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Puente de Brooklyn

Puente de Brooklyn

Ley, pasión y sangre en los muelles: los ecos del puente de Brooklyn, hoy

El drama de un estibador de Brooklyn que delata a inmigrantes sin papeles cobra hoy una resonancia que Miller no pudo imaginar, pero que su obra ya había anticipado

Si algún clásico cobra actualidad en nuestros días, es Panorama desde el puente y si alguna traducción puede recomendarse, es la del gran especialista español en teatro norteamericano y, en concreto, en Arthur Miller, Ramón Espejo Romero. El catedrático de la Universidad de Sevilla reproduce la espontaneidad del habla neoyorquina atribuida por el dramaturgo a sus personajes, con sus modismos e idiosincrasia. Solo un auténtico experto como Espejo podía elegir para el vertido en español expresiones, muletillas y frases propias de aquel tiempo, sin caer en la pretensión de acercar el texto a los giros del siglo XXI.

Cubierta de 'Panorama desde el puente'

edición y traducción de Ramón Espejo Romero. Cátedra (2012). 200 páginas

Panorama desde el puente

Arthur Miller

La historia de Eddie, el humilde estibador que vive en una zona obrera con su mujer y una sobrina huérfana de esta, se renueva con cada lectura. Se repite, como eco en la sociedad de hoy, la confrontación de ideas y de mentalidades que surgen con la llegada a la casa de dos parientes italianos, emigrantes sin papeles, y que trastorna las anteriores relaciones familiares. Sobre todo, porque es Alfieri, el abogado de la familia, quien cuenta la historia, y marca las diferencias con diafanidad.

Las obras de Miller presentan aspectos pegados a un contexto, pero que, al mismo tiempo, lo trascienden. Entreverados se suman numerosos y enriquecedores motivos secundarios, que vivifican la acción y a los personajes. Entre ellos, resaltan más unos u otros según el lector y el momento en que lee. En nuestros días, necesariamente queda subrayado uno de ellos: la llegada de los emigrantes, a los que no les resulta fácil legalizar su situación. Esto pone en funcionamiento mecanismos emocionales no previstos por quienes les acogen, porque no se trata de dar cosas que les sobren: en Nueva York, aunque no tanto como en la Italia de aquellos tiempos, también cuesta ganarse la vida, de ahí que se castigue la inmigración ilegal.

La familia se abre a los necesitados con esfuerzo, pero con buena disposición, según el carácter de cada uno, hasta percibir en pequeña escala lo que implica el asunto trasladado a mayores dimensiones. Los nuevos convivientes obligan a compartir con ellos afectos, tiempo y atención. Ese es el conflicto que se genera entre Eddie y el recién llegado Rodolfo con respecto a Catherine, la sobrina adoptiva. Las posiciones anteriores se reformulan: Catherine se había convertido en una posible rival para su tía Beatriz, por quien su marido, con mayor o menor consciencia de ello, ha perdido interés como varón, aunque la siga tratando con cariño y amabilidad. Por eso a Beatriz le conviene que Catherine inicie la relación con Rodolfo y salga de la casa cuanto antes, y la ayuda a conseguirlo.

Espejo explica y desmenuza en su estudio y en sus notas el trabajo de concepción, creación y composición de esta obra. Miller partió de una historia oída sobre unos astilleros en Brooklyn, sobre la que fue generando desde 1947 un proyecto con diferentes avatares, y que abandonó varias veces. Por fin, estrenó la obra el 29 de septiembre de 1955, pero no quedó satisfecho. Tuvo la oportunidad de modificarla y de aprovechar las críticas recibidas en su beneficio, para verla en Londres al año siguiente, dirigida por el gran renovador del teatro contemporáneo, Peter Brook. Aquel texto, en dos actos, sería el definitivo.

Para Miller, el espacio escénico significaba mucho, y asimismo las posibilidades de trabajo con los elencos de actores. Veía esencial el ambiente para comprender bien a sus personajes y por eso procuraba en los montajes que se transmitiera al espectador, espacialmente, las limitaciones económicas, de educación y de comprensión de la realidad. De ahí el pormenor con que el especialista en Miller asume la exposición de estas cuestiones.

Nuestros mejores directores han afrontado el reto de montar esta obra después del estreno en España de 1958, en manos de Pedro López Lagar. En 1980 la adaptó y dirigió José Luis Alonso. Contó con José Bódalo para encabezar un reparto en el Teatro Marquina, y optó por unos decorados convencionales y un trabajo actoral bien recibido por bastantes críticos, pero que resultó algo grandilocuente a ojos de José Monleón. Veintiún años después, Miguel Narros, con una versión firmada por Eduardo Mendoza, probó en el Teatro Albéniz un decorado ecléctico e inteligentemente ideado, con dos habitaciones a la vista vestidas con la sencillez propia de la vida de los personajes, y las paredes hasta media altura sin ocupar toda la extensión del escenario, según la propuesta brechtiana. Se simulaba la calle en el proscenio, y se presentaba al fondo una panorámica de otros edificios de Brooklyn. Los actores, en cambio, simulaban vivir el papel, según los preceptos de Stanislavski, y se llevaba la idea de la verdad escénica hasta el punto de comer realmente cuando lo exigía el guion.

El montaje de 2017, con Georges Lavaudant al frente y una traducción de Joan Sellent, prefirió centrarse en los actores y oscurecer el fondo de la escena para traerlos a primer plano. Así, se remarcaba el carácter intemporal del contenido, que pervive hoy: dos muros negros laterales con puertas, en el fondo un muro negro con una gran entrada, en ocasiones oculta por los tableros. Por lo demás, en ciertos momentos dos sillones, sillas, una cama, un árbol de navidad… y alguna proyección en blanco y negro de casas de barrio pobre.

En definitiva, esta edición de Espejo Romero nos permite volver a pisar el asfalto de Brooklyn con la misma intensidad con la que lo hicieron los espectadores de Miller, recordándonos que, bajo el puente, la condición humana y sus tragedias permanecen.

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