Transición española: cómo el pacto político y la concordia construyeron la democracia
De la dictadura a las libertades: estampas del dorado árbol de una vida
Lejos de mirar el paisaje desde fuera, Ortí Bordás reivindica a la generación que, desde las entrañas del franquismo, empujó a España hacia las libertades
«Gris es toda teoría, y verde el dorado árbol de la vida». Esta cita de Fausto condensa la dilatada ejecutoria pública del autor de este libro. Tenía que ser de Goethe, además, la referencia que le abriera las puertas de la gran política. Fue nada menos que Torcuato Fernández-Miranda, preceptor entonces del príncipe Juan Carlos y luego arquitecto de la Transición, quien reparó en la propiedad con que aquel joven partidario del asociacionismo político deslizaba perlas del genio alemán.
CEU Ediciones (2026). 157 páginas
Memoria de la Dictadura y de la Transición
José Miguel Ortí Bordás (Tous, 1938) completa ahora sus memorias políticas, La Transición desde dentro (2009), con una serie de apretadas y sugestivas estampas que cubren tres momentos decisivos de la reciente Historia de España: la dictadura de Franco, el cambio democrático y la Monarquía parlamentaria.
El resultado es, en todo caso, mucho más que «un indisciplinado ejército de fragmentos, retazos, partículas y fogonazos que, al reagruparse, componen una astillada columna de recuerdos autobiográficos». Se trata, en realidad, del palpitante testimonio de una figura descollante de la hoy olvidada «generación de la paz», también entonces conocida como «generación del Príncipe [Juan Carlos]», impulsora y protagonista de la «gran proeza política» de la Transición. Ortí, nacido el mismo año que el hoy rey emérito, no renuncia a la reivindicación de una juventud que llevó a efecto la reconciliación nacional colocando a la dictadura «en la orilla misma de la democracia» y articulando la primera Constitución de consenso en la convulsa historia de nuestro país.
En este vívido fresco de nuestro pasado más próximo y decisivo, Ortí lleva la contraria a D’Ors y, para bien de los lectores, rechaza la presunta primera obligación del paisajista: no confundirse con su paisaje. Y es que el autor no se agazapa en el abrigo rocoso que camufla al observador distanciado y descomprometido. Se sitúa en el epicentro mismo de los acontecimientos, motivo por el cual describe una ejecutoria no ajena a las sacudidas. Unas veces lo hace (lo hizo) a cuerpo gentil en el ventisquero de los acontecimientos estelares. En otras descubre los motivos por los cuales los acarició, pero inadvertidamente, con la yema de los dedos. Un posibilismo, realista pero severo, animó toda su trayectoria política, conforme a una pulsión de mejorar España anclada en la comprensión exacta y desacomplejada de sus miserias y carencias.
Esa vocación política temprana y terminante (una forma de apurar «de la copa el veneno serpenteante y recio de la vida que merece ser vivida») explica que el primer panel de recuerdos, «El imperio del presente», arranque con la vida universitaria del estudiante de Derecho y colegial en el Madrid del estricto ecuador franquista. Desembarcado en la capital apenas unos meses después del disparo a Miguel Álvarez, nuestro autor rememora en primera persona la temprana colaboración con aquel Sindicato Español Universitario en ebullición que promovía tanto la lectura de los egregios vencidos (Antonio Machado, Federico García Lorca o Miguel Hernández) como la asistencia a los menesterosos. Estudio y acción en un tiempo vertiginoso de exploración de la libertad al que Ortí se incorporó mediante un bautismo por inmersión, sin contemplaciones ni cálculos. De ahí su temprana designación como delegado del SEU en la Facultad de Derecho y la necesaria y significativa postergación de una posible carrera académica. Muy sintomático resulta que sus dos principales referentes políticos fueran Fernández-Miranda y Fraga. Paradójicamente incompatibles en lo personal, ostentaban, no obstante, sendas cátedras de Derecho Político, un área quizá hoy angostada, al menos nominalmente, al verse transformada en «Constitucional».
Esa pasión frenética por la participación en la vida pública explica una poco explicable, sin duda imberbe, militancia en la Asociación de Estudiantes Tradicionalistas, empresa de un carlismo que, por carecer de futuro, conservaba lo de «cerril y antipático» sin haber preservado su aura de romanticismo. De entonces proviene la movilización estudiantil contra el príncipe Juan Carlos promovida por quien, no mucho después, tendría asiduo y reservado acceso a la Zarzuela.
Pronto incorporado a una frecuente colaboración con los medios de comunicación, incluyendo la fundación de dos cabeceras como La encina y 24, el joven Ortí Bordás asciende a jefe nacional del SEU y procurador en Cortes habiendo adquirido la paradójica etiqueta de «castrista», entre otras. Ya se sabe que, como apuntó Laín Entralgo en los años de vértigo totalitario, en nuestro país se acostumbra a motejar de «masón» o «rojo» a todo aquel inclinado a la saludable afición de salirse de la fila.
