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Cubierta de 'El baile'Salamandra

Y la venganza también estaba invitada a ‘El baile’

Némirovsky y su sintética crítica a la vida de apariencias de la alta sociedad parisina

Hablar de Irène Némirovsky (1903 - 1942) es hablar de Suite francesa, la novela más reconocida de la autora que, por desgracia, no conoció en vida la publicación de su obra premiada. Sufridora y solitaria desde niña, la escritora de origen ruso fue víctima de las atrocidades de la Segunda Guerra Mundial y se cuenta entre los muchos asesinados en Auschwitz. Pero su estela era larga, y aún sigue brillando en cada página de su legado literario. El baile, aunque breve y de aparente sencillez narrativa, no luce menos. Escrita con tan solo veintisiete años, la novelita que tenemos entre manos descubrió a Europa un nombre que, al poco tiempo, ocuparía lugar entre las autoras más reconocidas del pasado siglo.

Traducido por Gema Moral Bartolomé
Salamandra (2006). 96 páginas

El baile

Irène Némirovsky

La infancia y adolescencia de Irène Némirovsky no fueron fáciles, tampoco lo parece la vida de Antoinette, la protagonista de este relato. A sus catorce años de edad, vive en su casa como en una jaula, pero una jaula dorada. Sus padres, los señores Kampf, son sumamente ricos, pero se afanan, precisamente, en una vida de apariencia y lujo. Su gran aspiración es alcanzar por fin el reconocimiento de la alta sociedad del París de 1928. Es esta obsesión la que desencadena el nudo de la historia: la preparación de un baile. Invitados ilustres, aunque prácticamente desconocidos, llenarán la casa con su asistencia y, sobre todo, con el reconocimiento del que carece el presuntuoso matrimonio. Dentro del esquema de prioridades, su única hija ocupa un papel casi inexistente y, por lo tanto, tampoco contarán con ella en el día señalado. Es esta prohibición a participar en el festejo la que suscita el problema y alienta la sed de venganza de Antoinette.

La trama es sintética, sencilla, con un único conflicto. Pero, para disfrutar a Némirovsky, es preciso leer entre líneas. La tensión se palpa desde el inicio y son los sentimientos, descritos con minuciosidad de artesano, los que la hacen crecer y mecen a su vez el avance del argumento. Hay diálogos, muchos son falsos, otros agresivos, también los hallamos sinceros… pero, en ocasiones, es más lo que se puede entender fuera de ellos. Los gestos, la mueca de los labios, la mirada detenida en este o aquel objeto. Los detalles más pequeños son de gran elocuencia y permiten al lector atento comprender de modo más hondo el progresar de lo externo.

Lo externo frente a lo interno. La apariencia frente a lo escondido. Es este el baile principal. Némirovsky muestra una increíble agudeza para describir lo que no se ve. Los sentimientos más profundos e inexpresables se muestran perfectamente dibujados a partir de la fisicidad de las sensaciones. Con ello, logra despertar la empatía o, al menos, la comprensión del mundo interior de los personajes. De este modo, el lector se descubre compadeciéndose por aquel al que previamente había despreciado. Asimismo, de una forma muy natural, introduce Irène el flujo de pensamientos de unos y otros, por medio de intervenciones en estilo directo que nos hacen escuchar, también a nosotros, lo que ellos mismos perciben en su cabeza.

La tensión madre-hija, la herida del afecto y la vida de apariencia son temas que, por desgracia, no pasan de moda. Antoinette y su madre se perfilan como el retrato de la atemporal relación familiar que se repite en las distintas épocas históricas manteniendo una misma esencia. En esta ocasión, Némirovsky lo sintetiza de forma colosal en pocas páginas de gran hondura humana. De la superficialidad vital a la profundidad del corazón del hombre. Así, puestos en evidencia los vicios y la verdad tras las apariencias, podemos llegar a la conclusión de que existe en realidad un núcleo compartido por todos: el anhelo de felicidad. Felicidad no siempre bien buscada, raramente satisfactoriamente conseguida.

Delicada y dura al mismo tiempo, Irène pone en evidencia algunas de las flaquezas humanas más comunes: presunción, avaricia, crítica, envidia. Flaquezas que quedan en ridículo cuando son proyectadas en el prójimo, al que se acusa del pecado que uno mismo comete. En este contexto, un baile deja de ser una fiesta, para convertirse en un verdadero calvario. La alegría festiva queda muy pronto ahogada cuando convive con un clima de guerra. La guerra contra el otro –la madre contra la hija, la hija contra la madre– y contra uno mismo. Una batalla interna que la autora rusa relató con maestría en unas páginas indispensables para la literatura del S. XX.