Carta Zambrano
El Debate de las Ideas
«Esta es la historia, Luis». La carta inédita de María Zambrano a Luis Rosales sobre Antonio Machado
Cuenta Dionisio Ridruejo en sus memorias que una de sus primeras decepciones con la España que iba a resultar tras la Victoria se produjo incluso antes de que terminara la guerra. A la llegada de las tropas nacionales a Barcelona en 1939, a él y a la troupe de falangistas catalanes les secuestraron los camiones cargados de folletos escritos en catalán que iban a repartirse entre quienes se acercaban exultantes a felicitar al grupo que acompañaba al general Yagüe, entre ellos, el propio Ridruejo. La fotografía de aquel momento, si todavía no la han visto, no tiene desperdicio.
La caída de la capital catalana supuso también el cierre de las imprentas que habían tirado periódicos y editoriales republicanas, como hicieron los otros en julio del 36 con periódicos como el que publica hoy estas líneas. La realidad es, si cabe, más compleja, porque, aunque la ley de memoria histórica nos lo oculte, la censura venía de más atrás, de la propia II República, como han demostrado recientemente investigadores como Inger Enkvist, Demetrio Castro o Cristina Barreiro.
Una de las mejores revistas editadas por los republicanos —las cosas, como son— fue una rara avis que se alejó de la propaganda más ramplona: Hora de España, fundada por intelectuales como Rafael Dieste o Juan Gil Albert, y gestada en Valencia, en el Café Ideal de la calle de la Paz, hasta que se trasladara en 1938 a Barcelona. María Zambrano no tardó en incorporarse al comité de redacción y por sus más de veinte entregas desfilaron algunos de los mejores escritores que habían quedado en la zona roja, como Rafael Alberti, Dámaso Alonso, Arturo Serrano Plaja, Julián Marías o la propia Zambrano. La guinda del pastel fue la firma tenaz de Antonio Machado, quien publicó en cada una de las entregas fragmentos de su Juan de Mairena y algunos de sus —ay— poemas más militantes. El vigésimo tercer número de Hora de España debería haberse tirado en noviembre de 1938, pero el cierre de la imprenta dejó enterrada esta entrega, cuyas páginas nunca llegaron a manos de sus principales suscriptores hasta la feliz reedición de 1977.
Hace unos años, cuando investigaba los legajos del fondo de Luis Rosales del Archivo Histórico Nacional de Madrid, me topé con el que creo que es el único testimonio que se conserva de la relación entre María Zambrano y el poeta de La casa encendida. Se trata de una carta inédita que Zambrano le envía desde su destierro francés en julio de 1965 y que dice así:
La Pièce (Crozet-par-Gex. Ain)
Francia
He aquí que, al cabo de los años o siglos, me dirijo a ti. Y por algo hermoso, algo que constituye para mí una verdadera liberación. Pues que tenía yo como una espina muy dentro considerarme responsable de la pérdida del último Juan de Mairena. Creo sabrás la historia, pues que mis buenos amigos Aurora de Albornoz y José Luis Cano te la habrán contado. Mas quiero que la conozcas por mí.
Salí de España sin bagaje: tres libros; Subida al Monte Carmelo; Tratado de las Tribulaciones y la Ética de Spinoza; unas cuartillas mías, mi ensayo a medio hacer sobre San Juan de la Cruz, acabado en México, y las pruebas del Mairena [para] Hora de España. (Innecesarios datos, pero así tendrás una imagen más entera de la realidad). Mi entonces marido fue días después a la imprenta donde se tiraba la revista y la encontró cerrada a piedra y lodo; era tarde ya —24 de enero, creo—. A principios de marzo pasamos por New York, camino de Cuba y México, invitada por los dos países. ¡Ay, ay, ay, ay! Que en New York el señor [Federico] de Onís dio una pequeña reunión en mi honor en su casa, y habló de un próximo número de la Revista Hispánica Moderna dedicado a don Antonio, que había ya muerto, y demandó. Y a su demanda yo ofrecí esas inapreciables pruebas, para mí doblemente por contener un capitulillo dedicado a la muerte de mi padre que en gracia de Dios y por fortuna —creo— murió en Barcelona el último día de octubre del 38. Y mi señor esposo al día siguiente de aquella «aciaga» noche le llevó a su despacho de la Columbia University al dicho señor de Onís las pruebas y [además] una de las dos cartas que yo tenía de D. Antonio. Por fortuna, la menos importante.
Después… el silencio completo, los gritos a las personas que por mi encargo le hablaban del asunto, la no publicación, la no nada. Y mi remordimiento por haber obrado en un «estado de gracia» —en él tantos salimos de España— que me puse inerme en manos de quien no lo merecía, en cosa para mí tan preciosa. Y tantas veces me he dicho: «Algún número de aquella última Hora de España, alguien lo tendrá, pero ¿quién?». Al enterarme que tú lo tienes he tenido gran alegría, pues tú sabes lo que es, lo que significa.
