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ilustracion invierno demograficoLu Tolstova

¿Vienen 'vacas flacas' por el invierno demográfico?: «Ha existido un diagnóstico incompleto y sesgado»

No todo futuro con menos nacimientos –ni siquiera con menos inmigración– está sometido a un paisaje económico gris

Académicos y responsables políticos comparten una misma expectativa desde hace años: el descenso de la población y una pirámide laboral con más salidas que entradas generarán fuertes vientos en contra para la economía. El consenso sostiene que una sociedad golpeada por una crisis demográfica está inevitablemente condenada a 'tiempos de vacas flacas' (menos dinamismo y menor éxito económico). No obstante, no todo futuro con menos nacimientos –ni siquiera con menos inmigración– está sometido a un paisaje económico tan gris si a determinados economistas del MIT, la London Business School y del Ellison Institute of Technology se pregunta.

Un reciente artículo del NBER (National Bureau of Economic Research) escrito por Daron Acemoglu, David Autor, Keelan Beirne y Andrew Scott dibuja un horizonte más esperanzador aún construyendo más parques para perros que para niños. En esta línea, el documento nos saca los colores por haber dirigido buena parte del discurso económico y político a cuántos somos –y seremos–, mientras subestimábamos el poder de la estructura productiva como herramienta para aliviar los efectos de una pirámide poblacional inversa. Sus autores aseguran que la caída de la natalidad no tiene por qué castigar el crecimiento si la escasez de mano de obra empuja la innovación, la automatización y la productividad. En otras palabras, las economías pueden responder a una fuerza laboral más pequeña mediante la inversión, la reorganización de los procesos y las tecnologías ahorradoras de trabajo.

«Ha existido un diagnóstico incompleto y sesgado», señala José Manuel Corrales, Profesor Doctor de Economía y Empresa en la Universidad Europea. Podría ser que, tal vez, el dogma demográfico nos resultara cómodo precisamente porque señalaba una solución visible –es decir, tener más hijos– y evitaba mirar hacia un problema más crítico: la forma en la que operamos. Y es que España no es un país de vagos, sino una economía que todavía consigue demasiado poco valor por cada hora trabajada. El docente explica que, durante décadas, la ortodoxia económica ha centrado la conversación en la 'carga de las pensiones' desde una óptica de recorte del gasto público: «se ha puesto un énfasis desproporcionado en la cantidad de insumo laboral (nacimientos) y muy poco en la calidad de la estructura productiva (valor añadido, inversión pública…)».

Las economías envejecidas son terreno fértil para registrar mayores niveles de PIB por trabajador y un mayor crecimiento salarial. Esto sucede así porque, ante un contexto marcado por bajas tasas de natalidad, el mercado tiende a orientarse hacia actividades intensivas en capital, procesos más eficientes y autónomos o servicios tecnológicos. Se trata de la misma lógica que ya planteaba Hicks con su hipótesis de la 'escasez inducida': el encarecimiento o la ausencia de un factor productivo estimula innovaciones destinadas a ahorrar ese factor. «Los trabajos de Acemoglu y Restrepo, por ejemplo, aportan ya evidencia empírica sobre cómo la escasez relativa de mano de obra acelera la adopción de robótica», añade Corrales.

Todo lo que reluce no es oro

Pese a todo lo anterior, es importante tener en cuenta que el estudio demuestra lo que ha ocurrido, pero esto no tiene por qué replicarse en el futuro. Durante las siete décadas analizadas, las caídas de nacimientos fueron seguidas de más capital por trabajador, productividad, actividad tecnológica y patentes destinadas a ahorrar mano de obra. Sin embargo, los propios autores advierten del riesgo de extrapolar esta relación. Porque la inversión y la tecnología pueden reaccionar de forma distinta ante una transición demográfica mucho más intensa, como la que transitamos hoy, en la que China, Japón y Corea del Sur podrían perder entre un 20 % y un 30 % de su población hacia 2050 respecto a 2023, mientras sus mayores de 65 años representarían entre el 30% y el 40 % del total.

