Detalle de una viñeta de La muerte de Irene Márquez de Irene Márquez, Premio Nacional de Cómic 2026
¿Está el Gobierno radicalizando sus Premios Nacionales en previsión de un cambio en la Moncloa?
Dos de los galardones concedidos hasta el momento por el Ministerio de Cultura de Urtasun este año, Poesía y Cómic, han superado los límites conocidos de sectarismo
El Gobierno de Sánchez, o sus socios de Sumar en este caso, con Urtasun al frente del Ministerio de Cultura, parecen querer acelerar el cambio cultural deseado como si el tiempo apremiara. No se sabe con seguridad si esta será la última vez que el ínclito ministro tendrá la oportunidad de elegir quienes son merecedores de un Premio Nacional.
Por si acaso es así, cualquiera diría que la Otra vuelta de tuerca (como la de Henry James, donde nada se acaba de saber con seguridad) dada en la concesión de los premios de Poesía y Cómic responde a esta posibilidad, considerando el grado de sectarismo y vulgaridad alcanzado, sin casi parangón respecto a años anteriores.
El Premio Nacional de Poesía, el Nacional, el de España y de los españoles, el de la nacionalidad española, se le ha otorgado este año a un independentista catalán, Sebastiá Alazamora, que no cree en la nacionalidad española ni se siente español. ¿Por qué razón se actúa de este modo desde el Gobierno si no es por puro sectarismo ya que por la calidad de las obras, al menos que destaque sobre la doctrina, no es?
Es el catalanismo del propio ministro, mezclado con otras características también propias como su ecologismo, su antitaurinismo o su activismo en general, características también de su partido. Pluralismo llaman a esto quienes suelen practicar el prohibicionismo huésped de estas cosas, mientras predican una fanática «libertad». Es el caso del Premio Nacional de Poesía, el «pluralismo» de que, de los últimos ocho premiados, siete lo han sido en lengua regional.
Es la también llamada diversidad por la que el Premio Nacional de Cómic 2026 se ha concedido a Irene Márquez por La muerte de Irene Márquez, obra de la que el Gobierno destaca su «audacia», «originalidad», «maestría», «singularidad», «iconoclastia» o «jocosidad». Elogios desproporcionadamente dirigidos a elevar lo que de por sí no sobresale sino es por un radicalismo que denota la ausencia, por supuesto, de moderación.
Una cosa es ser heterodoxo, distinto, incluso revolucionario, y otra ser un pastiche ridículo de lo anterior: una forma de dibujar común, sin especialidad, sin lenguaje propio, solo los clichés que apoya el nuevo poder, es decir, lo contrario del arte audaz, singular, original, iconoclasta o jocoso como define La muerte de Irene Márquez el Ministerio de Cultura de Urtasun.
Una obra, donde lo que destaca es la fealdad y la ausencia de talento, que sin el ideológico Ministerio de Cultura y otras ideológicos entes como la actual RNE, que concedió el Premio El Ojo Crítico a la misma obra en 2025, no hubiera destacado más allá, en todo caso, de su círculo minoritario habitual.
La mayoría de los Premios Nacionales sectarios, además, no adquieren relevancia por mucho que sean recibidores de tales honores. Un intento fallido por la ausencia de interés y calidad o valor artístico, de encumbrar a la fuerza una subcultura radical y mediocre en la idea y en la forma (¿dibujar a ángeles con mirada demoníaca comiendo carne cruda es singular o audaz?), en este caso, o una cultura nacionalista, independentista, política y de igual modo radical, en el caso del Premio Nacional de Poesía.