Cubierta de El barón Wenckheim
Por qué leer 'El barón Wenckheim vuelve a casa' de László Krasznahorkai
Una de las voces más singulares de la literatura contemporánea húngara
Con su fascinación por la búsqueda de sentido y peculiar ritmo narrativo László Krasznahorkai (Gyula, 1954) nos adentra en los laberintos de la existencia humana en El barón Wenckheim vuelve a casa (2017), una novela que ha sido traducida a nuestra lengua por Adan Kovacsics. La trayectoria literaria del escritor húngaro –la editorial Acantilado ha publicado Melancolía de la resistencia (2001), Al Norte la montaña, al Sur el lago, al Oeste el camino, al Este el río (2005), Guerra y guerra (2009), Ha llegado Isaías (2009), Seiobo descendió a la Tierra (2015), Tango satánico (2017) y Relaciones misericordiosas (2023)– le ha hecho merecedor de los premios Kossuth (2004), el Man Booker International (2017), el Premio Austríaco de Literatura Europea (2021) y el Formentor de las Letras (2024), y lo ha consolidado como una de las voces más singulares de la literatura contemporánea.
Traducido por Adan Kovacsics
Acantilado (2024). 512 páginas
El barón Wenckheim vuelve a casa
Tras muchos años de ausencia, un barón envejecido y esquelético regresa en el ocaso de su vida de Buenos Aires a su ciudad amada con el anhelo de ver a Marika, la mujer cuyo rostro y sonrisa nunca olvidó. Béla Wenckheim se enfrenta al país del que había salido, siendo un adolescente, hacía casi cuarentena y seis años. La exploración del tiempo y el espacio como fuerzas implacables que modifican la realidad es una de las constantes narrativas de la obra. La ciudad ha cambiado, y él también lo ha hecho; el paso del tiempo ha dejado su huella en su cuerpo y su alma, y lo que antes parecía ser refugio de poder y prestigio es ahora un escenario desolado y casi irreconocible a causa de las deudas contraídas con su adicción al juego. Los lugareños, que desconocen su estado, planean sacar provecho de él, como si fuera un salvador capaz de dar solución a todos sus problemas.
El regreso del demacrado y solitario barón es simbólico, un intento de aprehensión y confrontación de la identidad personal y colectiva, donde los recuerdos son cada vez más borrosos y la nostalgia de lo perdido se convierte en un peso insoportable. La ciudad no es solo un lugar físico, sino también un personaje que refleja la decadencia de una sociedad que no sabe cómo enfrentarse a su pasado. Los edificios en ruinas, la miseria y la sensación de vacío se convierten en una metáfora de la desolación en la que vive su población, especialmente, la multitud de inmigrantes desplazados (albaneses, gitanos) que pululan por las calles, desubicados e incapaces de encontrar un futuro estable. La ciudad es un espacio claustrofóbico sin alma, cuyos habitantes permanecen atrapados en sus conflictos internos que no llevan a ninguna parte.
El barón Wenckheim vuelve a casa es una novela profunda y cargada de significados, y polifónica, plagada de personajes excéntricos y de situaciones kafkianas, a través de las cuales Krasznahorkai alza una fuerte crítica política y social e invita a reflexionar sobre la inercia y la inacción frente a la mediocridad, la opresión y los estragos de la injusticia. Con un estilo narrativo épico y exigente, que recuerda al de Samuel Beckett, Thomas Bernhard o William Faulkner, presenta un mundo que busca un hogar irrecuperable, que se desintegra y anhela una redención. La realidad social y política de Hungría, bajo el gobierno comunista, en la transición post-soviética y en el régimen de Viktor Orbán, constituye un telón de fondo significativo de la novela. Así se avisa en la «Advertencia» introductoria, ubicada antes de la página de derechos de autor, que actúa a modo de prólogo; en él un autoritario director de orquesta prepara a sus músicos para una actuación única y sin recompensa, que no les procurará ningún placer, ni alegría ni consuelo, tampoco a él: «[…] yo tampoco me alegro de poder actuar con ustedes, señores músicos, no me hace ni mínimamente feliz que esto se haga realidad según la posibilidad predeterminada, porque –quería decírselo a ustedes para despedirme– no me gusta la música, o sea, aquello que vamos a producir juntos aquí y ahora no me gusta en absoluto, lo confieso, yo no soy aquí más que el supervisor, aquel que no genera nada, sino que solamente está presente ante cada nota, soy aquel, Dios lo sabe, que sólo espera el final de todo». A lo largo de sus páginas, la angustia se convierte en un campo fértil para la reflexión filosófica y estética sobre la condición humana, el nihilismo, el concepto de lo infinito, la cobardía del ateísmo, el paso del tiempo, la decadencia política y social, la alienación o la imposibilidad de recobrar el pasado. A pesar de lo sombrío de su tono, es una novela de una belleza perturbadora, que explora la desintegración moral y las fisuras que impregnan la realidad social húngara durante estas épocas, reflejando el sentimiento de que las esperanzas de cambio y progreso democrático han desembocado en una desilusión e individualismo. El autor sugiere una humanidad inherentemente propensa a la tristeza e insinúa cierta esperanza en la capacidad del arte para ofrecer belleza y consuelo en medio de la desolación.
Con una prosa clara, laberíntica e hipnótica, caracterizada por la ausencia de puntos y seguidos, y plagada de repeticiones y repentinas aceleraciones, de descripciones detalladas y monólogos compulsivos, László Krasznahorkai atrapa al lector en una novela, cuya fuerza motriz es el lenguaje. A través de su estilo narrativo lento y dilatado, gracias al empleo de largas frases sinuosas que rehúyen las convenciones gramaticales tradicionales, captura la complejidad y contradicciones del mundo que intenta describir. El discurso continuo se impone como forma narrativa exigente, a través de la cual aspira a reconstruir el flujo incesante de los sentimientos, pensamientos y contradicciones de sus personajes.
Tanto en esta novela, como a lo largo de su trayectoria literaria, sobresale la capacidad del autor para desdibujar las fronteras entre lo real y lo absurdo y para generar una atmósfera inquietante, donde la lógica convencional y la propia naturaleza de la percepción se desmoronan. Bajo la influencia de Kafka y Dostoievski, Krasznahorkai ofrece una mirada mordaz sobre las contradicciones y las miserias humanas y retrata a unos individuos que, víctimas de su incapacidad para romper con patrones destructivos, permanecen atrapados en la inacción política y en la desesperanza. Con El barón Wenckheim vuelve a casa, el escritor húngaro zambulle al lector a un mundo laberíntico y apocalíptico, con el que lo invita a abrazar la complejidad de la condición humana, como si se tratara de un rompecabezas, cuya plenitud solo se revela a través del tiempo.