Que la productividad haya compensado históricamente la pérdida de trabajadores no significa que pueda hacerlo indefinidamente ni a cualquier velocidad. «La demografía no actúa de forma aislada. Para que la escasez de talento se traduzca en progreso tecnológico se requieren instituciones públicas fuertes, inversión continua en I+D y un sistema financiero que canalice el ahorro hacia crédito productivo y huya de la especulación», sentencia el experto.

Los autores también aclaran que el impulso a la productividad no elimina las facturas socioeconómicas propias de una población mayoritariamente senior: pensiones, sanidad, dependencia y sostenibilidad fiscal siguen tensionadas por el desequilibrio entre población activa y beneficiarios del Estado del bienestar. Una mayor eficiencia por hora trabajada tampoco garantiza por sí sola suficiente demanda. Si la automatización desplaza progresivamente rentas desde el trabajo hacia el capital y sus beneficios se concentran entre hogares con mayor capacidad de ahorro, aparece una nueva cuestión a resolver: ¿Quién comprará todo aquello que una economía cada vez más eficiente sea capaz de producir?. De ello se infiere que el potencial para invertir, innovar y distribuir las ganancias de productividad por el conjunto de la economía tienen mucho que decir en el objetivo de traducir la escasez laboral en crecimiento sostenido.

Cuando menos es más

Enfocado en la evolución de la natalidad, el artículo afirma que el decrecimiento de población no nos empuja inevitablemente a una economía más pequeña, sino una economía distinta. El mismo no aborda la inmigración, pero sus resultados sí obligan a revisar uno de los argumentos más utilizados para justificar la acogida de extranjeros en el terreno económico. El planteamiento es que una reducción de la población activa conduce necesariamente al estancamiento y la contracción.

Al calor de la investigación, existiría una alternativa a incrementar la población en edad de trabajar que, aun sin requerir cruzar ninguna frontera, compensaría el déficit de jóvenes activos: conseguir que cada par de manos produzcan más. De hecho, una oferta laboral abundante puede reducir parte de la presión que empuja a las empresas a apostar por operativa más eficiente. La inmigración, por tanto, puede aliviar la escasez de trabajadores, sí; pero la cuestión es si, cuando se convierte en la respuesta permanente, también rebaja la urgencia por modernizar el modelo productivo.

Marca España

España tiene algunos ingredientes para convertir la contracción poblacional en un revulsivo productivo, aunque debe sortear importantes rigideces. Corrales defiende nuestra posición en términos de infraestructuras digitales y dada la generación joven y altamente cualificada que hemos criado. No obstante, al mismo tiempo, arrastramos déficits históricos de inversión empresarial en I+D, un tejido productivo muy atomizado y demasiado peso de actividades de bajo valor añadido.

La falta de capital humano en sectores que basan su competitividad en una alta intensidad de mano de obra y salarios a la baja no se traducirá en un salto automático de productividad, «sino en tensiones de oferta y riesgos directos de inviabilidad si no se reestructuran sus modelos de negocio», comenta el docente. Hablamos de hostelería, agricultura o, incluso, el ámbito de los cuidados y la dependencia –siendo este último poco susceptible de ser intervenido por tecnología y donde el envejecimiento actúa por dos: las plantillas se contraen mientras aumenta el número de personas que necesitan atención–.

Ser un país de pymes tampoco ayuda. En un tejido empresarial donde el 99,8 % de las compañías son pequeñas y medianas, una vacante difícil de cubrir puede traducirse en mayores costes, reducción o cese de actividad antes que en automatización. Muchas carecen, como señala Corrales, «del músculo financiero y la escala necesarios para acometer inversiones tecnológicas de alto impacto».

Por ello, el economista reclama un papel más activo del Estado mediante redes de transferencia tecnológica, compras públicas innovadoras, incentivos para ganar tamaño empresarial y créditos blandos destinados a la digitalización. De lo contrario, advierte, «la restricción demográfica provocará destrucción de tejido productivo de menor tamaño en lugar de una ganancia de productividad».