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El escritor Javier SierraThorun Piñeiro

Javier Sierra: «Mi teoría es que la verdadera ‘Gioconda’ es la que tenemos en el Museo del Prado»

Javier Sierra reedita su éxito La cena secreta y comparte con El Debate algunos de los descubrimientos que hizo durante su documentación

Contemplar La última Cena de Leonardo da Vinci, en el refectorio de Santa Maria delle Grazie, en Milán, es contemplar un gran acertijo, una compleja maquinaria cuyo engranaje permanece estático a la espera de la combinación que la desbloquee y revele sus secretos.

Así lo cree el escritor superventas y maestro del misterio histórico Javier Sierra. Premio Planeta en 2017 por su novela El fuego invisible, Sierra está promocionando estos días la reedición del que fue su primer bestseller: La cena secreta (Planeta).

La cena secreta es un thriller histórico donde un inquisidor de Roma debe viajar a Milán para averiguar si la denuncia contenida en una serie de misivas anónimas enviadas al Santo Oficio es cierta: ¿está Leonardo da Vinci pintando una versión cátara de la Última Cena de Cristo en el convento de los dominicos en Milán?

En una conversación con El Debate Javier Sierra comparte los descubrimientos que sobre Leonardo y la Última Cena realizó para la documentación de esta novela publicada en 2004. Pero, también, comparte con nosotros las claves de otros secretos, como los que afectan a esa misteriosa «otra» Gioconda que se conserva en el Museo del Prado.

–¿Por qué nos sigue fascinando la obra y la figura de Leonardo da Vinci?

–Leonardo nos sigue fascinando porque sus provocaciones siguen intactas. Sus pinturas están pensadas como libros de múltiples páginas, de múltiples capas, y hay que ir descifrándolas. Ese desafío, el hecho de que nos pida que descifremos sus pinturas, no solo que las contemplemos, sigue siendo perfectamente contemporáneo.

–¿Realmente hay evidencias de que Leonardo era un hereje? ¿Es una de las obras artísticas más importantes del catolicismo, como es La Última Cena, un compendio de doctrina cátara?

–La Última Cena de Leonardo es la pintura religiosa más reproducida de la Historia, la que tomamos como el arquetipo de todas las «últimas cenas» y, sin embargo, huye de todo lo que debería estar en una Última Cena: Jesús no está instaurando el sacramento de la Eucaristía ni tiene el cáliz con el vino delante.

En su lugar es casi el inicio de un buen thriller. Jesús está anunciando que hay un traidor sentado a la mesa, pero es imposible reconocerlo a simple vista y empuja al espectador a buscarlo. Desde ese punto de vista ya es heterodoxo, pero, si además, se le suma que los discípulos de Jesús están pintados como hombres y no como santos, que no hay carne de la Pesaj, de la pascua judía, en la mesa, no está el cordero, sino que en su lugar hay pescado y fruta.

Cubierta de 'La cena secreta'Thorun Piñeiro

Todos esos elementos, unidos al hecho de que la manera de reconocer al traidor es buscar a aquel de los Doce que mete la mano en el plato con Cristo, encaja como un guante con la doctrina cátara, que sostenía que la carne era fruto del pecado del sexo, y que por lo tanto había que evitarla, que Jesús fue hombre y no Dios, y con el añadido de que el texto central de los cátaros se llamaba La cena secreta, que es, precisamente, la búsqueda del traidor en la mesa de Cristo, y la manera de identificarlo es buscar al apóstol que mete la novela con Él en el plato.

–No vamos a destirpar aquí la novela, pero ¿puede apuntar brevemente cuál ese misterioso secreto que encierra La Última Cena de Leonardo?

–La Última Cena es un acertijo que tiene varias aproximaciones. Por un lado, la búsqueda del traidor en la mesa da lugar al equívoco de confundir al único apóstol con un arma que está entre los Doce y que parece que se abalanza contra Juan y contra Jesús.