Esta es la historia, Luis. Para mí sería una alegría inmensa recuperar ese texto, cuyas pruebas llevé entre mis manos, de las que tan tontamente lo dejé escapar. Ni pensé en el valor que tenía. ¡Y que yo hubiera podido publicarlo como centro de un artículo sobre don Antonio, Segovia y mi Padre! El D. Antonio que tan naturalmente conocí. Aurora [de Albornoz] me dice que tú quieres publicarlo. No te lo discuto. Como la revista no me la vas a mandar, habrás de tomarte la molestia de copiarlo. Me interesa todo, más —claro está— lo de mi padre…
Envíame también copia del sumario de la revista. Ya sé que nada mío viene, pues que mi última publicación en ella fue «Misericordia», en el número anterior. Pero, comprende.
Tras muchos años en Roma, muchos en La Habana y algunos en México y Puerto Rico, vivo ahora aquí con mi hermana en una ferme vieja y chiquita en un rincón escondido del Jura. Como está cerca de Ginebra, si algún día vienes, avísame, pues que mi primo —funcionario en la OMS— podría traerte en su coche para que pasaras unas horas; el lugar es bellísimo y todavía bastante intacto.
Si en algo puedo servirte con gusto lo haré.
Con mis cordiales saludos y gracias anticipadas también,
María Zambrano
[P. S.] Luis: publica pronto eso, mira que lleva muchos años encerrado. Publícalo, aunque sea primeramente en una revista. Es importante, como bien sabes. No creo que don Antonio escribiera ya más. Le vi mucho en Barcelona. Lo conocí en Segovia; yo [tenía] quince años. No he conocido a nadie tan hermano de mi padre. Y más aún que por la invariable y serena amistad que los unió, por la «estructura» de pasiones y almas, que diría un profesor de Filosofía (...).
Archivo Histórico Nacional, DIVERSOS-LUIS_ROSALES, 19, n.º 95
La escritora había salido de España «ligera de equipaje». Apenas la acompañaban tres libros: Ribadeneyra, Spinoza y San Juan de la Cruz. La elección no deja de resultar reveladora en quien formularía la idea de «razón poética», pues son obras que insisten en la evidente preocupación de la Zambrano por esa zona de penumbra entre la poesía y la filosofía. Los títulos no debieron dejar indiferente al destinatario de la carta, también orgulloso discípulo de Ortega.
El afilado reproche al silencio de Federico de Onís, quien no quiso devolverle a Zambrano el juego de copias con el texto de Antonio Machado sobre su padre, lo haría público más adelante, y no fue hasta que Aurora de Albornoz comenzó a ir tras la pista de la publicación cuando la angustiada quête de la malagueña llegó a su fin, al descubrir que Luis Rosales poseía una copia del número XXIII. Sin embargo, en la Fundación María Zambrano, encargada de custodiar el archivo de la escritora, no había ninguna respuesta del granadino. ¿Era posible que el Premio Cervantes hubiese ignorado la súplica de su antigua compañera? Una apretada nota de Zambrano me confirmó que, efectivamente, Luis Rosales le había enviado una copia del Juan de Mairena, y que pudo hacer cumplir el deseo de la filósofa gracias a la ayuda de Aquilino Duque, «quien copió a máquina en casa de Rosales, para mí, en texto ya triplemente precioso, por perdido, y me lo trajo». Aquilino, afincado aquellos años en Ginebra (muy cerca de la granja en la que vivía Zambrano, que aparece en algunas de sus novelas con el pseudónimo de «Misericordia»), había hecho de intermediario entre sus dos maestros. No era la primera vez que hacía labores de agente intelectual entre los escritores de la España de dentro y la de fuera, aunque la realidad es que, como recuerda el escritor, «no había más que una España, que era tan de los exiliados como de los que vivíamos en ella».
Cuando en 1977 el profesor Francisco Caudet acudió a Camilo José Cela para conseguir el número con el que poder reeditar la revista, ignoraba que las últimas palabras de Antonio Machado se habían publicado años antes gracias al ejemplar Luis Rosales y a la ayuda de Aquilino Duque, copista leal y desinteresado del escrito. La imagen de Rosales y Duque, tantas veces tildados de sectarios por la clerecía cultural, copiando en Altamirano, 34 las últimas palabras de don Antonio supone un impagable testimonio de generosidad intelectual que, aunque tarde, merece la pena recordar, pues, como escribió Rosales, «la espera forma parte de la alegría».