Cubierta de 'Villano en prácticas'
`Villano en prácticas': la empresa más surrealista del mundo
Una sátira tan absurda como reconocible
Villano.
Personaje de ficción malvado. Antagonista del héroe. Así define el diccionario a quienes llevan décadas poblando nuestra imaginación. John Scalzi discrepa. Para él, un villano lleva traje. Preside consejos de administración. Encadena reuniones interminables. Pero por encima de todo dirige una organización perfectamente estructurada que cuenta con un departamento de recursos humanos que probablemente dé más miedo que el antagonista de cualquier superhéroe.
Minotauro. Editorial Planeta (2026). 318 páginas
Villano en prácticas
Una herencia.
En apariencia, una salvación. La solución perfecta para resolver todos los problemas económicos de una persona corriente.
Pero las apariencias engañan. Porque cuando un familiar al que ni siquiera conocía fallece y le lega toda su fortuna, Charlie espera cualquier cosa menos descubrir que el verdadero legado no es el dinero.
Es un imperio.
Un imperio construido por un supervillano. Su tío. Que en paz descanse. O quizá no. Basta con asistir a su funeral para empezar a dudarlo.
Y ahora le toca dirigirlo.
Hasta aquí podría parecer el punto de partida de cualquier comedia fantástica. Salvo que John Scalzi nunca juega a lo evidente. Villano en prácticas utiliza esa premisa disparatada para construir una sátira que mira mucho menos a los superhéroes de lo que aparenta. Su objetivo nunca son las capas, los laboratorios secretos o los planes para dominar el mundo. El verdadero blanco siempre ha estado mucho más cerca.
Las grandes corporaciones.
Los multimillonarios.
La obsesión por convertir cualquier decisión en una cuestión de rentabilidad.
La realidad es que los villanos de Scalzi no funcionan como una organización criminal tradicional. Lo hacen como una empresa. Tienen departamentos, empleados, protocolos, reuniones y una estructura jerárquica que recuerda demasiado a la de cualquier multinacional. Cambian los rayos láser por hojas de cálculo. Y los secuaces por empleados que exigen mejoras laborales, plantean reclamaciones y recuerdan constantemente que incluso trabajar para un villano sigue siendo, al fin y al cabo, un trabajo.
Las guaridas secretas tampoco desaparecen. Simplemente dejan de esconderse en volcanes o cuevas para hacerlo a plena vista, camufladas en enormes edificios corporativos por los que cualquiera podría pasar sin sospechar qué ocurre realmente tras sus puertas.
Cuanto más extravagante parece todo el universo, más reconocible termina resultando para el lector.
La novela exagera la realidad hasta volverla totalmente absurda... solo para descubrir que quizá no estaba exagerándola tanto.
La precariedad laboral está entretejida por toda la historia. Charlie llega a esta herencia después de haber sobrevivido durante años a un trabajo que apenas le permite salir adelante. Y esa mirada nunca desaparece. Ni siquiera cuando pasa al otro lado del tablero. Pronto queda claro que dirigir un imperio tampoco significa dejar de lidiar con conflictos laborales, trabajadores descontentos o decisiones que rayan lo cuestionable. Solo cambia la escala y el prisma desde el que se contempla.
Todo ese entramado se convierte en un desfile continuo de situaciones disparatadas que nunca pierden de vista aquello que están parodiando. Y lo que lo hace brillar es que la crítica no termina devorando la historia. Cuanto más se ríe el lector, más fácil resulta reconocer el mundo que está caricaturizando. El humor nace de llevar la lógica empresarial hasta sus últimas consecuencias. Si una corporación busca dominar el mercado, ¿por qué un supervillano no iba a intentar dominar el mundo siguiendo exactamente los mismos principios?
Y funciona. Muy bien. Porque nunca se ríe de la fantasía. Encuentra diversión en una realidad que el lector reconoce realmente bien.
Detrás de cada conversación absurda, cada secuaz inverosímil y cada reunión delirante siempre aparece una idea incómoda: quizá la distancia entre un consejo de administración y la guarida de un villano no sea tan grande como nos gusta pensar.
La novela avanza con una agilidad casi contagiosa. Cada diálogo, cada giro y cada situación disparatada parecen colocados con el único propósito de que el lector no tenga tiempo para bajar la guardia. Así, incluso las situaciones más extravagantes resultan naturales dentro del universo que plantea el libro.
Ese equilibrio consigue que el humor nunca termine agotándose. Y cuando las carcajadas empiezan a apagarse, lo que permanece ya no es el chiste, sino la responsabilidad de todo lo que Charlie ha heredado.
Aceptar una herencia parece sencillo.
Lo difícil empieza cuando también hay que aceptar lo que viene con ella.