Ese discípulo, que parece que va a asesinar o a matar a alguien, ese discípulo es Pedro, y la mera sugerencia de que Pedro pudiera ser el traidor de los discípulos nos remite al Papa y al conflicto que vivía en ese momento el duque de Milán, Ludovico Sforza, con el Papa en Roma.

Por lo tanto, hay una lectura política. Pero, luego, hay también una lectura intelectual. En el tiempo en el que se pinta La Última Cena, el gran debate entre los sabios del tiempo era si Platón se había adelantado a la doctrina cristiana cuatro siglos antes de Cristo. Se acababan de traducir los libros de Platón y habían deslumbrado a todo el mundo, también a Leonardo da Vinci.

Javier Sierra durante la entrevistaThorun Piñeiro

Leonardo decide autorretratarse en la cena, como uno de los discípulos, como Judas Tadeo, que está dando la espalda a Jesús y atendiendo a un personaje cuya cara está sacada de un busto de mármol de Platón que estaba en la academia de Cosme el Viejo.

Por lo tanto, el propio Leonardo se posiciona dentro de la pintura como alguien que prefiere la doctrina platónica a la cristiana. Es otro nivel de lectura.

Y luego está el nivel herético, que apunta a su posible adscripción a la doctrina cátara. Coincidentemente, los últimos cátaros vivieron a las puertas de Milán, muy cerca del convento de Santa Maria delle Grazie en época de Leonardo. Es fácil deducir que Leonardo pudo haber tenido contacto con ellos. Son deducciones, no son pruebas, pero, desde luego, para un argumento literario, da todo el combustible que se necesita.

–Leonardo no pintó halo de santidad ni a Jesús ni a los apóstoles. ¿No les hizo sospechar a los frailes en su día que algo no cuadraba en esa representación de la Última Cena?

–Yo creo que se deslumbraron ante lo que Leonardo estaba ejecutando en su pared. Piensa que La Última Cena es un gran trampantojo. Probablemente el trampantojo más hermoso jamás pintado, donde Jesús y los Doce están en una sala que prolonga el comedor de los dominicos: están sentados en una mesa cuyo mantel es el mismo mantel que están usando, son los mismos platos, los mismos cubiertos.

La sensación que tenían los frailes cuando entraban a comer era la de que Jesús en persona estaba compartiendo ese espacio con ellos, y eso yo creo que les aturulló los sentidos, y no hicieron una primera lectura crítica de la pintura.

Por eso yo imagino en mi novela que hay alguien que desde fuera se da cuenta de ese desvío de la ortodoxia y manda una serie de cartas anónimas denunciando a Leonardo. Ese es el punto imaginario del que parte toda mi acción en La cena secreta.

–Leonardo no pintó en su Última Cena el Cáliz el Santo Cáliz. Usted defiende en la novela que existen razones doctrinales esgrimidas por Leonardo. Pero eso enlaza con otro de los grandes misterios de la cristiandad: el Santo Grial… ¿Dónde se encuentra? ¿Es el que se venera en la Catedral de Valencia?

–Probablemente, La Última Cena logró obsesionarme con la búsqueda del Grial y eso hizo que años después yo escribiera una obra que se titula El fuego invisible, que ganó el Premio Planeta en 2017, y que articula toda esta pregunta de dónde está el grial y qué es el grial.

El Cáliz de San Juan de la Peña, que es el que hoy se venera en la Catedral de valencia, cumpliría una función legitimadora. Ahora bien: ¿es el de verdad? Esto es imposible establecerlo

Haciendo la investigación para aquella novela descubrí que el Grial, en realidad, es una palabra que se origina en el siglo XII. La palabra «Grial» no está en los Evangelios, la importancia del Cáliz de Cristo surge con las Cruzadas, no antes, durante más de mil años nadie se ha interesado por esa reliquia, y todo eso genera un movimiento que también tiene mucho de político en la Europa del período de las cruzadas.

Influyó notablemente en la construcción del reino de Aragón, que buscaba legitimarse respecto a los reinos de alrededor, mediante la posesión de un objeto que había tocado por la sangre de Cristo. Eso le sirvió para pedir al Papa su carta de realeza.

