Fundado en 1910

Cubierta de 'Insobornable'Galaxia Gutenberg

'Insobornable': Gaziel en sus desiertos

Biografía del periodista catalán que llegó a lo más alto de la fama y del prestigio, para caer después en un olvido prolongado

Agustí Calvet (1887-1964), más conocido por su seudónimo Gaziel, se calificó a sí mismo en su dietario de madurez Meditacions en el desert como un «periodista truncado». Pocas trayectorias hay parecidas a la suya, con un encumbramiento tan súbito, una influencia tan honda durante dos décadas, y una caída tan aparatosa en el olvido hasta unos años antes de su muerte, cuando pudo recuperar algo de la notoriedad perdida. Francisco Fuster, historiador que ha escrito sendas biografías de Julio Camba y de Azorín, le dedica a Calvet esta, que no quiere ser una defensa del autor ante los ataques recibidos por unos y por otros, aunque de su lectura se desprende simpatía por el personaje, o al menos comprensión. En 2024, Fuster ya fue el editor y prologuista de Pláticas literarias, selección de artículos de Gaziel sobre autores nacionales y extranjeros –también algunos artistas–, publicada por la Fundación Banco Santander.

Galaxia Gutenberg (2026). 296 páginas

Insobornable. Vida de Gaziel

Francisco Fuster

Decir que la vida de Calvet fue azarosa no es incurrir en el lugar común. Nacido en Sant Feliu de Guíxols (Gerona) en el seno de una familia enriquecida con el negocio del corcho, su padre fue un rentista y vividor que enseguida se desapegó de la mujer y los hijos. El traslado a Barcelona fue una mala experiencia para el niño Agustí, que sufrió una educación severa. Lector voraz, mostró desde joven vocación por la literatura y la docencia. Estudió Filosofía en Madrid y fue opositor, frustrado, a cátedra. Para prepararse de nuevo, y para ampliar horizontes, marchó en 1914 a París, ciudad que ya conocía y que adoraba. Allí vino el azar a buscarlo bajo embozo de guerra que llamaba, con nudillos descarnados, a la puerta de su pensión.

Mientras todos huían de la ciudad amenazada por el ejército alemán, Calvet se quedó allí, tenaz, casi solo, casi suicida. Tomó notas de todo durante el mes de agosto, hasta que un mensaje de su padre lo hizo entrar en razón para que volviera. A su regreso, la voracidad por conocer testimonios directos de lo que ocurría más allá de nuestras fronteras hizo que Miquel dels Sants Oliver, director por entonces de La Vanguardia, urgiese a Calvet a desarrollar sus notas en forma de crónicas, que serían publicadas por entregas. Fueron la base del Diario de un estudiante en París, éxito fulgurante que le supuso a Calvet, renombrado Gaziel, la fama, la corresponsalía en la capital francesa, una retribución envidiable y el comienzo de una carrera periodística a la que nunca había pensado dedicarse, pese a sus esporádicas colaboraciones previas en La Veu de Catalunya.

Y aquí se produce uno de los puntos de fractura en la vida de Gaziel, que explica el rechazo por parte de un sector de la sociedad catalana hasta hoy. Vinculado antes al periódico de la Lliga Regionalista y al Institut d’Estudis Catalans, su entrada en La Vanguardia, escrita en español y con una postura editorial contraria al nacionalismo, le valió la acusación de botifler. En realidad, de la lectura completa de su biografía se deduce que Gaziel no cambió nunca sustancialmente de principios, aunque estos pudieron sufrir cierta erosión motivada por la rabia durante un franquismo que lo exasperaba por centralista y autoritario: era el suyo un catalanismo conservador de tipo federalista, siempre dentro de España y abierto al benéfico influjo europeo, y un liberalismo que consideraba a la burguesía ilustrada como el fundamento del sistema democrático.

Sus años de esplendor coincidieron con la dictadura de Primo de Rivera y la República, cuando su «periodismo de orientación» era leído y respetado tanto en Barcelona como en Madrid (colaboró con El Sol y Ahora). Desde la dirección de La Vanguardia transformó el diario, aumentó enormemente su difusión, firmó artículos y redactó editoriales desde la templanza –no desde la tibieza– para abogar por el entendimiento en una época en que los españoles parecían condenados a no escucharse. Leídos hoy –uno de los mayores méritos de Fuster es la acertada selección de textos–, hay diagnósticos de Gaziel que escalofrían por su tino. Clamaba en el desierto. La tragedia se desencadenó y el azar volvió a su encuentro. A la grupa de la celebridad lo había aupado una guerra, y otra lo hizo descabalgar. Para poner a salvo su vida, huyó de la Barcelona republicana con milicias sanguinarias, pero sabía de buena tinta que también querían liquidarlo en la España nacional. No encajaba en ninguno de los dos bandos.

A partir del 36 su vida pasa por la supervivencia precaria, con compromisos laborales incómodos en París y Bruselas. Huye por segunda vez del ejército alemán y, después de un tiempo, se instala en Madrid como forma de protesta, porque no reconocía su Cataluña de siempre en aquella sociedad entregada a la dictadura. Tras haber recuperado una pequeña parte del reconocimiento de antaño, sí decidió mudarse a Barcelona, donde murió. Al igual que había escrito casi toda su obra periodística en castellano, la abundante producción literaria de sus últimos años, sobre todo dietarios, libros de memorias y de viajes, tuvo como lengua única el catalán. Este hombre «falible, pero insobornable», como dijo de sí mismo, no solo volvía así a sus orígenes, sino que acaso fue el modo que eligió de darle en parte la espalda a una cierta España que antes le había dado la espalda a él.