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Bocados de realidadCésar Wonenburger

¿Estamos todos preparados para votar?

La idea del sufragio universal también comienza a estar en crisis, mientras Trump clausura el Kennedy Center y una serie británica se atreve con aquello que las españolas jamás lo harían, la actualidad política

Un votante introduce su voto en la urnaEuropa Press

En un rincón privilegiado de Lisboa, una ventana abierta al mundo con los ojos y los oídos siempre alerta, Pessoa soñaba con los Césares que había sido, y todavía podría llegar a ser. En la Italia de nuestros tiempos atribulados, al exmilitar Roberto Vannacci, fundador del partido Futuro Nazionale, que aspira a arrebatarle el poder a la primera ministra Meloni, el año próximo, le bastaría solo con uno.

Desea este hombre convertirse, según ha confesado, en una moderna encarnación de Julio César, que a su imagen y semejanza conserve la paz y devuelva el orden, la prosperidad y el esplendor a los italianos, hoy en manos de unos gobernantes demasiado tibios en la aplicación de medidas urgentes que sitúen en primer término las auténticas aspiraciones de la frustrada clase media italiana, según su análisis.

El programa de este antiguo coronel, que se propone prohibir la aparición de homosexuales en la televisión hasta después de la medianoche, y quiere situar a médicos militares en las consultas de la Seguridad Social (al parecer, menos solícitos a la hora de conceder las bajas laborales), resulta un caramelo para las fuerzas progresistas españolas, que ya barruntan en el nuevo líder a un nuevo espantajo al que agitar como presagio de lo que también podría llegar a ocurrir aquí.

Una de las propuestas que está suscitando mayor polémica entre las que contiene su futuro programa de gobierno, si llegara a alcanzar el poder, tiene que ver con el voto. Vannazzi propone que el que ejerzan los ciudadanos que tienen hijos adquiera un valor ponderado superior al de quienes no los tienen. O sea, tres votos para el páter familias con otros tantos menores a su cargo, un suponer.

Seguramente nunca llegará a realizarse. Pero lo importante ahora no es tanto el sentido y fondo de la iniciativa, como que por primera vez en estos tiempos (véase lo que ocurre en la América de Trump, o la discusión española sobre la llamada ley de los nietos), la propia esencia del sistema electoral de las naciones democráticas parece ponerse en tela de juicio.

La izquierda sostendrá que se trata de argucias de la ultraderecha, inculta y marrullera, para disminuir los derechos de una parte de la ciudadanía, algo intolerable. Habría que anotar, entonces, que han sido los tiranuelos de Nicaragua, la desagradable pareja Ortega, quienes primero han puesto sobre el tapete el asunto de las elecciones, que ellos mismos han resuelto de un plumazo: se eliminan y listo. Allí ya no vota nadie, total para qué.

Pero a mí me interesan más las reflexiones de un verdadero intelectual, que nunca ha escondido sus simpatías izquierdistas. De hecho, en la más reciente película de Pedro Almodóvar, los invitados de la fiesta inicial, todos rostros bien conocidos de la troupe de este realizador, comentan varias veces que por el sarao podría dejarse caer, en cualquier momento, Daniel Barenboim. El músico nunca aparece en escena, pero la reiterada evocación de su apellido en los diálogos parece dotar a la cita de un prestigio (el aura que evocan estos días los jóvenes) indiscutible, muy particular.

Pues bien, como ahora ha vuelto a actuar en España, he regresado a las líneas de su último libro, La música despierta el tiempo, donde Barenboim se refiere de pasada al asunto del sufragio.

Señala algo muy revelador: «En la actualidad, el derecho al voto es universal, y con mucha razón, pero hemos negado a los votantes la oportunidad de una educación integral». A lo que añade poco después: «El votante medio de nuestras sociedades no está versado en ninguna de las artes o de las ciencias -tan esenciales según al antiguo pensamiento griego, para entender lo que es el Gobierno- y es incapaz de pensar más allá del presente y del futuro inmediato para entender de lleno las consecuencias de la acción política».

O sea, no niega que el voto deba ser universal como premisa indispensable, pero luego sostiene que la mayoría de quienes lo ejercen necesitarían educarse mejor, porque sus decisiones, escasamente ponderadas, suelen tener consecuencias imprevisibles dado su corto entendimiento de los asuntos más relevantes.

No es algo que suene a la música más habitual de un supuesto progre, en este caso, seguramente un liberal. Por el contrario, parece más o menos lo que ya Ibsen situaba en el meollo de su drama, Un enemigo del pueblo.

¿Cómo se tomarán Pedro Sánchez y los nuevos líderes de la extrema izquierda que sus intelectuales de cabecera (Barenboim llegó a ejercer cierta influencia sobre Zapatero, en su día) se cuestionen la capacidad de la gente para ejercer uno de los derechos fundamentales?

