Cubierta de 'Enviado especial'
'Enviado especial': el reportero que volvió de Troya
Pérez-Reverte reúne sus mejores crónicas de guerra en un libro de belleza desgarrada que sondea los abismos de la condición humana, del Sáhara a Sarajevo
En la Ilíada homérica se exalta la fuerza, pero también se llama a la guerra «cruel», «detestable» y «funesta». En Troya mueren los mejores héroes de su tiempo. En La Odisea de Christopher Nolan, Ulises confiesa su culpa ante Penélope: «Violamos todo lo que es sagrado entre las personas (…). Quemar las murallas de Troya fue quemar el mundo entero». El héroe vuelve al hogar, pero los furores de la guerra siguen martilleando su conciencia. Así lo reconoce también Arturo Pérez-Reverte, reportero de guerra durante dos décadas, en Enviado especial: «Hay lugares de los que jamás se va uno del todo».
Alfaguara (2026). 616 páginas
Enviado especial. Una biografía de guerra
En su novela Territorio comanche (1994), ambientada en la guerra de Bosnia, Pérez-Reverte llama así a la zona desolada, de caminos desiertos, sonido de balas y cristales rotos en el suelo: «Territorio comanche es allí donde los oyes crujir bajo tus botas, y aunque no ves a nadie sabes que te están mirando. Donde no ves los fusiles, pero los fusiles sí te ven a ti». En esa zona pavorosa, uno es visto sin ver. Aunque ver y registrar el horror es lo que ha hecho en dieciocho conflictos, de Chipre a los Balcanes. En Enviado especial cuenta cómo, en las entrañas de la guerra, «la realidad no necesitaba adjetivos. Bastaba (…) con mirarla a los ojos, de cerca y bien». Estamos ante crónicas escritas con un lenguaje terso, de estirpe barojiana, que rehúyen tanto el moralismo como el sentimentalismo. El libro alterna los despachos del joven reportero y los artículos del veterano; no todas las piezas pesan igual, pero ese doble tiempo –la mirada y la memoria posterior– justifica el subtítulo: una biografía de guerra.
En 1974, en Chipre, abre la ventana del hotel y ve «el cielo lleno de paracaidistas turcos»; abajo, hombres «con el rostro desencajado» abrazan a sus mujeres e hijos antes de correr al combate. En Eritrea, «acaban de morir veinte hombres por un puente que ni siquiera figura en los mapas». En Nicaragua, un padre que entierra a su hijo de trece años solo pide «enterrar en paz a mi muchachito». En los Balcanes, Jasmina, la muchacha que se les acercó a pedir un cigarrillo, aparece dos años después, muerta, en la trasera de un coche, con sangre seca en la cara.
Son estampas dignas de las Grandes miserias de la guerra de Callot (1633) o de los Desastres de Goya (1810-1820). El pintor español grabó bajo uno de ellos algo que podría firmar Pérez-Reverte: «Yo lo vi». En «El adiós de Héctor», el reportero recuerda al príncipe troyano que se despide de su mujer y de su hijo: el niño se asusta del yelmo reluciente, Héctor ríe en silencio y lo deja en el suelo para tomarlo en brazos. Casi tres milenios después, en Beirut, el oficial Elie Bou Malham pasa por su casa, camino de una misión, para ver a su hija de tres años. La niña, desde la cuna, ve el casco y rompe a llorar; el soldado se quita el casco y la toma en brazos; ella se calma, le acaricia el rostro y murmura «Elie, Elie…», hasta que él también llora. Y concluye: «Desde Troya a Mostar, o Sarajevo, siempre se trata de la misma guerra. (…) Yo estaba allí, y les juro que siempre es la misma».
En el verano de 2022, en un hotel de Kiev, me despedí de un militar que partía al frente. Le deseé suerte. Me miró aterido de miedo, con una tristeza que no he olvidado. Era la mirada de Héctor, la de Elie Bou Malham, la de aquellos hombres de Chipre. Por su parte, la mirada de Pérez-Reverte sobre el ser humano es sombría: «Ninguna guerra es la última, porque el ser humano es un perfecto canalla». Pero incluso entre las páginas laceradas de este libro aparecen destellos de bondad: en Bosnia, donde los conductores de la ONU no entraban, los legionarios españoles llevaban la ayuda bajo el fuego, «incluyendo sus propias raciones de campaña». Simone Weil llamó a eso «momentos breves y divinos en que los hombres tienen un alma». Y escribió que «el sentimiento de la miseria humana es una condición de la justicia y el amor». Porque comprender que todo ser humano es vulnerable ante la brutalidad de los otros, del azar y de la muerte, aviva también el deseo de ayuda mutua. Ella vio en el Evangelio la última expresión del mismo genio griego que alumbró la Ilíada. Si el poema de Troya canta el mundo de los héroes guerreros, Jesús llama hijos de Dios a quienes trabajan por la paz.