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Cubierta de 'Sabiduría medieval'Monóculo

'Sabiduría Medieval': dentro al algoritmo de un historiador

Aforismos de (y sobre) la Edad Media: un juego de voces y miradas a disposición de quien quiera unirse

No todo el mundo sabe hacer buen uso de los aforismos. Normalmente nos llenamos la boca con ellos para apuntalar nuestros argumentos, que de otro modo serían débiles, apropiándonos de un poco de la autoridad ajena. Hay, en cambio, quienes saben dar sentido a la antigua práctica del aforismo, eligiendo frases reveladoras y encajándolas con pericia. Hay quienes saben combinarlas, como escenas en una vidriera gótica, lo suficientemente coloridas como para contar una historia, lo suficientemente transparentes como para dejar pasar la luz, sin la cual no tendrían sentido. Este es el caso de Sabiduría Medieval, el último libro de Alejandro Rodríguez de la Peña, medievalista de referencia y, desde hace ya tiempo, autor muy prolífico. El volumen recoge un amplio número de citas de autores antiguos y contemporáneos sobre la Edad Media latina europea.

Ediciones Monóculo (2025). 250 páginas

Sabiduría Medieval

Alejandro Rodríguez de la Peña

Todos vivimos inmersos en una burbuja mediática que se adapta a nuestros intereses y que nosotros mismos configuramos en función de nuestros likes y de lo que leemos. Poco a poco alimentamos el algoritmo, esa máquina que conforma nuestra forma de ver el mundo que nos rodea. Con este volumen, el autor nos permite echar un vistazo a su algoritmo personal, alimentado por tres décadas de estudio e investigación. Comenzado en las aulas universitarias como estudiante y recopilado en aquellas en las que ejerce como profesor, Rodríguez de la Peña nos presenta «su» Edad Media, con el claro objetivo de compartir con nosotros esa admiración que él sintió, sigue sintiendo y que, al parecer, siempre sentirá.

El libro se basa en un juego de voces y miradas. Las voces de los hombres del pasado que protagonizaron la Edad Media y las de quienes la estudiaron, describieron y amaron se entrecruzan, revelando una infinidad de puntos de vista, y ¿qué es esto sino la descripción de una buena conversación? Un debate cordial y prolífico, delicadamente moderado por el autor, que preside una mesa redonda atemporal en la que se sientan juntos Juan de Salisbury y Walter Ullmann, Dante Alighieri y Nicolás Gómez Dávila. Rodríguez de la Peña parece casi desaparecer entre las líneas de los grandes autores, pero que el lector no se deje engañar: es solo un juego de prestidigitación. Quien lo conoce y ha leído sus obras sabe que, probablemente, este es el libro más íntimo del autor, aquel en el que más se expone. Esto se manifiesta en la elección de los doce temas que constituyen su esqueleto: mysterium, sacerdotium, iustitia, imperium, proelium, caritas, communitas, schola, sapientia, pulchritudo y mirabilia.

Sin embargo, la intimidad no cae en el sentimentalismo ni menoscaba el nivel científico del contenido, como se demuestra en la introducción, donde el autor no ofrece un mero resumen divulgativo, sino que propone un ensayo de enorme solidez. Dejando aflorar los años de dura y férrea investigación, Rodríguez de la Peña desafía a duelo a Hobbes, Burke, Pocock (y muchos otros) al definir la imagen de una Cristiandad Medieval como un Reino de Hadas, en el que aún existe aquella capacidad de sorprender y de sorprendernos, que nuestro mundo avanzado y tecnológico ha perdido:

«Ahora bien, se podría decir que el reino de las hadas del Medievo, lejos de ser el mundo de la ignorancia y el fanatismo, fue un mundo en el que todavía cabía el asombro ante lo maravilloso. En el que lo maravilloso era posible en forma de milagro, en forma de aventura caballeresca, en forma, en fin, de un bellísimo legendarium donde los dragones convivían con los santos.»

Que el lector no espere encontrar en este libro una visión completa y aséptica del universo medieval, porque no la encontrará. Como ya se ha dicho, es lo más parecido a un algoritmo reproducido en papel. Algunos dirán que es mejor que lo íntimo permanezca íntimo; pero ¿no es acaso abrir el propio mundo, las propias pasiones, la propia visión lo que constituye la base de la enseñanza? ¿No es precisamente uno de los deberes de un docente mostrar al estudiante lo que ha aprendido antes de haberlo encontrado? ¿Mostrarle el mundo tal y como él lo ve y, juntos, seguir caminando por el sendero de la Sabiduría? Este libro no es solo el fruto de años de pasiones personales, sino también de casi un cuarto de siglo de docencia universitaria, y ¿no es acaso la docencia un acto íntimo y público al mismo tiempo? Al estudiante le corresponde entonces el deber de recibir, sopesar, discernir y expresarse, perpetuando así este eterno juego de voces y miradas. Por lo tanto, el lector no se sorprenderá al leer la dedicatoria del libro.