En los próximos días se anunciará el ganador del Premio Nobel de Literatura
Estos son los candidatos al Nobel de Literatura que proponen los críticos de El Debate
Los redactores y críticos de las secciones culturales de El Debate expresan sus preferencias por el Premio Nobel de Literatura
Esta semana saldremos de dudas y conoceremos el nombre el Premio Nobel de Literatura 2026. Aunque (habitualmente) las quinielas suelen fallar prácticamente sin excepción, los redactores y críticos de la sección cultural de El Debate han querido mostrar sus preferencias.
Andrés Amorós (John Banville)
Me gustarían tres escritores: John Banville, por su estricta calidad literaria, tanto en los libros que firma con su nombre como en aquellos en los que utiliza seudónimo. Stephen King, por haber aportado calidad a géneros como el misterio o el terror, y haber creado mitos que han fascinado a los lectores de todo el mundo. El poeta granadino Antonio Carvajal, por su dominio excepcional de la métrica y su unión de lo más clásico con la sensibilidad contemporánea.
El segundo y el tercero no tienen ninguna posibilidad, ya lo sé. El primero, sí, pero supongo que prevalecerán una vez más las habituales cuotas de género, lengua, país...
César Wonenburger (Michel Houellebecq)
El Nobel de Literatura sigue en los últimos años la misma progresión descendente que el Cervantes, reflejo posiblemente de la ausencia de grandes figuras literarias. El último autor que prestigió el galardón fue Mario Vargas Llosa. ¿Existe, en la actualidad, algún escritor, en cualquier lengua, de la talla artística e intelectual del escritor peruano? Me temo que no.
Y si lo hubiera, la Academia Sueca, y sus absurdos prejuicios, ya se encargarían de cerrarle el paso: siempre quedará por ahí algún autor provincial, al que rescatar de su discreta, anodina y precaria existencia para descubrírselo al resto del mundo.
Los suecos jamás premiarían a Michel Houellebecq, por ejemplo, cuya prosa a menudo deshilvanada, pero precisa, directa y a veces incendiaria es de las pocas que aún resiste el avance imparable de la corrección política, la tiranía de lo «woke».
El francés se asoma a los asuntos que no conviene tocar (como el auge del islamismo en la UE) si uno aspira al éxito editorial, ya únicamente centrado en promover la literatura de pura evasión, la experiencia personal del feminismo, la revisión parcial del colonialismo o las reivindicaciones de los colectivos en otro tiempo oprimidos, como el LGTBI. Para lo cual ya ni siquiera van a necesitar ni a personas de carne y hueso, en breve les bastará con la IA.
Afortunadamente, en Francia, al menos quedan editoriales que se permiten un cierto riesgo, con sus buenos réditos económicos, capaces de premiar a Houellebecq con la posibilidad de seguir publicando sus libros en lugar de obligar a sus lectores a tener que buscarlos por las catacumbas de las redes. Ese es seguramente un galardón mayor que el Nobel.
Mario de las Heras (Thomas Pynchon)
Pynchon y, si no, Murakami y, por qué no, Enrique Vila-Matas. De Thomas Pynchon no puede decirse que se le conozca. Nadie le ha visto en casi toda su vida, salvo, se supone, sus familiares y amigos más cercanos. No hay ni una sola foto de su presente, ni de su pasado reciente. Un par de fotografías, una de infancia y otra de primera juventud, son todas las imágenes de un autor que debutó con V. en 1963.
Han pasado más de 60 años desde su primera novela y nunca ha dejado de escribir (y de publicar, al contrario que otro esquivo autor como J.D. Salinger). Con su presentación dejó claro un estilo que no ha cambiado en todo este tiempo. Ni el estilo, ni el argumento, el mismo argumento, aunque la historia sea diferente. Lo críptico, aunque aparentemente común, contado en un río narrativo con legión de seguidores y de émulos.
Una escritura mítica que continúa viva y en forma con el misterio de su ocultación. ¿Significaría el Nobel que Pynchon saliese de su escondite de seis décadas dando lugar el acontecimiento metaliterario del siglo? Su obra lo merece y la tradición del autor desconocido, de pocos lectores, aquí se da con alicientes mayores. Un autor difícil que sin embargo cuenta con ventas notables.
El enigma y la leyenda venden, pese a la exigencia de su literatura: más razones para obtener el laurel que buscaría, que exploraría a la persona como interés curioso más allá del ámbito en el que nunca ha querido figurar. Otra opción es Haruki Murakami, el candidato de todos los años que, conforme van pasando las fechas, parece alejarse más de poder obtenerlo, lo cual renueva en la contradicción, curiosamente, sus eternas opciones que, en el caso de Enrique Vila-Matas, parecen remotas, pero bonitas.
Sarah Durwin (Can Xue)
Escritora, ensayista y crítica literaria china, Can Xue es una de las voces más singulares y radicales de la literatura contemporánea. Admirada por su originalidad y comparada con autores como Kafka, Borges o Beckett, ha construido una obra de extraordinaria coherencia y libertad formal, en la que lo cotidiano se transforma en un espacio inquietante y misterioso.
Su creciente reconocimiento internacional y su presencia reiterada en las apuestas al Nobel –donde vuelve a ocupar una posición destacada en 2026– reflejan la dimensión alcanzada por una autora que ha convertido la extrañeza en una poderosa forma de conocimiento y que representa una de las propuestas más personales de la literatura china actual.
Miguel Pérez Pichel (Thomas Pynchon)
Seguramente sea imposible y, sin embargo, pocos autores merecen más el Nobel de Literatura que Thomas Pynchon. Eterno candidato al premio más prestigioso de las letras, que Pynchon a sus 94 años siga publicando novelas monumentales, como la reciente A oscuras, mostrando una lucidez literaria envidiable, es un milagro.
Pynchon es un superviviente de una generación que parece el pasado (Philip Roth, Saul Bellow…) y a la que pertenece otro superviviente y también eterno candidato al Nobel, Don DeLillo.
Concederle el Nobel a Pynchon sería un acto de justicia con un autor que ha dejado obras maestras de la literatura como V. o El arco iris de gravedad.
Y si no se lo conceden a Pynchon, sería una enorme satisfacción ver a alguien como James Ellroy de frac recoger el Nobel de Literatura, tanto por la enorme calidad literaria de su obra (LA Confidencial, La Dalia Negra, Jazz Blanco o la reciente Los seductores) –donde ha sabido afrontar un género tan manido como el de la novela negra siempre de forma novedosa, alejado de los clichés– como por el carisma de su personaje, malencarado, gruñón y brabucón que le ha valido el apodo de «perro diabólico».