El Cáliz de San Juan de la Peña, que es el que hoy se venera en la Catedral de valencia, cumpliría esa función legitimadora. Ahora bien: ¿es el de verdad? Esto es imposible establecerlo. Sí es el históricamente más respaldado desde la Edad Media hasta hoy, pero decir que es el Cáliz que estuvo en la mesa de la Última Cena es dar un salto que se aproxima demasiado a la fe y se aleja de la historia.

–La publicación de su novela coincidió también con la salida del best seller de Dan Brown, El código da Vinci, que desató toda una fiebre mundial por Leonardo y sus secretos. ¿Fue una incómoda casualidad?

–No, no fue incómoda. Fue una imprevisible casualidad que Dan Brown y yo estuviéramos trabajando en temas que se comunicaban tan bien. Pero yo creo que eso remó muy a favor del impacto mundial que tuvo La cena secreta.

Millones de lectores habían quedado con ganas de más al leer El código da Vinci y esa hambre fueron a paliarla con La cena secreta. Es curioso porque Dan Brown dedica a La Última Cena de Leonardo sólo tres páginas de su obra, pero lo suficientemente atractivas, disruptivas, diría, como para que muchos buscaran más información al respecto.

El autor habló de 'La cena secreta' con El DebateThorun Piñeiro

Piensa que La cena secreta se escribió completamente ajena a El código da Vinci. Mi novela es una novela histórica con Leonardo en el centro de la acción. La de Dan Brown es una novela contemporánea, es un thriller con Leonardo de telón de fondo de la historia. Pese a ser dos novelas estructuralmente tan diferentes, en realidad convergen en la pasión por lo arcano que oculta el arte.

–¿Le gustó a usted El código da Vinci?

–Tengo una anécdota muy divertida al respecto. Yo leí El código da Vinci justo cuando había entregado el manuscrito de La cena secreta, y mi editora me mandó el ejemplar en inglés de El código y me dijo: «Mira, nos han ofrecido este libro, échale un vistazo y dime qué te parece».

Y lo leí y le dije que no me había gustado porque me había parecido pobre. Yo estaba con mi cabeza en el Leonardo histórico, y a mí aquello me pareció pobre. Y mi editora decidió no comprar los derechos de El código da Vinci, con lo cual cometió uno de los grandes errores de su trayectoria. Lo publicó una pequeña editorial en España, Umbriel, que era un sello muy pequeño en aquel momento.

Luego, ante el pasmo de ella, y mi completo asombro, El código da Vinci se convirtió en un fenómeno mundial. Yo nunca lo vi como un rival, o como un adversario. Al contrario: vi que estaba creando un caldo de cultivo que se espesó con otros elementos.

Es la época en que se traduce El evangelio de Judas, y conocemos por la traducción de ese texto la visión que tenían los primeros cristianos en Egipto de que Judas no exactamente el traidor que tenemos en la cabeza, sino que era alguien que tenía que traicionar para cumplir el plan de Dios.

Sin la traición de Judas y el sacrificio de Jesús no existía redención. Justo ahí es cuando se publica La cena secreta. Es decir, hay una alineación de intereses que para mí fue absolutamente inesperada.

–En el Museo del Prado tenemos un presunto Da Vinci, la copia de la Gioconda que se realizó de forma simultánea a la expuesta en el Louvre. ¿Qué puede decirnos de ese cuadro?

–Mi teoría es que es la verdadera Gioconda, la que tenemos en el Prado. Te lo voy a justificar. La obra del Louvre está pintada sobre madera de chopo. Es la peor de las maderas posibles para un pintor: endeble, frágil, captura la humedad, se abomba… Es la peor. La obra de Madrid es madera de roble: el mejor de los soportes para una pintura. ¿Por qué iba Leonardo a dejar que un discípulo pintara sobre un soporte de Fórmula 1 y él se quedara con un soporte menor?

