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Cubierta de 'La bailarina'Anagrama

El eterno retorno en zapatillas de punta: la memoria en movimiento de 'La bailarina'

Modiano vuelve a demostrar que la memoria nunca termina de irse del todo

Hay escritores que construyen historias y otros que levantan atmósferas. Patrick Modiano (Boulogne-Billancourt, 1945) pertenece, sin duda, a los segundos. Sus novelas no avanzan tanto por la acción como por el recuerdo, por la extraña sensación de que el pasado nunca termina de marcharse. En La bailarina, el Premio Nobel de Literatura vuelve a transitar un territorio que conoce mejor que nadie: el de la memoria fragmentaria, los encuentros casuales y las vidas que parecen desvanecerse antes de quedar definidas. Modiano afina en esta breve y evocadora novela su estilo hasta dejar únicamente lo imprescindible, allí donde cada silencio tiene tanto peso como las palabras.

Traducción de María Teresa Gallego Urrutia. Anagrama (2026). 112 páginas

La bailarina

Patrick Modiano

Desde las primeras páginas queda claro que no es solo la misteriosa bailarina que da título al libro quien protagoniza la novela. De nuevo la ciudad de París se convierte en un personaje vivo, moldeado por el recuerdo antes que por la geografía. El narrador, instalado en un 8 de enero de 2023, reconstruye el París de los años sesenta como quien intenta recomponer un mapa a partir de fotografías borrosas. Las calles, los cafés, las estaciones y los estudios de danza aparecen envueltos en una luz tenue, casi irreal, mientras el tiempo parece superponer distintas épocas sobre un mismo espacio.

Este contraste con el París contemporáneo recorre discretamente la novela. Modiano apenas necesita unas pocas observaciones para transmitir la sensación de pérdida. La ciudad actual, dominada por el turismo y cada vez más homogénea, parece haber borrado buena parte de las huellas que alimentaban su imaginación. Frente a ella emerge el recuerdo del Estudio Wacker, en la Place de Clichy, con el olor persistente a madera antigua y lavanda, como uno de esos lugares donde la memoria encuentra refugio.

La bailarina permanece, sin embargo, como un enigma. Nunca conocemos su nombre ni comprendemos del todo su historia. Esa falta de información es una de las constantes del universo modianesco: las personas nunca pueden reconstruirse por completo. Todo lo que sabemos de ella llega a través de fragmentos, recuerdos y observaciones indirectas. Su profesión acaba definiéndola: la danza aparece como una forma de resistencia frente a un pasado incierto, marcado por relaciones ambiguas y personajes que parecen pertenecer a unos bajos fondos apenas insinuados. Modiano nunca explica demasiado porque entiende que el misterio también forma parte de la verdad.

En esa disciplina casi ascética ocupa un lugar esencial Boris Kniaseff, el célebre maestro ruso que enseña a la protagonista. Bajo su influencia, el ballet deja de ser una aspiración artística y se convierte en una forma de supervivencia. Los ejercicios repetidos, el esfuerzo cotidiano y la precisión del movimiento funcionan como un contrapeso frente al desorden emocional que rodea a los personajes. Mientras todo parece desmoronarse alrededor y el vacío se adueña del alma, la danza ofrece una estructura mínima desde la que seguir adelante.

El narrador observa ese mundo desde una posición cercana al propio Modiano joven. Desorientado, sin un rumbo claro y todavía lejos del escritor que llegará a ser, encuentra en la determinación de la bailarina una especie de brújula moral. No se trata de una historia de amor convencional, sino de una relación construida sobre la admiración, la curiosidad y la necesidad compartida de encontrar un lugar en el mundo. Esa contención emocional, tan característica del autor, resulta más poderosa que cualquier declaración explícita.

Otra dimensión conmovedora de la novela aparece con Pierre, el hijo de la bailarina. Mientras su madre intenta escapar de un pasado que vuelve de forma intermitente –incluido el recuerdo del hombre que desapareció tras entregarle una maleta llena de dinero–, el niño se convierte en el vínculo más sólido entre todos los personajes. El narrador lo acompaña al cine, pasea con él por París y comparte tardes enteras montando rompecabezas. Tampoco es una imagen casual, pues toda la literatura de Modiano funciona como un inmenso puzle del que siempre faltan piezas. El autor nunca pretende completarlo; entiende que la memoria está hecha de zonas borrosas y de preguntas sin respuesta. No juzga a sus personajes ni ofrece explicaciones definitivas. Prefiere sugerir antes que demostrar para que el lector se vea obligado a ocupar un papel activo, rellenando los vacíos que deja deliberadamente abiertos.

Al concluir la novela, permanece la impresión de haber recorrido un sueño del que apenas se recuerdan algunas imágenes: un estudio de danza, una calle húmeda al anochecer, un niño armando un rompecabezas y una mujer que continúa bailando para no desaparecer. Las escenas del pasado emergen lentamente, «igual que suben los ahogados a la superficie del Sena», en una de las imágenes más hermosas del libro. Modiano vuelve a demostrar que recordar significa descubrir que ciertos lugares o gestos y determinadas personas siguen viviendo en un presente silencioso que espera, paciente, a ser convocado de nuevo. Pocos escritores contemporáneos han sabido convertir esa materia invisible en una literatura tan elegante y profundamente humana.