Cubierta de El viaje de San Brandan
San Brandán: un santo de epopeya
Cuando los viajes evangelizadores se convierten en objeto de la épica
Corre el siglo XII y ya despunta la narrativa medieval. En pocos años romans y poemas cantarán las glorias de Pervecal, Arturo, Galvan… héroes que, siguiendo el modelo de los griegos y romanos, se configuran como modelo para su nación. Ahora bien, la cultura del medioevo no podía concebir un heroísmo aislado de la fe. De hecho, tan protagonista como la del héroe, era la figura del santo. El componente religioso y la mirada trascendente atraviesan la Edad Media y llegan más allá de las batallas.
Siruela (1983). 71 páginas
El viaje de San Brandán
Inmerso en este ambiente épico y religioso al mismo tiempo, hubo quien no creyó descabellado aunar ambos componentes en un mismo romance. ¿Por qué no escribir un roman courtois protagonizado por un santo? Fue Benedeit, un religioso francés de la corte de Enrique I Beauclerc, el autor de esta genialidad. En sus manos había caído la Navigatio Sancti Brandani de un antiguo autor escocés. Este escrito, era fruto de toda una tradición oral previa que durante seiscientos años había circulado por las islas británicas en torno a la figura de un santo misionero irlandés del siglo VI. San Brandán debió dejar en sus contemporáneos una huella tan profunda como incansable había sido su evangelización por los mares del Norte. Marinero infatigable y fervoroso creyente puso gran empeño en navegar a aquellos lugares a los que aún no había llegado la fe. De una vida prodigiosa a una narración repleta de prodigios había solo un paso.
La maravilla se entrelaza con la verdad en un relato que llegó a tenerse por verídico, como si de una hagiografía se tratara. Historia y ficción estaban tan imbricadas que, hasta el siglo XIX, hubo quienes aún eran incapaces de separarlas. Ciertamente, Benedeit no perseguía un fin histórico. Para cuando se dispone a versificar la obra original escrita en latín, es ya denso el entramado ficticio de la vida de San Brandán. La perla de todas las narraciones era aquella que hablaba del viaje del santo y sus compañeros a la terra repromissionis sanctorum. Como si de un nuevo Eneas se tratara, Brandán busca el paraíso en la tierra, así como el troyano buscaba la tierra elegida para el paraíso romano.
Ahora bien, al igual que la obra virgiliana, El viaje de San Brandán estaba al servicio de un fin mayor, más allá de sí mismo. La obra de Benedeit ha de interpretarse desde la alegoría. Como buen autor medieval, el monje francés rescata lo fantástico e inverosímil del relato para interpretarlo con sentido metafórico. De ahí que la tierra de la que parten no sea el equivalente de la devastada Troya, sino la imagen del paraíso perdido. En contraposición a este, su destino será el Paraíso, al que, en honor del héroe, se daría el nombre de Isla de San Brandán.
En medio de seres fantásticos, dignos de la épica medieval y de intervenciones sobrenaturales de tintes homéricos, no faltan las reflexiones, escuetas pero profundas, de la voz narradora. El monje tiene claro su objetivo: enseñar a los fieles la importancia de la buena conducta y la fe en la Salvación que viene del Señor. Resulta impactante, por ejemplo, el encuentro con Judas, condenado en el Purgatorio por no haber pedido la gracia de Dios. La tan esperada llegada al Paraíso anuncia el fin del viaje. Pese a las delicias descritas propias de un locus amoenus, el santo sabe que aún no le ha llegado el tiempo de quedarse allí para siempre. Regresa, por lo tanto, para concluir su obra en la tierra. Como si de un caballero victorioso se tratara, Brandán es calurosamente acogido por sus fieles. No obstante, a diferencia de aquellos, no pretende ganarse la fama, sino ganar a muchos para la bondad divina. Pero, ¿es que acaso hay mayor victoria que llevar miles de almas al cielo?
La tradición venera los restos de San Brandan en el cementerio anejo a la catedral de Clonfert, Irlanda. En ese lugar se alzaba el monasterio fundado por el propio misionero, en el que crecieron muchas vocaciones. En los muros de la iglesia queda grabado el eco de lo que fijaron las palabras de Benedeit. Los relieves de sirenas y otros seres fantásticos son un bello testimonio pétreo de tan fabuloso viaje.
Un roman incalificable, tanto por su temática, como por el objetivo con el que fue creado y el estilo escogido para ello. Una obra híbrida, compuesta para ser recitada en la corte, aunque a modo de hagiografía, con el deseo de maravillar desde lo ficticio y educar desde la alegoría.