Los libros son poderosos, y son capaces de cambiar la mente de los lectores. Tener un libro con una idea poderosa lo convierte en un libro peligroso

La explicación, probablemente, está en lo siguiente: la Mona Lisa, o la Gioconda, que fueron los nombres que les dio Giorgio Vasari, quizás hagan referencia a dos obras diferentes. Una sería la Mona Lisa y otra la Gioconda.

Piensa que fue un cuadro que le encargaron a Leonardo. Es el retrato de la esposa de un comerciante. Ese contrato se pagó, con lo cual Leonardo tuvo que entregar una obra. La bocetó, sin duda, la pudo haber bocetado en madera de chopo, pero la que entregó como obra final la tuvo que hacer en un soporte a la altura del encargo, y esa es, probablemente, la que tenemos en Madrid.

El Prado no va a reivindicar esto para no enfrentarse al Louvre, pero creo que hay razones de peso para sostener esto, que de momento es una hipótesis de un pobre escritor.

–En esta novela hay un libro secreto esencial para la trama. ¿Qué tienen los libros secretos que nos fascinan? También el clásico de Umberto Eco, El nombre de la rosa, tenía un libro secreto como ‘MacGuffin’…

–Porque los libros son poderosos, y son capaces de cambiar la mente de los lectores. Tener un libro con una idea poderosa lo convierte en un libro peligroso, y no hay nada más atractivo para un constructor de historias que algo que ponga en peligro a los protagonistas de su trama. Ahí está la clave.

Es una atracción natural la que sintió Umberto Eco por los libros prohibidos, es una atracción natural la que sintió Leonardo por los libros prohibidos. Piensa que sabemos que Leonardo tuvo acceso a textos heréticos para pintar algunos de sus cuadros.

Por ejemplo, La virgen de las rocas está inspirada en un texto de Amadeo de Portugal que se llamaba Apocalipsis Nova que es un texto visionario donde se cuentan cosas que no están en la Biblia, y que son cosas que Leonardo pinta en esa pintura, en La virgen de las rocas y que le valieron la amonestación de la propia Orden de San Francisco.

Él se sentía atraído por lo que nadie más había visto y había leído. Yo creo que ahí está la clave: pura y simplemente morbo.

–Hablando de libros secretos, alguna vez le he oído hablar del Manuscrito Voynich. ¿Es tal vez el libro más intrigante de la historia? ¿Por qué es tan trascendental esa obra?

–No diría que sea el más inquietante, hay otros muchos que son igual de inquietantes. Por ejemplo, el Codex gigas, que es el libro antiguo más grande que se conserva, y que muestra algunas de las imágenes del diablo más espeluznantes. En el caso del Voynich su rareza radica en que no sabemos lo que cuenta. No sabemos si es un libro alquímico, si es una broma, si es un libro que enmascara algún tipo de crítica política del tiempo en el que fue confeccionado… Y eso ha despertado muchísimas interpretaciones. Lo situaría en el top ten, sin que encabezara la lista.

–Usted describía que durante el proceso de documentación para esta novela sufrió un incidente con los Carabinieri italianos en el refectorio de Santa María delle Grazie frente a La Última Cena. ¿Puede contarlo?

–Las autoridades italianas, desde hace muchos años, solo permiten visitas de quince minutos a La Última Cena, así que, obviamente, cuando yo quise ver La Última Cena quince minutos no me bastaban para lo que yo requería. Se me ocurrió entonces reservar en sesiones consecutivas de quince minutos todas las sesiones que pudiera. Entraba, veía La Última Cena, salía, volvía a entrar y volvía a repetir todo el proceso hasta cuatro o cinco veces.

En la última ocasión, siempre con mi cuaderno de notas y tomando apuntes de dónde estaban las cámaras de seguridad y todos los detalles –todo me interesaba–, me detuvieron los Carabinieri y me interrogaron, pero la coartada de que era escritor funcionó, porque me liberaron.

El incidente me permitió, y esto es una segunda anécdota, conocer al bibliotecario del convento de Santa Maria delle Grazie, el padre Venturino Alce, que supongo que se apiadó de mí, me abrió el archivo y me mostró cosas que de otra manera se me habrían pasado por alto.