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Cubierta de 'La dama de blanco'Obelisco

'La dama de blanco', o la alta literatura que nos hace algo más, que más inteligentes

Un misterio victoriano de identidad usurpada, asesinato, herencias y suspense en una intriga precursora del género policiaco, y todavía mucho más

Definitivamente, la alta literatura nos dispara el cociente de inteligencia, pensé al entrar en el vagón del metro de Madrid y tomar asiento, ávido de leer las últimas páginas de La dama de blanco por Wilkie Collins, el patriarca victoriano y mentor de los mejores maestros del misterio, el policiaco y el suspense.

Traducción: Juli Peradejordi Salazar. Ediciones Obelisco (2026). 656 páginas

La dama de blanco

Wilkie Collins

Me sumí en la lectura sonriendo ignorante de mi destino, pues desde la lejanía de los vagones llegaba una voz que berreaba lady Laura abrázame fuerte, lady Laura y cuéntame un cuento. Y se acercaba anunciando devastación como un tsunami.

Pero centrémonos en La dama de blanco para no hacerle pasar a usted un mal momento sin provecho alguno. Y es que esta novela lo tiene todo; una atmósfera envolvente, suspense trepidante, misterio, trama endiablada y melodrama con unos personajes universales e inolvidables, y lo mejor; grandes dilemas morales en una lucha del Bien contra el Mal.

Descubrimos el porqué del título de noche en un cruce de caminos, en la Inglaterra de hace más de siglo y medio. Y allí, Walter Hartright, un modesto profesor de dibujo tiene un encuentro con una misteriosa mujer vestida de blanco que le pide ayuda y le lanza una advertencia tan enigmática como inquietante. Minutos después un carruaje con dos hombres se para a preguntar por una mujer de blanco que se ha escapado de un manicomio. Y a usted le acaban de raptar la narración y su protagonista.

Walter Hartright se ha trasladado a Limmeridge para dar clases de dibujo a Laura Fairlie, una noble heredera y a su medio hermana Marian Halcombe, mujer dotada de una inteligencia prodigiosa. Sin que Walter ni Laura logren evitarlo, surge un amor tan profundo como imposible, ya que ella se ve atrapada en un matrimonio de conveniencia con Sir Percival Glyde.

Existen melodramas y tragedias en las que el máximo acto de amor consiste en alejarse de la persona amada por su propio bien. Es el caso de Humphrey Bogart al final de Casablanca, cuando deja partir a Ingrid Bergman. Pero aquí es Walter Hartright quien decide marcharse a las Américas para alejarse de quien más ama.

Pronto, Laura y Marian descubren que Sir Percival se ha casado por la fortuna de Laura, y una conspiración está en marcha. Sir Percival hará creer a Marian que Laura ha muerto repentinamente en un viaje a Londres.

Tiempo después, Walter retorna, y para su sorpresa, se encuentra ante la tumba de Laura con Marian y la propia Laura, ahora demenciada. Y ahí Walter comienza un combate contra una conspiración inimaginable. Una lucha sin esperanza contra nobles y poderosos, plagada de secretos, trampas, traiciones, y un asesinato que no debe quedar impune. Quién será el cadáver que yace en la tumba que lleva el nombre de Laura.

Todo está urdido por un ser realmente diabólico, un malvado; ay, qué canalla, que no es otro que el gato que está triste y azul. Entro en la realidad; cierro el libro ante el tsunami a pocos centímetros de mis oídos en forma de griterío humano, armado con un micrófono y un amplificador. Me tapo las orejas con las palmas de las manos. Me acuerdo del destino final en cada episodio de Asurancetúrix, el bardo de los tebeos de Astérix, y deseo perejil en mis oídos.

Aterrorizado, consulto a mi angelote mofletudo, ese que me susurra en latín y es voz de mi conciencia; silentium est aureum, o, «el silencio es oro». Y de pronto, caigo en que la frase iba dirigida a mí. Y siento la revelación. Había estado a punto de desvelar el nombre del malo malísimo. Bueno; es una técnica narrativa utilizada en la novela. Podríamos llamarlo poner la miel en los labios y distraer la atención.

Es Wilkie Collins el gran maestro en el uso de narrativas múltiples, y gran creador del puzle que forma la trama a través de una narrativa epistolar. Cómo nos engatusa con su refinado dominio de la técnica narrativa. Vamos, que nos torea. Y entramos al trapo como miuras. Pero qué alegría para las neuronas y para nuestras emociones.

Esta joya de la literatura emergió a la luz en la revista literaria All the Year Round fundada por su gran amigo Charles Dickens, como novela serializada en entregas semanales de 1859 a 1860. Al igual que hoy con las series estrella de TV. Pero con una gran diferencia, que es el uso de la palabra frente a la imagen.

La alta palabra escrita nos dispara la imaginación, al contrario que la casi totalidad de series. La imagen audiovisual no deja espacio a la creatividad en la mente. Muy pocos directores de cine han conseguido generar el misterio que logra la palabra; quizás tan solo Andrei Tarkovski con su poesía de imágenes.

Nuestro cerebro es activo en la lectura porque pone en funcionamiento hasta la última neurona para imaginar y sentir a través de la palabra leída. Y así, la alta literatura nos transforma imperceptiblemente en seres más sensibles e inteligentes.

Es aquí donde servidor de usted descubre el poder sanador para el alma de la alta literatura. Y cómo las grandes novelas avivan nuestra inteligencia, educan nuestra sensibilidad, e incluso nos pueden hacer hasta mejores personas, ya que nos ofrecen referencias de comportamiento. Y así yo con educación, me alejo escuchando berridos que afirman yo quisiera tener un millón de amigos, y así más fuerte poder cantar.

No voy solo, me acompaña el final de La dama de blanco con el destino de Laura Fairlie junto a Walter Hartright, y me viene a la memoria el poeta Virgilio y su sentencia en Églogas X; amor omnia vincit, o «el amor lo conquista todo». A usted le dejo con La dama de blanco. Disfrute de la lectura.