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Arturo Pérez-Reverte publica 'La hipótesis más peligrosa'Jeosm / Cedida por Alfaguara

Pérez-Reverte: «España sufre especialmente porque estamos enfermos de unas vilezas que otros países no tienen»

El Debate entrevista a Arturo Pérez-Reverte con motivo de su nueva novela: 'La hipótesis más peligrosa' (Alfaguara)

La nueva novela de Arturo Pérez-Reverte, La hipótesis más peligrosa (Alfaguara), tiene todos los elementos de la novela revertiana por antonomasia: el Mediterráneo, un velero, una aventura, un protagonista crepuscular, villanos detestables y ecos de Conrad en cada página.

La hipótesis más peligrosa narra una aventura náutica protagonizada por un lobo solitario que surca el Mediterráneo a bordo de su velero, el Nostos, y un chico de 16 años aficionado a los videojuegos, su hijo, que busca respuestas.

El libro entusiasmará a sus lectores incondicionales y, en cualquier caso, confirma que el autor de la saga Alatriste consigue convertir en todo un acontecimiento literario cada nueva novela que saca a librerías.

Arturo Pérez-Reverte recibe a El Debate en las dependencias del Hotel Palace de Madrid, uno de los escenarios habituales de sus ‘duelos’ con la prensa. En el corazón de Madrid, a pocos metros del Museo del Prado, del Congreso de los Diputados y de la Real Academia Española, Pérez-Reverte habla de ese Mediterráneo que considera su verdadera patria y que contempla con una mirada nostálgica a través de los ojos de Asier Lerrant, el protagonista de su novela.

–En ‘La hipótesis más peligrosa’ regresa al Mediterráneo. ¿Qué es el Mediterráneo para usted?

–Con el tiempo he descubierto que es mi verdadera patria. Nací en él, crecí en él, empecé a moverme por él, leí sobre él, traduje griego y latín en el colegio sobre él. Fue parte de mi formación más íntima, más estrecha, más densa y más importante. Me marcó muchísimo en todos los sentidos. Empecé a navegar por él. Me embarqué muy joven, de hecho. Estuve navegando un año en que mi padre me embarcó. Entonces se podía hacer eso. Con 16 años estuve trabajando durante meses de pescador, por lo que sé lo dura que es la vida de un pescador.

Cubierta de 'La hipótesis más peligrosa'Alfaguara

Es decir, el Mediterráneo está muy vinculado a mi memoria y a mi infancia y mi juventud. Después he viajado, he vivido…, pero con la edad me he dado cuenta de que, mirando para atrás, realmente lo que es el Mediterráneo, es mi patria. O sea, yo soy español, evidentemente. Soy europeo, sin duda. Pero antes y por encima y por debajo de todo eso, lo que lo envuelve es el Mediterráneo.

–El velero, el navegante solitario, la pasión por el mar… ¿Esta es la más revertiana de las novelas de Arturo Pérez-Reverte?

–Es muy revertiana. A medida que te haces mayor se va sedimentando todo, a la hora de mirar para atrás, veo muchas cosas que antes no veía. Digamos que en mis novelas la primera fase es experimental, divertida. La segunda parte es profesional, y hay una tercera parte, que es la parte final, que es reflexiva.

Ahora hago novelas con un balance de vida. En mis novelas de esta última etapa –hablo de El problema final, La isla de la mujer dormida, El italiano, de esta novela, La hipótesis más peligrosa– escribo más sobre el Arturo mayor que mira hacia atrás. Todo eso que la vida me fue echando en la mochila de una forma desordenada, y que fue saliendo en mis novelas, ahora lo estoy ordenando sistemáticamente.

Ahora estoy siendo consciente de mi mediterraneidad, de la que tengo, de la que me llevé, de la historia de Europa… Esa vida me dio una forma de mirar, y con esa forma de mirar estoy haciendo mis novelas. Son novelas de madurez, fruto de mi última etapa.

–Si hubiera que apostar, diría que Asier Lerrant es su alter ego, ¿es así?

–No exactamente. Yo soy lector antes que escritor y sé muy bien las trampas que un libro puede tender. Buscar a un autor, buscar a Conrad detrás de La línea de sombra está bien, lo entiendes, pero cuidado, porque no es Conrad, es el personaje de La línea de sombra. Buscar a Conrad en Lord Jim…, cuidado, porque es Lord Jim, no es Conrad, aunque Conrad lo hace posible.