El año 1969 resultó verdaderamente el punto de inflexión en la carrera del joven consejero nacional del Movimiento, procurador en Cortes y destacado adalid de los «azules» aperturistas, aquellos joseantonianos contrarios a la parálisis política y convencidos de que el Régimen hacía acopio de hombres y recursos adecuados para converger políticamente con Europa, lo que era tanto como transitar hacia las libertades. De ahí que un lobo solitario como Fernández-Miranda, isleño –y discreto– evolucionista en un Gobierno monocolor de «tecnócratas», se fijase en él como colaborador más estrecho y lo designase vicesecretario puenteando al vicepresidente Carrero ante el mismo Franco. Este acceso a la confidencia del hombre más cercano al futuro rey y luego fallido presidente del Gobierno de la Transición moldea la verdadera dimensión política del autor de este libro, permanente aspirante a desempeños más altos, candidato muchas veces en la antesala misma de las decisiones estelares.
Lo que este centón de recuerdos agavilla y certifica, con pluma brillante y anécdotas constructoras de categoría, es tanto la existencia de un sincero impulso democratizador en una parte de la elite franquista (quizá algo reducida –don Juan Carlos, Fernández-Miranda, Ortí, algunos procuradores...–, pero con acceso a las palancas relevantes) como las desviaciones e improvisaciones de un proceso posterior, el de la Transición, no por previsto milimétricamente ejecutado. Quizá haya que revisar algo: que la ruptura también tuvo lugar y que, paradójicamente, a ella podrían haberse debido algunas de las debilidades del posterior sistema democrático.
El segundo retal de recuerdos, «La configuración del futuro», conduce a la transición democrática de forma natural por cuanto el guía protagoniza una salida coherente y desacomplejada a lo que representaron sus inquietudes en los años previos, «sin piruetas de última hora», como afirmó uno de los ponentes de la Ley para la Reforma Política, a la que nuestro autor califica de «verdadero vestíbulo de la democracia». Es en este punto donde Ortí remonta el vuelo y ofrece una acabada perspectiva de conjunto sobre el proceso político español más relevante de los dos últimos siglos: el fracaso de la reforma democrática de Fraga, que no era la del monarca y a la que cortocircuitaban la indecisión de Arias y las ambiciones de compañeros de gabinete; la batuta decisiva de Fernández-Miranda, al servicio, ahora sí, del rey; y la manumisión pirandelliana de un Adolfo Suárez del que se ofrecen sabrosas anécdotas que no serán del agrado de todos. A fuerza de copiosas, tienen la virtud de converger en la categoría de un político químicamente puro (véase la definición de Ortí en su Oligarquía y sumisión).
También aborda un autoexamen retrospectivo de quien estuvo cerca de presidir el Gobierno de la Transición y resultó finalmente postergado por el interés de algunos, el chalaneo de otros y la peligrosa exhibición de un criterio propio, así como, según confesión propia, la no debida sujeción de intermitentes «prontos» propios desplegados en ocasiones ante los más poderosos de entre los poderosos. Ese es el sentido, a fin de cuentas, de la confesión que sirve de pórtico a estas memorias, la de haber pactado con su época sin haberse allanado ante estos. Lo anterior no fue óbice para que participara en la Comisión Mixta Gobierno-Consejo Nacional (para el estudio de la Reforma Fraga) y en la de Competencia Legislativa de las Cortes o que se responsabilizara, en su calidad de subsecretario de la Gobernación, de la organización del referéndum de la Ley para la Reforma Política, que previamente había aprobado como procurador en Cortes.
Esa independencia de criterio hace singular también la ejecutoria de nuestro protagonista en dos apartados concretos: en las primeras elecciones democráticas obtuvo escaño como cabeza de una agrupación de electores al margen de los partidos políticos y poco después se convertiría en el parlamentario que más enmiendas presentó al articulado del texto constitucional.
La tercera parte del libro nos presenta la actividad en «La democracia establecida» de Ortí Bordás, cuya dilatada carrera política se va desvaneciendo en relación inversamente proporcional al deterioro de nuestro sistema democrático y a la cansina desvertebración nacional. De ahí la orteguiana apelación al desacomplejado reencuentro con la patria de unos españoles para los que firma un «Epílogo para hambrientos».
Tras la lectura, la conclusión. El maximalismo, en la política y en la vida, es reaccionario, pero el honesto posibilismo, como apuntó Ridruejo, puede desprenderse de las «ideas-medios», pero nunca renunciará a las «ideas-fines». La trayectoria que dibujan estas ajustadas postales así lo certifica. Y, sí, verde era el dorado árbol de la vida.