Fundado en 1910
César Wonenburger
Bocados de realidadCésar Wonenburger

La IA mata en Toledo

Una distopía para tiempos ansiosos y turbulentos, mientras a China lo que le preocupa de la IA son los memes y los censores gubernamentales ahorran en papel

La broma infinita (1996) de David Foster Wallace

Una familia de clase media norteamericana en la cubierta de 'La broma infinita', de David Foster Wallace

Jueves, 15 de agosto de 2030. En su hogar de clase media de Toledo (Ohio), Mary Beth, la única de las hijas del matrimonio Johnson que aún vive con sus padres, acaba de desayunar. Al regresar a la habitación, su Chatbot particular, Jeremy, con voz algo empalagosa pero firme, parece recordarle una tarea impostergable: «¿No te olvidas de algo…? Hoy era el día elegido. ¿Necesitas que volvamos otra vez a repasar juntos la nota…?».

La chica rebusca entre varios folios colocados en su mesita de noche, hasta dar con aquel que andaba buscando. Luego lo mete en un sobre que deja sobre la almohada y se encierra en el cuarto de baño. Después de poner el pestillo, se sumerge en el agua templada de la bañera con una cuchilla en la mano. Sin pensárselo más, procede a cortarse las venas de sus antebrazos, mientras se escucha, en un volumen cada vez más alto, una música que ha debido seleccionar el propio Jeremy, The end of the world, en la voz aniñada de Skeeter Davis.

Alarmada por el ruido de la canción, Cynthia, la madre de Mary Beth, sube las escaleras para ir al cuarto de la adolescente. Al alcanzar el último escalón, Molly, el robot que la ayudaba últimamente con las tareas domésticas, le corta el paso. Mediante un movimiento brusco, el humanoide empuja a la mujer, que se precipita al vacío.

Ajeno a todo lo que ocurre en el interior de la vivienda, el páter familias, Fred, se entretiene mientras tanto en el jardín cortando la hierba. Ahogado por el asfixiante calor, el hombre se detiene alejándose un instante para beber agua de una botella sobre una de las mesas exteriores. De pronto, observa con sorpresa que el cortacésped emprende una carrera a toda velocidad, por sí solo, hasta el mismo lugar donde él se encuentra. Apenas logra frenar la embestida de la máquina con sus pies, pero cuando intenta zafarse del inesperado ataque, una de las aspas, repentinamente liberada, le ha seccionado el tendón de Aquiles de su pierna derecha.

Al perder el equilibrio, Fred se golpea la cabeza contra el borde de la mesa. Tumbado en el suelo, no para de sangrar, apenas puede moverse. Aturdido, intenta hacerse con el móvil que lleva en el bolsillo del pantalón. Lo consigue. Pero la pantalla indica que no hay cobertura, mientras agoniza.

Tan solo dos años antes, el Partido Demócrata había logrado recuperar el poder mediante una ajustada (y polémica) victoria de la candidata Ocasio Cortez frente a JD Vance, de los republicanos. Una de las primeras medidas de la nueva administración había consistido, según la recomendación de la prestigiosa comisión Obama, en ordenar una inmediata moratoria sin límite temporal para el desarrollo de los próximos modelos de la superinteligencia artificial.

A la misma hora de los sucesos trágicos en la morada de los Johnson, Xi Jinping se encamina con paso marcial hacia uno de los salones principales del palacio presidencial. El mandatario chino debe realizar un anuncio relevante; pero esta vez los destinatarios de su próximo mensaje no serán únicamente sus propios súbditos, sino el mundo entero.

El Partido Comunista no quiere memes

El desarrollo en paralelo por las principales potencias mundiales de la Inteligencia Artificial representa la guerra de siempre, por otros medios, o su consecuencia. Pero en esa misma medida, el modo de abordar sus desafiantes retos define perfectamente los perfiles de la contienda.

En EE. UU. se debate públicamente, al menos hasta donde permite la franqueza controlada de los medios, sobre los potenciales, supuestamente perniciosos daños colaterales que la IA puede suponer para la humanidad. Algunos recelan de la pérdida masiva de empleos, que provocará una brecha insalvable entre ricos y pobres. Otros lamentan las malas prácticas que contribuyen ya a entontecer a los más jóvenes estudiantes ahorrándoles la lata de pensar y eliminando el espíritu crítico. Y los más influenciables, se asustan estos días por la posibilidad de que distopías como la del bocado anterior puedan hacerse realidad antes del fin de la década.

