La subida de los precios empobrece a los españoles
La economía española no tiene un problema de falta de crecimiento, sino de crecimiento desequilibrado
Personas comprando en una frutería.
El INE publicó el jueves un dato preocupante: en julio la inflación repuntó hasta el 3,5 %, frente al 3,2 % de junio. Además, la inflación subyacente, aquella que excluye los componentes más volátiles (la energía y los alimentos frescos), también aumentó y se situó en el 3%.
La inflación es la pérdida de poder adquisitivo del dinero. Cuanta más inflación hay, menos vale nuestro dinero. Pues podemos comprar menos bienes y servicios. Durante los últimos años, la inflación se explicaba como un fenómeno que venía de fuera. Primero fue la pandemia, después la invasión rusa de Ucrania y, más tarde, las tensiones energéticas en Oriente Medio. El petróleo, el gas y la electricidad parecían explicar la mayor parte de la subida de los precios.
Que la inflación general aumente hasta el 3,5 % puede atribuirse, en parte, al encarecimiento de la energía y de los carburantes. Lo verdaderamente relevante es que la inflación subyacente continúa mostrando una tendencia ascendente, y ya alcanza el 3 %. Esto indica que las presiones inflacionistas ya no proceden únicamente de la energía, sino que se han extendido al conjunto de la economía. La inflación ya no es solo un fenómeno importado; empieza a tener también un claro origen interno.
España crea empleo y crece a un ritmo muy superior al del resto de Europa. Recibe cifras récord de turistas. Sigue incorporando cientos de miles de nuevos residentes. El consumo continúa creciendo, y la demanda de bienes y servicios se mantiene muy fuerte.
España no solo tiene un problema de exceso de demanda; tiene sobre todo un problema de insuficiencia de oferta. Cada año llegan más migrantes, pero no construimos las viviendas necesarias. La demanda eléctrica crece más deprisa que las inversiones en generación y redes. Las infraestructuras apenas aumentan, pero soportan cada vez más usuarios. La capacidad productiva de la economía española no está creciendo al mismo ritmo que la demanda.
Cuando la demanda avanza más deprisa que la oferta, los precios terminan subiendo. No porque las empresas sean más codiciosas que hace unos años, sino porque la oferta resulta insuficiente para atender una demanda cada vez mayor.
Por eso la evolución de la inflación subyacente es mucho más que unas décimas adicionales del IPC general. Que la inflación subyacente se mantenga en torno al 3 % indica que las tensiones sobre los precios ya no proceden únicamente de la energía o de los carburantes. Se están extendiendo a numerosos servicios, muy ligados a la economía española: alojamiento, restauración, ocio, transporte y otros servicios cuya demanda continúa creciendo con enorme intensidad.
Paradójicamente, parte del éxito económico español contiene la semilla de este problema. Nuestro modelo de crecimiento está funcionando extraordinariamente bien: creamos empleo y batimos récords turísticos. La inmigración amplía la población activa, y ayuda a cubrir miles de vacantes. Las empresas venden más. Sin embargo, la renta per cápita apenas avanza y la productividad permanece prácticamente estancada.
Ahí reside una de las claves de la inflación actual. Una economía puede crecer con fuerza y crear mucho empleo, pero si no aumenta, al mismo tiempo, su capacidad para producir viviendas, energía, infraestructuras y servicios, el crecimiento acaba trasladándose a los precios. La mejor política contra la inflación no consiste únicamente en frenar la demanda, sino en aumentar la oferta y la productividad.
Y, sobre todo, mucha más productividad. Porque la productividad constituye la auténtica vacuna contra la inflación. Cuando una economía produce más con los mismos recursos puede pagar mejores salarios, sin trasladar continuamente esos costes a los precios. En cambio, cuando la productividad apenas avanza, cualquier incremento de la demanda termina convirtiéndose, antes o después, en inflación.
La inflación ya no refleja solo un problema de energía, refleja también un problema de capacidad productiva. De ahí que necesitemos políticas que aumenten la oferta, no únicamente políticas que estimulen la demanda.
Necesitamos facilitar la construcción de vivienda, reducir trabas regulatorias, invertir en infraestructuras, acelerar los proyectos energéticos, favorecer empresas más grandes y elevar la productividad, mediante inversión, tecnología e innovación.
En definitiva, el dato del IPC de julio deja una enseñanza importante: la economía española no tiene un problema de falta de crecimiento. Tiene un problema de crecimiento desequilibrado. Hay una demanda tan fuerte de bienes y servicios (especialmente de viviendas) que no podemos dar respuesta a ella. Y subimos los precios.
Hace unos días, le explicaba a un estudiante Erasmus lo que significa «morir de éxito» en español. Eso es, precisamente, lo que le está pasando a nuestro país.
- Rafael Pampillón Olmedo es profesor de la Universidad CEU-San Pablo y del IE Business School