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Mucho timón y poca estrellaRealizado con IA

Mucho timón y poca estrella

En la República, Platón trazó la alegoría de la nave amotinada. Una tripulación ruidosa, cerril, incapaz de distinguir al buen piloto, disputándose el timón mientras el barco, entre empellones, dimes y diretes, avanza sin remisión hacia los escollos. La imagen sigue incomodan¬do porque no ha perdido su vigencia. Política sin verdad es timonel sin estrella, mera colisión de dóxai boquirrubias, opiniones inflamadas que imponen por el número de deci¬belios. ¿Qué es un gobierno cuando renuncia a la verdad? En absoluto una maquinaria eficaz, como a veces aparenta, sino un tumulto sin jerarquía donde el ruido sustituye al juicio. El timón se mueve, en efecto, pero gobernar es otra cosa.

Mucho antes de que el comadreo virtual recibiera el nombre de trending topic, los sofistas ya demostraron que la verdad no era imprescindible para arrastrar al vulgo. Bastaba la persuasión, el arte de decir bien lo conveniente. Protágoras y Gorgias desplazaron el eje desde lo que es hacia lo que aparenta; Hipias, Pródico, Trasímaco, Calicles y otros tan¬tos lenguaraces de diversa laya rebajaron la política a floreo verbal, donde vence quien seduce mejor al auditorio. Platón respondió levantando un andamiaje severo, antipático inclu¬so, que resistiera sin necesidad de agradar a nadie. Su tesis sigue interpelándonos, a través de la bruma de los siglos: sin verdad no hay justicia ni gobierno, sino fuegos fatuos que deslumbran y a renglón seguido desaparecen. No hay política sin verdad.

Conviene detenerse aquí, porque la tentación retrospectiva induce a creer que el problema pertenece a los orígenes, a una Grecia ingenua. ¡Nada más falso! La Edad Media, tan caricaturizada como mal leída, entendió algo que la mo¬dernidad tardaría tanto en sospechar: que la verdad no es ornamento del poder, sino su límite interno. Agustín hizo convivir la ciudad terrena con la Ciudad de Dios no para confundirlas, sino para impedir que la primera se absolu¬tizara; Tomás de Aquino sostuvo, con una calma que hoy parece subversiva, que la ley humana solo es justa si parti¬cipa, siquiera remotamente, de la ley eterna; la Escuela de Salamanca habló de ius gentium y de dignidad humana con una sobriedad que hoy ruboriza a relativistas y sansirolés de plató. No había ahí romanticismo ni ingenuidad, sino la convicción de que la verdad mide las hechuras del poder, y nunca al revés.

Llegó la modernidad y decidió cortar el cordón teológico con la navaja fría de Maquiavelo. El florentino no fue un cínico vulgar, como a veces se lo presenta, sino un realista sin consuelo que dejó escrito que el príncipe ha de aprender a no ser bueno. No a ser malo, matícese, sino a prescindir del bien cuando estorba a la conservación del poder. No se culpe al árbol de sus frutos, pues son los catecúmenos de Maquiavelo los que, andando el tiempo, han contribuido a naturalizar la excepción y a convertir la eficacia en ultima ratio.

Luego Nietzsche convirtió la verdad en un ejército de metá¬foras en desbandada. La lógica del poder abandonó entonces la tierra firme y la política se internó en las arenas move¬dizas de la sospecha. Lyotard certificó la defunción de los grandes relatos y Derrida hizo bailar los significados hasta la extenuación… Pocos vieron el giro decisivo. La sospecha, surgida como herramienta escéptica frente a los desafueros del poder y los idola fori del sentido común, terminó crista¬lizando en dogma operativo. La sospecha pasó de preguntar a dictaminar. Si cada época fabricaba su propio «régimen de verdad», en función de las relaciones de poder dominantes, tal y como había establecido Foucault, preceptivo era derri¬barlo para edificar otro.

He aquí la paradoja: la negación de la verdad es la coartada del absolutismo. Cuando la razón abdica de la verdad, no sobreviene la libertad, sino la arbitrariedad. ¿No es esto ob¬vio desde la noche de los tiempos? El viejo sofista negaba la verdad para servir al tirano y el posmoderno niega la verdad para gobernar sin rendir cuentas a nadie. Hace mucho que la sospecha dejó de ser crítica para ser técnica del poder.

