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Sánchez habla en Harvard como un Don Quijote de la Moncloa contra el algoritmo, cuando él es el algoritmo

El presidente del Gobierno hizo una definición del «enemigo» tecnológico, retratándose a sí mismo de forma absolutamente delirante

Pedro Sánchez y el algoritmo

Quien sabe si Cervantes, de haber vivido en el XXI, hubiera incluido como enemigo imaginario de su héroe al algoritmo. Se escuchan algunas voces por ahí últimamente que dicen que Sánchez puede padecer algún desequilibrio mental debido a cómo la mentira le acompaña ya como aquel agente del FBI (y otras figuras) acompañaba al matemático y economista John Nash en Una mente maravillosa.

Ese agente no existía. Solo en la mente enferma de John Nash, quien logró domesticar sus imaginaciones y vivir una vida con ellas, pero sin hacerles caso en la conciencia de que no eran reales. No estaría mal que Sánchez viviera con sus mentiras del mismo modo que Nash vivió con sus imaginaciones, pero el caso es que se podría decir que Sánchez y su mente maravillosa están en la cresta de la ola delirante y destructiva que han sido sus, de momento, ocho años de Gobierno.

El otro día el presidente se presentó como el gran héroe español de la literatura en Harvard. Allende los mares no saben tanto de sus proezas, así que debe de sentirse mejor con su inglés del «First», no mucho más, profiriendo mentiras e hipocresías, mayormente, sabiendo que no hay conocimiento cercano de sus usos y costumbres en quienes le escuchan.

Lo que pasa es que todo se acaba sabiendo, lo cual no significa, terriblemente, que por ello las cosas vayan a cambiar, como demuestra la permanencia asombrosa en el poder de un sujeto asediado por escándalos ciertos, en sucesión constante, durante cerca ya de una década.

Don Quijote de la Moncloa

El caso es que Sánchez se presentó en Harvard como Don Quijote retando al algoritmo. Y como el héroe cervantino hacía de viva voz sus reflexiones en compañía de Sancho, Sánchez las hizo en el auditorio de la Universidad estadounidense, creyéndose verdaderamente una suerte de nuevo paladín contra las nuevas tecnologías, la inteligencia artificial y sus creadores y propietarios.

Dijo que los algoritmos nos esclavizaban. Y que el 45 % de los jóvenes se informaban a través de plataformas y de chatbots. Después cargó contra los «tecnooligarcas», apuntando a la necesidad de regular las redes y la IA y que los algoritmos que actúan en las tecnologías «están construidos no para servir, sino para esclavizar, debilitar el pensamiento crítico y distorsionar el debate público, destruir derechos e instituciones y hacer avanzar una agenda política que solo sirve a unos pocos», postulándose como figura central (un puro holograma) del asunto.

Esta fue la traca final de los fuegos artificiales de este inmoral Don Quijote de la Moncloa. Y no es que sean propuestas equivocadas. Son absolutamente apropiadas, pero de tan obvias resultan no solo inapropiadas, sino intolerables con tantos antecedentes del individuo en cuestión. Porque resulta que al hablar del algoritmo como ese enemigo quijotesco de su propia persona, en realidad estaba hablando de él.

El algoritmo es Sánchez, perfectamente dibujado en sus propias palabras: llegado a La Moncloa «no para servir sino para esclavizar». Sánchez es un «políticooligarca», en vez de un «tecnooligarca», sobre el que existe la urgente necesidad de regularle. Sánchez es el mismo algoritmo definido por él de forma delirante en la autodefinición impresionante ya citada: venido para «debilitar el pensamiento crítico y distorsionar el debate público, destruir derechos e instituciones y hacer avanzar una agenda política que solo sirve a unos pocos». En realidad solo a él.