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Cubierta de 'La ciudad de las luces muertas'Destino

Barcelona a oscuras: literatura, nostalgia y espectáculo en ‘La ciudad de las luces muertas’

Entre la magia y el absurdo, la fantasía cultural y el guiño generacional, David Uclés imagina una Barcelona sumida en un mágico apagón. El resultado es una novela de premisa seductora cuyo desarrollo revela tanto sus ambiciones como sus límites

La labor del crítico literario consiste en valorar la calidad artística de una obra. La afirmación puede parecer de Perogrullo, pero en la práctica es un objetivo difícil de alcanzar. Valorar con rigor no solo exige formación y lecturas, sino también una dosis de intuición que permita escapar de lo preconcebido. La historia literaria está llena de autores despreciados en vida que acabaron ocupando lugares centrales en el canon. ¿Significa eso que los críticos de su tiempo se equivocaron? Probablemente no, pero sí que, en ocasiones, no supieron –o no pudieron– mirar más allá.

Destino (2026). 246 páginas

La ciudad de las luces muertas

David Uclés

Además de detectar la calidad objetiva de un texto, el crítico ha de saber discriminar entre gustos personales, sesgos ideológicos o incluso circunstancias tan prosaicas como un mal día –un dolor de cabeza, una derrota futbolística– que pueden contaminar la lectura. En ese terreno resbaladizo de lo subjetivo entra la verdadera exigencia del oficio: saber distinguir la obra de todo lo demás. Y, muy especialmente, diferenciarla de su autor, le resulte este más o menos simpático, más o menos admirable. De lo contrario, el juicio crítico se desliza hacia los mismos mecanismos de cancelación y censura que tantas veces denunciamos como enemigos de la libertad y propios de una mentalidad autoritaria. Con estas premisas en mente –y aplicándolas con especial cuidado– conviene acercarse a La ciudad de las luces muertas, la última novela de David Uclés.

El escritor jienense firma una novela original en su planteamiento y claramente juvenil en su tono, con un hilo argumental algo deslavazado y una idea inicial feliz que no termina de llegar a buen puerto. La premisa es sencilla y eficaz: un apagón total de luz sume a Barcelona en una oscuridad casi absoluta –matizada, para que el relato sea posible, por una vaga e incierta iluminación residual de origen incierto–. Ese apagón no solo afecta a lo físico, sino que provoca una ruptura en la continuidad espacio-temporal, por la que irrumpe lo mágico o, según se mire, el caos.

A partir de ahí, Uclés puebla la novela de apariciones ilustres. Todas las figuras célebres afines a su imaginario tienen su correspondiente cameo: Dalí, Picasso, Freddie Mercury, Jean Genet, Joan Miró, Woody Allen, Gil de Biedma, los Goytisolo, Machado, Cristina Peri Rossi, Carmen Balcells… No solo quienes vivieron en la ciudad, sino también quienes la recorrieron fugazmente –no podía faltar García Lorca–. Se insiste en la etiqueta de realismo mágico, seguramente por su rentabilidad editorial, aunque, siendo rigurosos, la fantasía que articula la novela está más cerca de la metafísica de Borges o del surrealismo de Cortázar –que también comparece– que del universo narrativo de García Márquez.

La idea, en efecto, resulta sugerente, pero su desarrollo acaba siendo ingenuo, algo naíf y, en determinados pasajes, provoca una cierto sonrojo. El propio autor ha reconocido que, cuando comenzó a escribir el libro, no conocía a Mercè Rodoreda ni sabía que Roberto Bolaño había pasado por la ciudad condal, cuando vivió allí desde los años setenta y el territorio es escenario de varias novelas. Bravo por su sinceridad.

El crítico intenta que no haya sesgo en su valoración y en consecuencia también lo exige en la obra reseñada: las anécdotas que articulan los episodios funcionan con un nivel de rigor similar al de una consulta en Wikipedia y, en no pocos momentos, se incurre en una simplificación ideológica tosca. Baste recordar la desafortunada gracieta sobre la operación de Vargas Llosa.

La ciudad de las luces muertas es, en definitiva, un libro más: ni mejor ni peor que la media de títulos que se publican cada temporada. Si se reseña aquí y en tantos otros sitios es por el espectáculo previo que se nos ha ofrecido, no sé si tan ingenuamente como se pretende. Eso sí, todo indica que la novela será un éxito de ventas. No es casual que entre las guest stars destaquen Carmen Laforet y Carlos Ruiz Zafón. La primera se muestra con los ojos de un adolescente deslumbrado por Nada, una novela que, sin restarle mérito alguno, funciona muy bien como lectura juvenil. Del mismo modo dicen que La sombra del viento llegó a Planeta traspapelada de alguno de sus sellos juveniles. Un editor se preguntó lo que pasaría si la hacían pasar por novela adulta y voilà se hizo la magia, y esta vez de verdad: veinticinco millones de ejemplares vendidos.

La novela de Uclés sigue claramente la estela de Zafón y comparte esa mirada ingenua que se proyecta también sobre Laforet. El resultado, pienso, es un libro juvenil escrito para adultos o un libro para adultos escrito con mirada juvenil; en cualquier caso, una fórmula que funciona. Barcelona se convierte así en una especie de Disneyland literaria para nostálgicos: en lugar de Mickey Mouse te saluda George Orwell a la entrada, y el castillo de la Bella Durmiente adopta la forma de la Sagrada Familia. Hay también algo de la mecánica de El ministerio del tiempo: el texto entretiene, satisface al lector cuando reconoce al Rubén Darío de su libro de bachillerato y, de paso, reafirma una visión tranquilizadora de la historia reciente de España, donde los malos son pésimos y los buenos, impecables.