Nuestra época prefiere tallar relatos antes que buscar ver¬dades. Las campañas electorales han profesionalizado la prestidigitación: estrategas que convierten la herestética en hipnosis con bata blanca; consultores que desplazan marcos mentales como tahúres expertos; «medios de formación de masas», en la expresión feliz de García Calvo, que, como afanosos panaderos, hiñen la masa hasta darle forma. La universidad incubó con alegre incuria el huevo de la ser¬piente. Mucho antes de que la posverdad y la desinforma¬ción saltaran a las tertulias, la academia había acostumbrado el oído y la lengua a la especie de que todo saber es local, de que todo discurso político y toda pretensión de verdad eran una forma encubierta de dominación. Deconstruir valía más que construir.

Sobra decir que el relativismo académico solo puede desem¬bocar en el dogma. La mente humana, como la física aristo¬télica, aborrece el vacío. Se niega la verdad para librarse de su incomodidad y, al percibir los rigores de la intemperie, se inventa una verdad sustitutoria. Lo que era escepticismo se vuelve verdad apodíctica e incontrovertible. La política, de igual modo, suspira por suelo firme donde apoyar la alpar¬gata. Y ahí lo tiene, al alcance de la mano, como quien lleva las llaves en el bolsillo y se desespera buscándolas por la casa. ¿Quién quiere hechos alternativos cuando tiene verdades de hecho, quién quiere derechos a tutiplén cuando cuenta con la dignidad humana, a qué predicar buenismo cuando se puede pugnar por el bien común? El mundo no se rige por manuales de comunicación. Existen verdades sobre el trabajador, la familia, la vida y la casa común que no son celdillas de Excel ni rótulos de campaña.

Cuando la política pierde contacto con la verdad, el poder no se vuelve neutral, desapasionado, imparcial, sino senci¬llamente cruel. El edificio se desploma con gente dentro y con los arquitectos mirando al cielo, convencidos de que el derrumbe es una narrativa y que habrá que instalar otro marco en el caletre de los votantes.

Por supuesto, la afirmación de la verdad no nos libra auto¬máticamente de sus caricaturas. Hay verdades de saldo, ver¬dades de rebaja y verdades que se empuñan como garrotes. Que la política necesite verdad no significa que cualquier luz ilumine. También hay luces que calcinan. La modernidad, recuérdese, prometió claridad y se entregó al resplandor que ciega. La superchería iluminista creyó que bastaba un foco para enderezar el mundo, olvidando que la vida humana solo prospera en ese claroscuro humilde donde caben el misterio, la misericordia y el juicio prudente. Cuando la luz deviene ídolo, el pueblo se vuelve experimento. Y, como enseña la Historia, quien se prosterna ante la lámpara in¬candescente del progreso siempre exige que sean los demás los que se reposen entre placas de Petri, tubos de ensayo, cultivos desechados y guantes de látex. Allí donde se invoca la claridad total germina el desierto.

El mito fundante de la modernidad es el de la luz cegadora, esto es, la confianza supersticiosa en la claridad absoluta. Los ilustrados creyeron que bastaba con abrir las ventanas de la razón para que la claridad deslumbrara e infundiera orden al caos. Pero lo que entró fue, las más de las veces, un chorro inclemente que resecaba y descoloría, afiebrando los caletres y dejándolos percudidos y demudados, como las revistas viejas de los quioscos de prensa, cuyas portadas son apenas reconocibles. Queda el brillo del papel satinado, se ha ido el color de la vida. Nos dijeron que vendría la claridad y pondría fin al caos, pero lo que llegó fue un mediodía eterno, sin sombra en que cobijarse. Una luz como desierto que, en vez de guiar, enceguecía. En su nombre se alzó el culto al resplandor y, mientras unos empuñaban su espada de fuego, otros se prosternaban ante ella. No descendió la aurora, sino el rayo sin entrañas.

Prometeo robó el fuego y Lucifer iluminó el mundo. La comparación, si bien arriesgada, es fecunda. ¿No hay en cierta Ilustración un gesto luciferino, una voluntad de cla¬ridad que no tolera la fragilidad del claroscuro? Lucifer the Light-Bearer se llamaba, en efecto, una célebre revista liberal de principios del siglo pasado. ¿Qué pulsión lleva a cambiar la llama por el neón, el candil por el fluorescente, el hogar por el quirófano? ¿Acaso no bastaba con un candil para ver en la penumbra?

