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Historias de la músicaCésar Wonenburger

El talento nunca suele heredarse

Al premio Nobel Thomas Mann, un devoto wagneriano, le habría gustado ser director de orquesta, y su hijo Michael, que apenas destacó como intérprete de viola, le ayudó en cambio a concebir ‘Doktor Faustus’, su gran novela filosófico-musical

Thomas MannWikipedia / El Debate (asistido por la IA)

En la familia del Premio Nobel el suicidio era una tradición consolidada durante generaciones. Por eso al principio, cuando en la reciente película del excelente realizador polaco Pawel Pawlikowski, Fatherland, a Thomas Mann le comunican que su hijo, el otro escritor, Klaus, ha muerto, el autor de La montaña mágica no parece demasiado sorprendido o afectado. Ni siquiera asistió al entierro («la frialdad de la familia era aterradora», escribió una de sus más recientes biógrafas).

De la despedida voluntaria de otro de sus vástagos, Michael Thomas, ya no tuvo noticia directa. Su fallecimiento se produjo veinte años después de la partida del padre. El primero de enero de 1977, un día señalado de proyectos e ilusiones por cumplir, sutilmente veladas por la resaca a ritmo de vals, en una suerte de calculado descenso en marcha, el único hijo, músico verdadero, del patriarca decidió ponerle fin a su angustioso periplo con una mezcla fatal de barbitúricos y alcohol.

La complejidad de «estar a la altura»

No debió resultar fácil para ninguno de los seis descendientes directos del, posiblemente, mejor escritor del siglo XX situarse a la altura de lo que su venerado padre, encarnación de lo más elevado de las letras germánicas en su tiempo y lo que vendría después, reclamaba de ellos. La tolerancia se reservaba para las opciones sexuales (empezando por él mismo), pero en materia artística, en cambio, no se admitían veleidades de ningún género.

La música tampoco ofrecía un refugio esperanzador frente a las exigencias de grandeza. Thomas Mann amaba los sonidos posiblemente incluso más que las letras (le hubiera gustado ser director de orquesta), así que no iba a llevar nada bien que alguno de los hijos, en caso de optar por esta profesión artística, no destacara al menos como él lo había hecho en la literatura. O todo o nada. Las medianías quedaban para los mediocres, que no merecían lucir el apellido en aquella casa donde la perfección estética era dogma sagrado.

Cubierta de 'Doctor faustus', de Thomas MannDebolsillo

Antes que Michael, su hermana Monika ya se había mostrado interesada por destacar como pianista, lo mismo que luego haría la benjamina de las chicas, Elisabeth, con escaso recorrido. Durante el exilio de la familia, Monika recibió enseñanzas del destacado compositor italiano Luigi Dallapiccola, en Florencia. Y parece natural que el libro que más tarde concibió esta mujer, Der letze Häftling (El último prisionero, que lleva por subtítulo ‘Una verdadera leyenda en honor a un último compositor’, una serie de reflexiones sobre la creación artística con predominancia musical), hubiese sido pensado como un nada oculto homenaje al autor de la ópera El prisionero.

En cualquier caso, Monika, que nunca persiguió seriamente una carrera como intérprete, también conoció en la ciudad de los Medici a su marido, con el que más tarde partiría rumbo hacia EE. UU. para reencontrarse con los Mann, cuando se establecieron en California.

Un torpedo nazi hundió la embarcación que los llevaba y solo ella sobrevivió. Peleada más tarde con la familia, a la que retrataría en una biografía nada almibarada, terminó sus días como el gran Tiberio, en Capri, compartiendo su vida plácidamente, en la Villa Monacone –que antes había sido morada del pintor expresionista Oskar Kokoschka, hasta que lo echaron de allí por dibujar sobre las paredes–, con un albañil y pescador, Antonio Spadaro, mientras se dedicaba a escribir.

El único hijo con carrera musical

Así que solo Michael Thomas tuvo una carrera propiamente musical. Heredó el violín de su padre, y logró un puesto en la Sinfónica de San Francisco, lo que seguramente representaría un logro nimio para las ambiciones del creador de Los Buddenbrook. De ahí que, apoyado por varias de las influyentes amistades musicales que su progenitor había hecho en América, el intérprete recibiera regalos en forma de composiciones dedicadas por gente como Krenek, Honegger y Milhaud.

Con semejantes credenciales en el bolsillo, Michael intentó abrirse paso como solista de viola, su última baza para alcanzar esa celebridad a la que renuncian quienes templan el ego entre los casi siempre anónimos atriles de una orquesta. Y colmar de alguna manera las expectativas paternas de gloria.

El resultado de aquellas ilustres colaboraciones aparece reflejado en un par de discos de la Deutsche Grammophon (pueden encontrarse fácilmente en las distintas plataformas), que permiten apreciar su discreta valía: como intérprete resulta competente, si bien algo insípido.

En el registro de la Sonata para viola y piano, opus 117 de Ernst Krenek aparece, además, como pianista, la hermana de Yehudi Menuhin, Yaltah, con la que Michael Thomas Mann llegó a emprender una gira de conciertos que concluyó en un nunca aclarado episodio de malos tratos. La mujer no llegó a denunciar, pero su compañero de actuaciones abandonó para siempre la música después de aquel desafortunado incidente.

Aquejado de una neuropatía, pudo lidiar por rachas con las tinieblas de la depresión y, tras su paso por Harvard, hasta enseñó literatura en el Berkeley de los tiempos lisérgicos. Sus años de docencia los compaginó, al igual que varios de sus hermanos, con la publicación de diversos libros.

Como sucedió con Monika, también la música se asomó por sus escritos bajo la inequívoca sombra del padre, que había dedicado varias conferencias a glosar la grandeza de Richard Wagner. En su caso particular, publicó un interesante volumen dedicado a la curiosa, y bastante extensa, labor como crítico musical de Heinrich Heine.

Al parecer, el poeta autor de Intemezzo lírico sableaba hasta a sus amigos músicos, como Listz, poniendo la acreditada autoridad al servicio de la extorsión: primero les mostraba una reseña negativa de su última actuación, y luego los convencía de que los denuestos podían fácilmente trocarse en elogios mediante una oportuna contribución económica.

El nieto se asoma en ‘Doktor Faustus’

Pero seguramente las mayores contribuciones del hijo menor de Mann a la literatura, como a la música, tendrían que ver con el auxilio que este le prestó a su pariente para escribir una de sus más ambiciosas obras maestras, el Doktor Faustus. Sus consejos resultaron fundamentales para la redacción de las elaboradas reflexiones que entremezclan música y filosofía. Los diálogos entre ambas inteligencias, durante aquel proceso, debieron resultar tan apasionantes como refleja la lectura.

Y por esas mismas páginas aparece hasta el propio hijo del violinista, Frido, que además era el nieto más querido. Hasta el punto de que el escritor creó inspirándose en él al personaje de Nepomuk (Eco), el encantador y despierto niño por el que el protagonista, el compositor Adrian Leverkhünn, sentía un afecto tan hondo y real como el que en la vida le profesaba su propio familiar.

Frido se convertiría más tarde en psicólogo y escritor, pero quién sabe, quizá podría haber tocado malamente hasta la armónica, que su abuelo posiblemente hubiera reconocido en él, con unas pizcas de mitigado orgullo por la edad y los avatares, ese talento que nunca consideró suficiente en sus propios hijos.