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Cubierta de 'En los confines del mundo'Crítica

El mundo antiguo resumido en trece lugares emblemáticos

El especialista en historia antigua Owen Rees pone en nuestras manos un ensayo accesible y serio sobre los confines del mundo en las mentalidades de la antigüedad

«Por otra parte, nadie sabe a ciencia cierta lo que hay al norte del territorio sobre el que ha empezado a tratar esta parte de mi relato; por lo menos, no he podido obtener informaciones de ninguna persona que asegurara estar enterada por haberlo visto con sus propios ojos». Esta afirmación de Heródoto en su libro IV acerca del territorio que los griegos denominaron Escitia es extraordinariamente valiosa. En primer lugar, porque el historiador del siglo V a.C. reconoce que en su época hay territorios que se consideran ignotos («nadie sabe a ciencia cierta lo que hay al norte»). En segundo lugar, porque el de Halicarnaso evidencia su sistema de recopilación de datos, que intenta que sean de primera mano («ninguna persona que asegurara estar enterada por haberlo visto con sus propios ojos»). A partir de aquí, Heródoto reconoce –ya que él no tiene intención de aventurarse en lo que hoy ocupan el norte de Ucrania, Bielorrusia y Rusia– que echará mano de un tercer recurso: «las informaciones precisas que nosotros, abarcando el mayor espacio posible, hemos sido capaces de conseguir de oídas» (Hdt. 4.16.2). A partir de aquí, el concepto actual de labor histórica deja paso a una idea mucho más laxa, y a la vez atractiva, que es la del historiador antiguo: recoger toda la información, realista o fantástica, referente a un territorio y a unos pueblos. Este paso es fundamental en la construcción de los confines del mundo conocido por los griegos, que situaron en aquellos límites geográficos monstruos hombres salvajes, mujeres guerreras y monstruos mitológicos que avisaban del fin de la civilización.

Traductor: Silvia Furió. Crítica (2026). 376 páginas

En los confines del mundo. Una nueva historia de la antigüedad

Owen Rees

Esta idea tan sugerente no ha de llevarnos a la búsqueda de los legendarios andrófagos («comedores de hombres»), o de los «hombres que tienen pezuñas de cabra y que, allende esos seres, viven otros sujetos que duermen seis meses al año» (Hdt. 4.25.1), de quienes tiene noticia Heródoto, cuya existencia el historiador no admite. A lo que debe llevarnos esta idea es precisamente a lo que Owen Rees ha volcado en su reciente obra En los confines del mundo. Una nueva historia de la antigüedad (Crítica, 2026). Si el subtítulo hubiera encabeza el volumen, el poder de atracción hubiera sido menor, pues ¿otra nueva historia de la antigüedad? Sin embargo, el título no deja lugar a duda: En los confines del mundo. Lo que entreteje este investigador especializado en mundo antiguo de la Birmingham Newman University, sita en dicha ciudad inglesa, es una narrativa de la antigüedad a través de sus márgenes, y de la riquísima sociedad fronteriza que se desarrolla allí, una sociedad mezclada, híbrida y, en muchos casos, dura y que no responde a la idea general que se puede tener del antiguo Egipto, el mundo helenístico y romano o, más allá, las antiguas sociedades de Etiopía, Pakistán o Vietnam.

Así, hay dos puntos realmente frescos en el entramado que presenta Rees: una historia antigua vista a través de las lentes de la frontera, y una historia antigua extensa, que va desde el continente africano al asiático, parándose convenientemente en el europeo, o lo que es lo mismo, el Viejo Mundo. ¿Y cómo lo hace Rees? Con un método interdisciplinar y ejemplar (en el sentido literal, mediante ejemplos): botones de muestra, como la fortaleza egipcia de Buhen, la ciudad póntica de Olbia, el maravilloso pueblo romano-egipcio de Karanis (invaluable mina informativa) o la poco conocida Taxila, en el actual Pakistán, que le permiten confrontar los hallazgos arqueológicos con los textos, y cuyo resultado enfrenta a las ideas más solidificadas (y en algunos casos desfasadas) acerca de cada una de las civilizaciones que trata. Realmente, es una manera renovadora de acercarse a la historia antigua.

La estructura que presenta Rees es cuatripartita, y su criterio de ordenamiento es cronológico-geográfico, basculando de más alejado a más cercano al presente, y de occidente a oriente, si bien tras concluir con Co Loa, en Vietnam, el autor vuelve grupas y regresa al África oriental, a Aksum, de donde había partido (Lago Turkana). Así, la Parte I, titulada «Prehistoria», se ocupa de esos límites anteriores al nacimiento de la historia como impulso investigador (y no un sencillo y acrítico registro de acontecimientos) de la mano de Heródoto, donde destaca el capítulo 2, dedicado a la frontera egipcio-nubia, y al puesto fronterizo de Buhen, donde la cohabitación egipcios-nubios queda atestiguada arqueológicamente, aun quedando gran parte de los yacimientos bajo el Lago Nasser. En la Parte II, con la ciencia histórica dada a luz por el de Halicarnaso, le llega el turno al mundo griego con un eje este-oeste, desde Olbia (actual Ucrania) hasta Massalia (Marsella), donde el lector se asoma a la concepción griega de frontera, y del otro, destacando especialmente el asentamiento ucraniano de los olbiopolitanos y su comercio con las poblaciones nómadas de Escitia. La Parte III saluda a Roma desde una perspectiva en la que la Urbs no es el centro de la narración, pasando por puntos cardinales muy alejado del Umbilicus mundi: el extremo noroccidental del Imperio, en Inglaterra, el extremo suroccidental del mismo, en Marruecos, y finalmente el extremo suroriental, en Egipto, lugares limítrofes en la concepción romana del mundo conocido, y donde los soldados tuvieron un papel protagonista. La Parte IV (y última) pone rumbo hacia lo más desconocido para los clasicistas: Bilsk, Taxila y Co Loa, en las actuales Ucrania, Pakistán y Vietnam, respectivamente, para regresar a un terreno más confortable para el estudioso del mundo clásico y la tardoantigüedad, en Aksum, actuales Etiopía y Eritrea. En definitiva, un itinerario tanto por los márgenes de las civilizaciones antiguas como por los márgenes del eurocentrismo cultural que tiende a poner a Grecia y Roma en el centro.

Hay que decir, por lo demás, que la narrativa del libro ayuda a su lectura sin trabas, y se ve beneficiada de la labor de traducción de Silvia Furió, experimentada traductora de Crítica. Un trabajo depurado y profesional. Además, cada capítula es acompañado de un sencillo pero ilustrativo mapa que aporta un necesario contexto geoespacial al lector. Por último, las imágenes a color situadas en el centro del volumen han de ser admiradas al tiempo que transcurren los capítulos, pues ayudan a conformar buenas imágenes mentales de lo que explica el autor. En fin, un libro valioso, que disfrutarán tanto los especialistas como los legos, que da una visión de conjunto y nada no reduccionista del mundo antiguo.