Quiero decir con eso que es evidente que nadie pone lo que no tiene: o lo robas o lo inventas. Pero es verdad que una novela es un artefacto narrativo artificial.

En ese sentido yo utilizo en mis novelas aquello que la vida me ha dado. Tengo el privilegio de haber vivido situaciones extremas. He visto a seres humanos haciendo cosas no siempre agradables. Tengo una visión sobre el mundo, la historia que utilizo para mis novelas. Pero yo no soy Lerrant. Lerrant se nutre de mí. Yo alimento a Lerrant, pero también soy el niño. Yo fui el niño cabreado. Yo les pongo lo que la vida me dejó de conocimiento de personajes como ellos.

–La novela tiene un profuso vocabulario náutico…

–Lo tiene, pero es necesario. No quería exagerarlo, pero tenía que dar lo suficiente para que un lector que sabe de mar se sienta en el barco, pero tampoco podía exagerar para el lector que no es de mar. Mi lector es muy amplio, marinos y no marinos, y tengo que escribir para todos.

–Sorprende más el abundante lenguaje sobre videojuegos…

–¿Por qué sorprende?

–Bueno, no me lo imagino a usted jugando al Call of Duty.

–Pues he jugado al Call of Duty. De hecho, el Call of Duty lo he superado.

–¿Es aficionado a los videojuegos?

–No, no soy aficionado a los videojuegos, pero en la vida hay que probarlo todo, o casi todo. Yo, de los videojuegos, tenía nociones básicas, como cualquiera. He jugado a algunos de ellos, como al Silent Hunter, que es de un submarino, he jugado al Call of Duty… Sobre todo, a juegos de simulación, simuladores aeronáuticos, y tal.

Pero esta novela requería un trabajo serio. Quería informarme de verdad. No podía hacerlo desde fuera. Igual que cuando hice un libro sobre grafiteros me metí en el mundo de los grafitis, pues aquí he estado jugando y hablando con gamers. He estudiado, he leído, he mirado, he comprado videojuegos, he jugado a varios de ellos, unos me han gustado más que otros, he aprendido la jerga de los gamers, le he llevado el libro a un gamer para que lo leyera y me dio el aprobado…

–También hay un lenguaje propio de las generaciones más jóvenes en boca de Cal Gadea: «estoy cocinado», «literal», «está guapo». ¿Qué opina de ese modo de hablar de la llamada generación Z? ¿Es una degradación del lenguaje?

–No, no es degradación. Los que crean lenguaje nuevo son los jóvenes y los delincuentes. Son los dos grandes generadores de lenguaje. El delincuente por necesidades crípticas, porque quiere entenderse con los suyos, y los jóvenes porque les importa un bledo las normas y se las inventan. Además, el joven está sometido a un montón de influencias que se manifiestan en el lenguaje. No es negativo, es bueno porque hace evolucionar el lenguaje, lo enriquece. Palabras como ‘estoy cocinado’, es buenísima, o ‘literal’, para decir ‘sí’, y tantas otras. Algunas de esas palabras pasarán, y otras se quedarán. A mí no me parece que los jóvenes degraden el lenguaje. Lo que sí es cierto es que la sociedad va hacia una analfabetización, eso es verdad. Pero eso no son los jóvenes, es la sociedad en general.

–El Mediterráneo es el gran protagonista de esta novela. Parafraseando a Conrad, ¿se ha convertido el Mediterráneo en uno de los lugares más oscuros de la Tierra?

–No, al contrario. Es luminoso. Es un caos luminoso. El Mediterráneo siempre ha sido un caos, una especie de caldera en ebullición de civilizaciones, de pueblos que nacen, que mueren, de piratas, de corsarios, de sabios, de analfabetos, de migraciones, para arriba, para abajo… Lo que pasa es que lo habíamos olvidado. Como no leemos historia, vemos un sitio civilizado donde hemos puesto cemento y cristal en todas las orillas, hemos puesto resorts para los turistas, vuelos Ryanair…

Pero el Mediterráneo se pasa por la bisectriz todas nuestras ideas, y en cuanto te descuidas el Mediterráneo dice «aquí estoy». ¿Y cómo está?: invasiones, caos, guerras, conflictos, guerras… Bulle, burbujea… Creíamos que podríamos con él, pero no. Es la venganza de ese mar, un mar que es viejo, que tiene 3.000 años de memoria escrito.