Prender un candil alzaba un círculo de luz y, al mismo tiem¬po, abría un corredor seguro. La noche preindustrial no era un paisaje romántico, precisamente, sino un feudo ajeno y avieso, sembrado de peligros y asechanzas. Un célebre pro¬yecto de la Universidad de Oxford (Everyday Life and Fatal Hazard in Sixteenth-Century England) lo ratifica con un alu¬vión de informes forenses: un borrachín tragado por la cié¬naga, un jornalero hundido en la poza, un cerdo que irrumpe sin ser visto… La luz artificial logró amansar ese territorio ignoto, clavando lindes y alzando vigías. Y entonces prendió la euforia luciferina: los que levantaron el pilar de fuego co¬menzaron, casi sin advertirlo, a bailar en torno a él. Todavía hoy en neerlandés a las cerillas se las llama «lucifers».

La luz moderna, pasada por la fragua revolucionaria, se tem¬pló a martillazos hasta volverse guillotina. Endurecidos al rojo en el crisol de la Voluntad General, los jueces se torna¬ron verdugos con bicornio. La Vendée ardió como un horno abierto y unos cuantos se enfriaron como lingotes: millares decapitados, millares encarcelados… Meras cifras en nom¬bre de una luz que prometía alborada. ¿Qué es una cifra sino el modo estadístico de evitar el rostro? Después se vistió la luz con bata blanca y la guillotina se volvió escalpelo. No es casualidad que Lucifer the Light-Bearer pasara a ser, andando el tiempo, The American Journal of Eugenics. Cambiando los martillos por craneómetros y los yunques por genealogías, se impusieron medidas de higiene racial en nombre de la razón planificada. Cuando los alemanes recurrían al horno y los suecos al acero frío de la esterilización, ¿qué hacían sino oblaciones al mismo ídolo? Cambiaron los instrumentos, no la lógica. Pasaron los años y no hubo desafuero que no justificase la razón, o esa vieja coartada cortesana llamada razón de Estado. Lysenko logró imponer el vernalismo al tiempo que Vavílov languidecía en una oscura celda; Mao ordenó sembrar por consigna y obtuvo suelos exhaustos, es¬pigas quebradas y muertos a manos llenas. Y aquí, otra vez, la misma luz cegadora: la planificación como iluminación de lo opaco, como victoria del cálculo sobre la contingencia. La luz, endurecida, con las hechuras de un falso profeta.

Su fuego acabó avivándose en altares y pebeteros. En el Bra¬sil de la República Velha y en el México del Porfiriato se hizo del «orden y progreso» lex prima y mandamiento mayor. ¿Qué otra cosa es un lema cuando deja de orientar y co¬mienza a exigir adhesión? El paroxismo de la razón ilustrada llegó el día en que los patriarcas de la Igreja Positivista de San Paulo entronizaron a Auguste Comte en hornacina, con su casulla y su dalmática, y hasta le pintaron una aureola de santito, como un Luis Gonzaga del cientificismo. La razón que quería desmantelar ídolos fabricaba ídolos nuevos; la luz que pretendía abolir supersticiones producía liturgias pintorescas. ¿No es el destino recurrente de toda claridad que se toma a sí misma por absoluta?

La luz sin sombra no desnuda la verdad; todo lo más, como dejó dicho Nicolás Gómez Dávila, consigue desollarla. Y cuando se entroniza el resplandor único, el claroscuro no puede sino extinguirse. Solo es cierta la penumbra fértil, pues en ella se guarda el misterio. ¿No llega siempre la hora en que la luz, de tanto alzarse, cae por su propio peso? Al fin y al cabo, el sino de todo ídolo es desplomarse sobre sí mismo. Conque no nos amilanemos. Se abrirán grietas en su máscara y por ellas volverán a filtrarse, como savia anti¬gua, los signos del amanecer. Cesará entonces el mediodía perpetuo y su fulgor geométrico.

