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Imagen del bombardeo ayer en Irán.EFE/MEHR

Dañar a China, de nuevo en la recámara del ataque de Estados Unidos a Irán

Junto con la amenaza de la bomba nuclear y la protección a Israel, emerge la posibilidad de perturbar a China, que compra a Irán el 80 % de su petróleo

La eliminación del régimen de los ayatolás, y con ello la mejora de los derechos humanos en Irán, o la contención de unos dirigentes que amenazan con lanzar la bomba nuclear, son algunos de los motivos argumentados para el ataque de Estados Unidos e Israel a Irán, pero aún hay más.

Entre ellos está la posibilidad de dañar a China, que rivaliza con Estados Unidos en la primacía del poder mundial. Los chinos compran a Irán entre el 80 % y el 90 % de su producción de petróleo, y tener que prescindir de ella les supondría un importante revés económico.

El suministro para otros países no estaría, sin embargo, en peligro si se cortara la producción de Irán. Cualquiera de los países de la OPEP+, entre los que se incluyen, por ejemplo, Arabia Saudí o Emiratos Árabes Unidos, podrían incrementar su producción para paliar la falta de petróleo proveniente de Irán. Todos, también Rusia, tienen interés en mantener los precios del petróleo y mostrar que no se ven afectados por los conflictos geopolíticos. Estados Unidos sigue siendo el mayor productor mundial de petróleo, con alrededor de 14 millones de barriles diarios.

La consecuencia del ataque de Estados Unidos e Israel sobre Irán podría ser que Irán amenazara de nuevo con cerrar el estrecho de Ormuz, el lugar por el que pasa más de la cuarta parte del comercio mundial de petróleo y de gas natural licuado, pero expertos en el mercado energético como Daniel Lacalle estiman que Irán no lo hará, porque no lo ha hecho nunca pese a sus amenazas y porque hacerlo perjudicaría a China, que hoy por hoy es uno de sus principales socios financieros.

Especialistas como los del Real Instituto Elcano prevén mayor o menor impacto de la operación sobre el precio del petróleo en función de su duración. Si el bloqueo sobre las exportaciones del petróleo es parcial, tendría un efecto limitado, con subidas iniciales de unos 5-10 dólares por barril que se moderarían con el tiempo. Si el bloqueo es completo, como en Venezuela, podría desembocar en una escalada regional que dispararía los precios del gas y el petróleo. China era también de largo el principal comprador de petróleo en Venezuela -se calcula que le adquiría entre el 70 % y el 80 %, aproximadamente-.

Pese a ser una superpotencia energética, Irán se encuentra en una de las crisis económicas más severas en su historia reciente. Los ingresos del petróleo son los más importantes en su economía, y representan el 23 % de su PIB. Las exportaciones en este terreno están en sus máximos -3,3 millones de barriles diarios, el mayor nivel desde 2018-, pero la inflación está disparada: alcanza el 47,5 % de incremento respecto a enero de 2025, con un 105,5 % de subida en los alimentos y en las bebidas, según el Centro Estadístico iraní.

Antes del inicio de la guerra desatada ayer, el Fondo Monetario Internacional (FMI) estimaba que el producto interior bruto (PIB) nominal de Irán sería de 375.000 millones de dólares en 2026. Con esta cifra, Teherán se situaría en torno al puesto número 45 en términos nominales.

Desde el organismo prevén que el crecimiento real para este año pueda llegar a ser del 1,1 %. En cambio, otros organismos como el Banco Mundial advierten que la economía iraní podría contraerse hasta el 2,8 % si las tensiones militares se intensifican, como está ocurriendo.

El rial iraní, la moneda oficial del país, ha alcanzado en enero de este año su mínimo histórico. Se cambian entre 1,4 y 1,5 millones de riales por cada dólar estadounidense. Desde la revolución de 1979, el rial ha perdido aproximadamente 20.000 veces su valor original frente al dólar.

En cuanto a la deuda bruta del país de Oriente Medio, el porcentaje con respecto al PIB es del 36,4 %. El FMI sitúa su tasa de desempleo en el 9,2 %.

El país exporta entre el 80 % y el 90 % de su petróleo a China mediante el uso de «flotas fantasma» (buques no identificables para eludir sanciones), aunque muchas operaciones son bloqueadas por organismos de supervisión, según exponen medios especializados. Esta opacidad y el riesgo geopolítico mantienen la inversión extranjera directa en el 0,3 % del PIB.