Ahora ya no es Troya, ni hay erupción del Vesubio, pero el Mediterráneo es un lugar tan cambiante, tan potente, tan amoral, tan cruel, tan ausente de escrúpulos, tan pintorescamente vivo que puede con todo. En forma de invasiones…, y no hablo de Ceuta, hablo en general. El Mediterráneo es imposible de controlar. Hoy es Ceuta, mañana será Lampedusa, pasado será Estambul o será lo que sea. Y en la novela se pasean por esa novela.

Si has leído, comprendes, y si comprendes no te sorprende. El problema es cuando viene el caos, o retorna el caos que habíamos olvidado, y te encuentras con que el que recibe el caos, si no ha leído, dice que qué horror, y se encuentra como pollo sin cabeza. Pero cuando has leído, y tienes una memoria cultural, física o personal, y llega el caos, ves y dices, claro, eso es Héctor en la muralla de Troya, aquello es Dante bajando al infierno, aquello es la batalla de Lepanto… No cambias el mundo, pero, al menos comprendes el mundo.

Lo grave en la vida no es que el horror te golpee, es no comprender cuando el horror te golpea por qué te golpea. La serenidad que te da la cultura, el conocimiento, las lecturas, que es lo que tiene Lerrant, es lo que te permite soportar con serenidad los golpes. Pero el Mediterráneo es más poderoso que todos nosotros.

–La historia del Mediterráneo es la historia de la civilización… Hay muchos síntomas de que esa civilización está gravemente enferma. ¿Es así?

–En el Mediterráneo han nacido muchas civilizaciones. La occidental es una de ellas, que está condenada a muerte. Pero no sería la muerte del Mediterráneo, sería la muerte de la civilización occidental.

La civilización occidental tiene 3.000 años de memoria escrita. Abarca Homero y los clásicos griegos y latinos hasta ahora. Es una civilización que llena un período de la historia interesantísimo. Creo que es la civilización más importante del mundo. No ha habido ninguna otra como ella, ni la china, ni la sumeria, ni la babilonia, ni la egipcia… La occidental es la que ha producido mayores beneficios morales a la humanidad: derechos humanos, libertades, luchas civilizatorias, cultura… Es la más rica, y la prueba es que todo el mundo imitaba a la civilización occidental. Influimos en todo el mundo. Pero, por razones de agotamiento histórico, esa época está pasando. Ya no somos el referente mundial. Los que antes nos admiraban ahora nos detestan, nos desprecian, nos odian o son enemigos.

Las civilizaciones tienen que defenderse a sí mismas, defender su manera ideológica, cultural, social, política… Y no nos defendemos. Occidente se ha entregado a manos, no de los inmigrantes de las pateras, no a los comunistas, no a los fascistas, sino de la historia. Occidente no tiene ya el vigor, la energía, la falta de complejos que permite sobrevivir. Estamos asistiendo al final. Cervantes, Dante, Montesquieu, Voltaire, Quevedo, Heidegger, Nietzsche, Thomas Mann, Shakespeare…, se ha acabado. Están desapareciendo y viene otro mundo, que no sé cuál va a ser. Tardará años, medio siglo, un siglo… No sabemos cuánto tardará. Y ese mundo que viene rescatará algunos fragmentos de la demolición del mundo anterior, como ha ocurrido siempre en la historia. Pero Occidente como tal ya no da más sí. Ya no crea nada, ya no tiene la fuerza y el vigor de antes, está viejo, está caduco. Ese Occidente se está muriendo. Es un Occidente crepuscular, lo cual no es trágico, es la historia.

Yo que he visto terminar tantos mundos como reportero, he visto terminar el Líbano, que era maravilloso y terminó como terminó, en los Balcanes he visto arder ciudades, bibliotecas, ahora veo que es mi propio mundo el que se está deshaciendo, y es interesante.