¿Quién quiere verdades claras y distintas teniendo la ver¬dad encarnada? Si el Camino, la Verdad y la Vida van de consuno es porque la verdad nunca es un silogismo ni una proposición cartesiana clare et distincte, sino alguien con rostro que enseña las llagas y parte el pan. ¿Qué hay más católico que la esperanza umbrátil del pesebre y la luz sobria del sepulcro amanecido? De ahí que en la encíclica Digni¬tatis humanae se subraye que la verdad «penetra suave y fuertemente en el espíritu». Suave, en efecto, y no violenta; fuerte, y no con melindres de relativista. ¿Será que la Veritas cristiana funciona como contraluz frente a la lámpara cia¬lítica, luciferina, quirúrgica, de los Aufklärer? Yerra quien busca en el plafón del quirófano lo que ofrece una llamita tenue. La revelación, qué le vamos a hacer, no se entrega en megavatios. Frente a la razón sin alma que confunde lo ver¬dadero con lo medible, la Veritas ancla el juicio práctico en lo digno. Lo sabían los maestros de Salamanca y nosotros, medio milenio después, acaso lo hayamos olvidado. ¿Quién en su sano juicio –y aquí la expresión no es baladí, pues sano es el juicio que es bueno y justo– renunciaría al fuego del hogar para plantar un foco estroboscópico en el salón de su casa? No esclarece la luz que promete un mediodía eterno, sino la que deja sombra para la vida.

Para llegar ahí, a esa verdad templada que no calcina, hay que dar la cara. La verdad, cuando se separa del rostro, es mero procedimiento, «gobierno de nadie», en expresión de Arendt. El concepto cobra sangre cuando se pronuncia en voz viva. Por eso, como sostiene Gomá, pensar en público no es abajar el pensamiento, sino exponerlo a su piedra de toque. La verdad no es regalía de guardianes del formato APA. Sócrates no dejó tratados, sino conversación; Platón avisó en su Carta VII de que lo serio no cabía en un puñado de letras; en el Liceo, la verdad paseaba por el peripato; Epicuro enseñaba al cobijo de su jardín y Zenón llamaba a la virtud cabe un pór¬tico pintado. La Edad Media se templó en disputas públicas y los propios ilustrados se fogueaban en salones y tertulianas, no solo en plúmbeas enciclopedias; durante los últimos dos siglos, la verdad se ha disputado en plazas, auditorios, cafés, ateneos y medios de comunicación. Pensar es exponerse.

No se tome esto por nostalgia de la hoguera. Sencillamente, toda palabra verdadera pide un prójimo enfrente y un punto de riesgo. ¿Qué verdad es la que no soporta ser dicha a la cara? Quien se esconde tras el vitelo de las notas al pie corre el albur de momificarse. Tampoco se entienda como menosprecio de la letra. Valoro y defiendo la lectura de la Suma teológica, los tratados de Condillac o la Crítica de la razón pura, ya sea por edificación, disfrute de la prosa, instrucción, ejercicio del ra¬ciocinio o incluso «gimnasia revolucionaria», por emplear la expresión de un viejo anarcosindicalista. ¿Qué tiene de malo que el filósofo muscule su entendimiento como quien levanta mancuernas, cargando con tochos pesadísimos? El problema es pensar que las palabras se las lleva el viento.

Bien mirado, ¿qué tiene de malo que el viento se lleve las palabras? Que vuelen como semillas y germinen en quien las escucha. Volver a la oralidad no implica renunciar a la precisión, sino sacar el pensamiento de la nevera académica y devolverle la temperatura de la calle. Dar la palabra presu¬pone dar la cara; y al que se amilane, recuérdesele que ni el avestruz entierra la suya (mito de baratillo que la zoología lleva siglos desmintiendo con paciencia científica). ¿Qué hablar de veras obliga a tragos tan amargos como la cicuta? Velay que sí. Toda verdad encarnada exige pérdidas; la pri-mera de ellas, la del miedo.

¡Qué obsesión con la verdad! dirá alguno, con media sonrisa, y uno no puede sino asentir: bendita obsesión. La sorpresa es que, a veces, la política dice la verdad. Cuando ocurre, bajan los gritos y los consultores pierden la varita; los medios recuperan el gusto por contar lo que pasa, y no solo lo que conviene, y van menguando las guerras de lenguaje que bus¬can proscribir al adversario, impermeabilizando el debate a toda disidencia. La razón, poco a poco, se deja alumbrar por una luz que no calcina. Entonces la nave, que parecía condenada a la deriva, vuelve a tener norte. La política, que durante largo tiempo había sido poco más que un motín, vuelve entonces a ser oficio de personas libres.

Texto publicado en el Cuaderno CEU-CEFAS número 15, «Política y cristianismo», disponible completo en el apartado de publicaciones de la página web de CEU-CEFAS.