Trump y Feijóo, la misma idea sobre la cultura

En Washington, Donald Trump, como con la guerra de Irán, ya no sabe qué hacer con el Kennedy Center, la principal infraestructura cultural de la capital estadounidense.

En cuanto regresó al poder, el empresario puso los ojos en este complejo, próximo al Potomac, que hasta ahora había concentrado la principal actividad artística de tan relevante ciudad, con las actuaciones allí periódicas de la Orquesta Sinfónica Nacional, la Ópera de Washington, el American Ballet o las exposiciones gratuitas para el público de la National Gallery.

Quizá los demócratas derrocharan en su administración, que llegó a acumular un déficit importante. Y hasta alentasen que la ideología «woke» se impregnara mediante su peculiar colorido en las programaciones, con espectáculos para niños protagonizados por drag queens y otros excesos.

Por eso, cuando Trump anunció que se revisaría su funcionamiento, podía haber parecido que lo que se perseguía era volver a centrar los objetivos de la magna institución en la promoción del arte verdadero, convenientemente expurgada la ideología, y hacerla económicamente viable mediante los pertinentes ajustes presupuestarios.

Pero luego, como en otros asuntos, se ha visto que todo el interés del mandatario por el Kennedy Center consistía principalmente en el nombre. Su pretensión pasaba por, si no eliminar del todo el apellido del asesinado expresidente, al menos añadir el suyo propio a la fachada.

En lugar de hacer como Miterrand o Balaguer, dos conspicuos dirigentes, de signo contrario, en el arte de prolongar su huella imperecedera en nuevos, suntuosos espacios públicos, se empeñó en modificar la esencia de uno ya existente, simplemente para lucir a sus ancestros.

Los jueces intervinieron para evitar el dislate. Pero Trump actuó como suele en estos casos. Alegando unas inevitables obras cerró el centro, obligando a la ópera, la orquesta sinfónica y los artistas a buscarse otro lugar en las inmediaciones de Washington.

Luego, en cuanto la sentencia se ha confirmado para certificar que su apellido no puede aparecer junto al de Kennedy, el actual presidente ha insinuado, o eso se ha dicho, que el edificio podría cerrar para siempre, o incluso demolerse, un disparate.

Cuando en noviembre los republicanos pierdan el control de una de las dos cámaras (o incluso de ambas), durante las próximas elecciones, se dirá que el principal motivo ha sido la economía. Cierto. Pero, al menos en este caso particular, la cultura también suma un motivo, menor, aunque igualmente innecesario al público descontento.

Sería bueno que Feijoó lo tuviera en cuenta, porque en el PP siempre han pensado que la cultura no da votos, que no tiene ninguna relevancia, y además todo el gremio vota al adversario. Resulta así, pero en gran medida ocurre por el desinterés que la derecha (incapaz de sostener un discurso propio en este ámbito, como de rodearse de las escasas buenas piezas con las que debería poder contar), muestra tozudamente por la creación artística.

Cuando ganen, aquí no derribarán nada. Ni siquiera haría falta. Se contentarán con que sigan al frente de estas instituciones muchos de los mismos que trabajan ahora para que jamás logren llegar al poder.

Una serie pegada a la actualidad, no española

Las series españolas, siempre sumisas con el poder (regional o estatal, tanto da), suelen ser todas iguales, thrillers con el secuestro de alguna adolescente, cosas de narcotráfico entre gallegos y colombianos y por ahí. Rara vez se atreven a abordar cuestiones de auténtico calado político, como por ejemplo hacen las británicas, que no le temen a enfrentarse con la actualidad.

Producida por Channel 4, ver estos días The undeclared war (La guerra no declarada) resulta como asistir, en directo, a la representación de unos hechos que solo nos llegan cada día a través de las noticias, en tiempo real.

A partir de un ciberataque masivo que los rusos (Putin se cita continuamente) llevan a cabo contra las principales infraestructuras de Gran Bretaña, la trama sigue los vericuetos de la lucha que se libra, precisamente en estos momentos, en las sombras de la inteligencia de cada país, entre Rusia y sus supuestos enemigos occidentales.

Como si los guionistas escribieran con las antenas puestas en la actualidad más acuciante, no falta de nada: los traidores como Snowden (al que se cita), Boris Johnson y la pugna entre conservadores y laboristas, la delicada relación presente entre EE.UU. y su antiguo aliado el Reino Unido, la sustancial incorporación de los algoritmos y la IA en la guerra híbrida, las «fake news» como arma para influir en los procesos electorales, el cultivo de medios de comunicación afines y de redes de propagadoras de bulos para alcanzar los objetivos pretendidos, la volubilidad de la masas, los conflictos raciales, …

En fin, todo un festín impensable para cualquier productora española, más preocupadas por obtener el mayor rendimiento posible con los asuntos de siempre, cosas de detectives como los de hace treinta años, sin meterse en complicaciones con la autoridad, igual que suele ocurrir en las dictaduras.