Pero mientras la principal nación creadora de la tierra se implica en la reflexión sobre sus hechos, de un modo parecido al que los españoles (cuando aún contaban algo en el mundo) se cuestionaban sobre la marcha acerca de los posibles excesos de sus magnos conquistadores, los heroicos Hernán Cortés, Pizarro y por ahí, su rival, una férrea dictadura que no admite el más mínimo pensamiento contrario a la línea fijada por los jerarcas del Partido Comunista, sigue su propio camino. La doctrina marcada por el politburó se mueve menos que el flequillo de su máximo dictador.

Al mismo tiempo que entretienen a Occidente con juegos olímpicos en los que compiten sus bravos humanoides, desarrollando parejas habilidades a las que luego emplearán ya como disciplinados miembros de su formidable próximo ejército, preparado para colaborar en la invasión de Taiwán, siguen adelante con su proyecto sin preocuparse demasiado de la seguridad del invento. Prevalece en su horizonte el deseo de conquistar, doblegar, someter.

Lo que sea menester para garantizar eso que Xi Jinping ha puesto por escrito en documentos conocidos durante reuniones del partido: la inevitable victoria final del marxismo, fruto de la decadencia del capitalismo.

El único detalle que parece preocupar en estos momentos a la cúpula dirigente del país asiático no es la posibilidad de un cataclismo provocado por las máquinas, como a algunos de los padres de la IA norteamericana, y varios de sus más cualificados ex jornaleros. Solo les inquieta otro desastre de mayor calado: que las imprevisibles capacidades del invento lograran poner en jaque la propia seguridad… interna.

Al líder de la inteligencia china, el ministro Chen Yixin, lo que de verdad le molesta, según ha expresado, son los deseos ocultos de «diversas fuerzas e individuos hostiles con segundas intenciones». Esos individuos capaces de generar «trolls» y «deepfakes» para «difundir información dañina e incitar a la confrontación», hasta poner en peligro la «seguridad política, institucional e ideológica».

No se puede hablar más claro. A Xi Jinping lo que realmente le incomoda es que a los más díscolos entre sus súbditos les diera por ponerse a inventar, y propagar, memes contra él y sus políticas como los que a diario se proponen sobre el adversario en Washington.

Cuando la gente comienza a perderte el respeto, a veces es el principio del fin. Y no de la población terrícola, sino de algo mucho más serio: la estabilidad que se respira hoy en China, igual que en tiempos de Mao, pero con coche eléctrico y wáter con hilo musical en cada hogar comunista.

Los censores de Pisa abrevian

Fuera de algunos gestos falsamente escandalizados, no parece que el descubrimiento de que el gobierno de Sánchez, en los sótanos del ministerio del Interior, empleara su tiempo en clasificar a los periodistas entre afectos y díscolos sorprenda ya a nadie. Resulta una práctica común desde los despachos de la monarquía hasta el ayuntamiento del último poblacho, en todo tiempo y lugar. Al enemigo conviene conocerlo bien, pero sobre todo tratarlo aún mejor, cuando impera la otra inteligencia, la real.

Lo único que puede llamar la atención sobre la noticia, en esta ocasión, es el ahorro en papel: un gobierno que se gasta una fortuna en asesores podría ordenar a algunas de esas plumas consagradas que completasen mejor los informes, en estilo y fondo.

En otras épocas, no tan lejanas, este tipo de comentarios sobre las supuestas veleidades políticas de cada opinante o tertuliano se adornaban mediante una prosa algo más elaborada. Pero se ve que el Informe Pisa lleva razón, y como la comprensión lectora ha decaído de manera estrepitosa, en estos últimos tiempos, entre los destinatarios de este tipo de información privilegiada, conviene abreviar. Pocos caracteres, pero determinantes: Ventoso, fascista. Palomera, heroína de la libertad. Amón, según. Y acabamos antes.

comentarios
tracking

Compartir

Herramientas