Cubierta de 'Cuentos autobiográficos'
‘Tenía cincuenta años y quería ser feliz’: todos somos Álvaro Pombo
En sus Cuentos autobiográficos, el escritor santanderino sorprende con su buen momento de forma literaria
A Álvaro Pombo lo leíamos, algunos, quizá muchos, en el colegio. Al menos, los que fuimos, mano levantada, a EGB. Ya era viejo, Pombo, cuando lo leíamos, con esas fotos en las solapas de anciano divertido y gamberrete. Nos caía bien. Quizá por eso le di una oportunidad a la primera entrega (Pombo es generoso), publicada en noviembre, a la que en mayo le salió una secuela, es decir, Cuentos autobiográficos II.
Anagrama (2025 y 2026). 148 y 258 páginas
Cuentos autobiográficos I y II
No se estrujaron mucho el coco en Anagrama, con ese título que seguramente habría optado por el término relatos, de no ser porque Bernhard tiene unos así publicados en la colección selecta, la color cereza, del sello. El escritor austríaco jugaba un poco al despiste, y quizá Pombo lo haga también en su escritura. En la presentación dijo que no eran tanto un contar su vida, como «las circunstancias de mi vida y las personas que han formado parte de ella». Nada nuevo bajo el sol: Trapiello ya ha dicho por activa y por pasiva que sus diarios son, sobre todo, el diario de los demás. ¿Acaso es posible hacer lo contrario? Quizá sí: ahí está ese tomazo que publicó Tusquets con los diarios de Cioran (de 1957 a 1972) en el que, vale, hay cameos, pero su entrega a sí mismo es casi absoluta. Por cierto que apenas subrayé la presencia de una única mujer, o quizá dos, en todo el tochazo.
Pero volvamos a nuestro hombre, a ese don Álvaro y la fuerza de su sino. Porque Pombo parece ponerse detrás de su propia biografía, se aparta de su vida, para poder presentarla en copa nueva. Tanto es así que muchos de sus relatos son en tercera persona, llevando al género, autobiográfico, a sus cotas más altas, es decir, las literarias. Porque este no es un libro de memorias, testimonios o recuerdos más o menos hilvanados: es un libro literario, valga la redundancia, en el que se emplean los mismos recursos que en una obra de ficción. Y cuando don Álvaro pombea, pombea pero bien. Y el lector lo celebra.
Cabría esperar un entregarse a cierta escritura aséptica, desnuda, desprovista de todo nervio narrativo, como en esa fría, seca, rácana Un pedigree, de Modiano. Dado que Pombo escribió estos relatos, así lo dice en varios de ellos, con ochenta y cinco años, sorprende esa capacidad para la urdimbre literaria que cualquier mozalbete envidiaría. Respecto a esa ‘ficcionalidad’, digamos, destaca el titulado «De la vida cotidiana», en el que entendemos que Pombo pombea más de la cuenta, es decir, se permite tantas licencias que en un momento dado el lector no sabe si lo que se cuenta ocurrió o es más una fabulación. ¿Y qué más da? Ese relato del viejo amigo pesado que se presenta en su casa del madrileño barrio de Argüelles sin previo aviso y además para pedir pasta no tiene desperdicio. Pombo no solo levanta una tensión literaria nada desdeñable sino que crea una situación cómica, trágico-cómica, también gracias a esa confesión de culpa, de soledad, que llega –y aquí estaría la parte más netamente autobiográfica– cuando el anfitrión le niega el favor al visitante. Porque no siempre podemos brindar ayuda a los que la necesitan y la línea entre la bonhomía y la candidez, el dejarse engañar, es muy fina.
También ofrece dosis cómicas, y también un punto de ternura, el de «La factura de la felicidad», así como confesiones que uno subraya y que hacen grande el género autobiográfico, por esa intimidad compartida, entregada. «De pronto me di cuenta de que entre los veintiséis y los cincuenta años de edad se me había ido el tiempo sin sentir», escribe este premio Cervantes. De ahí extraigo el titular de esta columna, cuando reconoce que había llegado a los cincuenta ¡y quería ser feliz!
El relato habla de un amor de visos convencionales, heteronormativo, que se diría ahora, con una pretendiente al trono del personaje pombiano. Pero él rechaza ese amor, esa felicidad, en esa vida un poco a contracorriente de un homosexual que apenas hace bandera de ello en estas páginas, y que, por lo que cuenta, apenas disfrutó de su libertad, tanto moral como geográfica. Así, los doce años que pasó en Londres, con el franquismo lejos, apenas significaron «un paisaje urbano».
Antes, había pasado por la temible Dirección General de Seguridad. ¿Miedo? Pombo lo recuerda así: «No era un ambiente tan terrible. Era un ambiente jocoso. Muy de la picaresca española con delincuentes menores». ¿Blanqueamiento del franquismo? Pombo dice que no ha sido «antifranquista nunca». Como mucho antipolítico. «Ahora mismo soy menos antifranquista que nunca». No hay mala bilis en Pombo, personaje inclasificable y por tanto libre de verdad.
Clasificable, y como muy bueno, es uno de los últimos relatos: «El pésame». Un funeral, la noche santanderina, un viudo, un amigo que consuela, tres vidas que se revisan… Y la sensación de que ese «desamor universal» al que parece resignarse el autor en muchos de sus relatos no sea sino un dudoso refugio de alguien a quien parece que se le escurrió la felicidad… Aunque quizá ese lamento no sea sino otro ardid literario.