Si no tuviera libros que me lo explicaran estaría aturdido, desorientado, cabreado, acojonado. Pero como tengo esa bibliografía, esos libros, lo miro y digo, ‘claro, es que ya nos tocaba’. Es muy interesante ver los síntomas, cómo aparecen, los personajes de la historia.

Cuando te has leído a Salustio, a Tito Livio o a Suetonio, ves que lo que está pasando hoy lo había escrito ya Cicerón o tantos otros. Es muy interesante. No me es indiferente, evidentemente, pero veo que el mundo se diluye y me doy cuenta de que ya nos has tocado. Hay una cierta belleza en esa melancolía. Y de ahí sale mi novela.

–¿Ese fin de la civilización occidental está directamente relacionado con la sensación de decadencia que hay en España?

–No es solo en España. España sufre especialmente porque estamos enfermos de unas vilezas que otros países no tienen o que han resuelto de otra manera. En España se nota más por eso.

–Cal Gadea es un joven bastante desorientado y perdido que no parece tener muchas esperanzas en el futuro. ¿Le vería acampado en Sol?

–No me devalúes la novela. Es otro mundo, es otra cosa. Eso es la política, es la crispación actual, eso es España, eso es la enfermedad española en este momento que nada tiene que ver con la novela. Es casi insultante relacionar al joven de mi novela con los llamados ‘jóvenes de Sol’.

–Usted publica, prácticamente, una novela al año…

–Es que es mi trabajo, no hago otra cosa. Trabajo, voy a navegar, vuelvo y sigo trabajando.

–¿Cómo es su proceso a la hora de elaborar una novela?

–Es un trabajo. Tú vas al periódico y yo bajo a mi biblioteca a trabajar. Cada día me levanto y trabajo seis horas, cinco horas, leo, corrijo, viajo para documentarme de aquello que estoy escribiendo… Es un trabajo profesional. Yo no soy un artista, ‘a ver la musa’. No, yo me siento a currar: ‘tengo que contar esta historia: estructura, personajes, trama, esto va a llevarme dos semanas de preparación, una semana de viaje…’.

Es una estructura profesional de la que vivo y en la que llevo 40 años. Tengo treinta y tantas novelas publicadas. Tengo ya cierta experiencia. Yo cuento historias y no quiero cambiar la historia de la literatura, ni quiero volcar mi corazón ni desnudar mi alma… Yo quiero contar historias buenas y que el lector las lea, disfrute y compre la siguiente. Y es lo que hago. Eso requiere un trabajo profesional como ir a una oficina, a un banco o trabajar en una carpintería. No soy un artista.

–¿Qué le diría a aquellos que le acusan de ponerse de canto en temas políticos para vender libros a derecha e izquierda?

–Al revés, a lo mejor lo que hago es que no vendo libros ni a derecha ni a izquierda, porque se enfadan los dos. Es curioso que se diga eso cuando no piensan que es lo contrario: enfado a unos y a otros para que me compren libros unos y otros. Mira, llevo escribiendo novelas 40 años, y escribiendo artículos 35 años. Mi lector me conoce de sobra, sabe muy lo que pienso, cómo lo pienso y por dónde lo pienso. El nuevo, que se busque la vida. Tiene muchos libros para leer y para aprender. Si quiere hablar de mí, que se informe. Pero lo que yo no voy a hacer nunca es caer en el gran vicio español: que en los míos todo es bueno y en los tuyos todo es malo. Esa es la gran enfermedad española, y no voy a caer en ella.

Cuando una cosa no me gusta, de unos o de otros, lo digo. Pero no es para hacerme amigos en los dos bandos, es para hacerme enemigos en los dos bandos. Es un error. ¿Qué me pongo de canto? No, me mojo hasta arriba en los dos lados.

En las jornadas de Letras en Sevilla que tuvimos hace poco había dos ministros del gobierno (Bolaños y Ángel Víctor Torres), el expresidente Aznar, Espinosa de los Monteros, Tania Sánchez… ¿Eso es no mojarse? No, eso es mojarse con todos. Eso es asumir que tanto unos como otros se van a enfadar. Y, después, tengo ya una edad. Tengo una biografía y, como comprenderás, que me hagan una campaña los de Podemos o me hagan una campaña los de la derecha, me importa un carajo.

–Quizás fue eso lo que no entendió David Uclés en la polémica que tuvieron…

–¿Quién?