en Ohio en una fábrica y un buen día, sin decir nada, salió de su oficina para no volver y acabar en Cleveland (como podía haber acabado en Cuenca, un suponer), cuando decidió dedicarse en exclusiva a escribir. Lo suyo fue una historia de búsqueda e insatisfacción en casi todos los aspectos, sin encontrar nunca el lugar adecuado en ninguno de ellos.

Se casó cuatro veces con cuatro mujeres a las que nunca entendió y ellas nunca le entendieron. Ni siquiera le entendió la literatura cuando fue experimental, salvo la admiración de los jóvenes, incluso fuera de Estados Unidos, como Cesare Pavese (también fue pionero en el París de los años veinte, amigo de Gertrude Stein antes que todos los demás y su Winesburgh, Ohio estuvo en el escaparate de Shakespeare & Company como una joya que precedió a todas), quienes le apartaron cuando trató de dejar ser más fácil para llegar a más público.

En sus novelas y relatos está la esencia de Estados Unidos, el ruralismo de su origen y la difícil asimilación de la industrialización, como si este dúo hubiera sido en realidad la definición más perfecta de su ser más íntimo: un hombre que nunca se acostumbró al avance de los tiempos e incluso que no vivió en ellos (sí los retrató), no fue recordado en ellos porque nunca estuvo quieto lo suficiente para que alguien le observara vivamente, ni en la vida, ni en sus cuentos.

Hoy se le recuerda (quienes le recuerdan, por supuesto sí en Estados Unidos, pero en España es un casi completo desconocido al que vale mucho la pena descubrir) como el desgraciado inventor de los escritores que le admiraron y le abandonaron. La fatalidad o la tristeza que tuvo el colofón en su final: una peritonitis provocada por haberse tragado sin querer el palillo de una aceituna que después de unos días le perforó los intestinos durante un viaje en barco a Suramérica.