La tormenta mundial de los bonos acabará afectando a nuestros bolsillos
Lo que está sucediendo estos días en los mercados de los bonos de deuda pública nos afecta a todos. Porque puede encarecer nuestras hipotecas y préstamos, y también impactará en aquellos que invierten en Bolsa
Instalaciones del Nasdaq
Cuando se habla de ventas masivas de bonos, es comprensible que muchos lectores pasen a otra noticia. Parece uno de esos temas aburridos reservados a inversores y asesores financieros. Sin embargo, lo que está sucediendo estos días en los mercados de los bonos de deuda pública nos afecta a todos. Porque puede encarecer nuestras hipotecas y préstamos que tengamos a un tipo de interés variable.
La pregunta no es, por tanto, si tienes letras del Tesoro, bonos u obligaciones del Estado —a los que aquí llamaremos, para simplificar, bonos o deuda pública—, sino cuánto puede afectarte esta subida de los tipos de interés.
En los últimos días, las ventas masivas de deuda pública han enviado un mensaje claro: los inversores consideran insuficientes los intereses que cobran por mantener bonos de numerosos países y exigen una mayor rentabilidad.
Como consecuencia la rentabilidad del bono se ha disparado. El estadounidense a diez años ronda el 4,8 %; la del británico se sitúa en el 5,15 %; y la del español, en el 3,8 %. Por su parte, la del alemán alcanza el 3,35 % y la del japonés se aproxima al 3 %. Durante esta semana, los bonos alemanes han registrado rentabilidades no vistas desde 2011 y los japoneses han alcanzado niveles desconocidos desde 1996.
La consecuencia es clara: para atraer compradores a nuevas emisiones de deuda pública, los Estados tienen que ofrecer intereses más elevados. En otras palabras, ahora les resulta más caro pedir dinero prestado.
¿Por qué se están vendiendo los bonos?
Sede del Banco de España
Una de las principales razones tras la venta de bonos es la inflación. La prolongación de la guerra en Irán y las dificultades para atravesar el estrecho de Ormuz han encarecido el petróleo y el gas. Una energía más cara termina elevando el coste de los transportes, la electricidad y los fertilizantes. Y, por tanto, de buena parte de los productos que compramos.
Si los precios suben, muchas familias tendrán que destinar más dinero a sus gastos cotidianos y les deja menos margen para ahorrar. A ello se une que los gobiernos piden prestado cada vez más dinero para financiar la defensa, las pensiones y los servicios públicos. Las grandes compañías tecnológicas también recurren a la emisión de bonos para construir centros de datos y desarrollar la inteligencia artificial. Estados y empresas compiten por un ahorro limitado, lo que presiona al alza los intereses que deben ofrecer para atraerlo.
Los mercados están enviando a los gobiernos un mensaje muy claro: se ha terminado el privilegio de endeudarse casi gratis.
Las hipotecas
Una oficina de empresa inmobiliaria en Madrid.
El primer sector perjudicado será la vivienda. El euríbor ya ha superado el 3 %, frente al 2,1 % de un año antes. Y se encuentra en su nivel más elevado en dos años. Para una hipoteca variable con 150.000 euros pendientes de devolver y un plazo restante de 25 años, la revisión puede suponer alrededor de 790 euros más al año.
Tanto el euríbor como los bonos están reaccionando ante la misma amenaza: más inflación y tipos de interés más elevados durante más tiempo. Y la familia que tenga una hipoteca variable terminará pagando más.
También se encarecen las nuevas hipotecas a tipo fijo. Si un banco puede obtener una buena rentabilidad comprando deuda pública, exigirá un interés mayor para prestar a una familia o a una empresa, porque asume más riesgo.
La Bolsa
Varios paneles del Ibex 35 en el Palacio de la Bolsa
La tormenta también alcanza a los que invierten en Bolsa o en fondos. Durante los últimos años, los mercados bursátiles se han apoyado en los beneficios empresariales y en el entusiasmo despertado por la inteligencia artificial. Pero quizá hayan prestado poca atención al precio del dinero.
La Bolsa suele reaccionar mal ante las subidas de tipos. Por una parte, si los bonos públicos ofrecen una rentabilidad más elevada y con menos riesgo, algunos inversores venden acciones y trasladan su dinero a la deuda. Por otra, los tipos de interés altos encarecen la financiación de las empresas, reducen sus beneficios y frenan sus inversiones.
Cuanto mayor sea la rentabilidad de los bonos, más difícil resultará justificar que las acciones coticen a precios tan altos.
El aumento de los intereses también alcanza al Estado. Si financiar la deuda pública resulta más caro, una parte mayor de los impuestos se deberá destinar a pagar los intereses que se deben a los acreedores. Será dinero que no podrá destinarse a educación, sanidad, mejora de las infraestructuras o reducción de impuestos.
La tormenta de los bonos comienza en los mercados financieros, pero su recorrido es fácil de seguir: suben los intereses, se encarecen las hipotecas y los préstamos, la Bolsa pierde atractivo y el Estado paga más por su deuda.
No es, por tanto, una historia exclusiva de Wall Street. Es la advertencia de que el dinero vuelve a ser caro. Y eso terminaremos pagándolo todos. Como escribió Quevedo: «Poderoso caballero es don Dinero».
- Rafael Pampillón es catedrático de la Universidad CEU San Pablo y del IE Business School