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La economía de la incertidumbre: Ceuta, la okupación y las ilusiones del Estado

No son fallos coyunturales, sino engranajes de un sistema que administra la incertidumbre como si fuera un recurso político y, sobre todo, económico

En Ceuta, la frontera es presentada como una línea sólida, nítida, donde la soberanía se ejerce sin fisuras.El Debate / Asistido mediante IA

Hay fenómenos que, observados por separado, parecen crisis distintas: la llegada masiva de personas a Ceuta y la «okupación» de viviendas en España. Pero basta mirarlos con la lente adecuada para descubrir que ambos son síntomas de una misma patología: la distancia entre lo que el Estado promete proteger y lo que realmente puede o quiere garantizar. No son fallos coyunturales, sino engranajes de un sistema que administra la incertidumbre como si fuera un recurso político y, sobre todo, económico.

El Estado, para sostener su autoridad, necesita fabricar certezas. Y cuando no puede producirlas, las simula.

La ilusión del control territorial

En Ceuta, la frontera es presentada como una línea sólida, nítida, donde la soberanía se ejerce sin fisuras. Pero la realidad es otra: la frontera es un espacio poroso, dependiente de equilibrios diplomáticos y tensiones económicas que el Estado no controla del todo. La presión migratoria no es solo geopolítica, es también el resultado de desigualdades estructurales, economías informales y expectativas de movilidad que superan cualquier frontera física.

Cuando miles de personas cruzan en pocas horas, la narrativa oficial se apresura a describirlo como un episodio excepcional, una anomalía, un paréntesis en la normalidad. La ilusión consiste en afirmar que el territorio está protegido, incluso cuando la evidencia demuestra que la protección depende de factores externos, supuestamente imprevisibles y, a menudo, ajenos a la voluntad estatal.

La ilusión de la propiedad garantizada

En la «okupación» ocurre algo similar. El Estado proclama la propiedad privada como un derecho reconocido constitucionalmente, pero su protección es insuficiente, lenta, fragmentada y burocrática. El propietario cree poseer un derecho sólido, pero descubre que frente a un delito de usurpación que es lo que generalmente es la «okupación», lo que posee es un procedimiento. La vivienda, como la frontera, es un símbolo económico de control: un activo que debería estar protegido por la ley y más frente a un delito y que, sin embargo, queda expuesto a una inseguridad jurídica que el Estado administra con parsimonia.

La tensión entre el mercado inmobiliario y el acceso a la vivienda genera incentivos para redes organizadas, aprovechamientos oportunistas y conflictos que el Estado gestiona con lentitud. La ilusión consiste en presentar la propiedad como un derecho constitucional (art. 33 CE) plenamente protegido cuando en la práctica su defensa se diluye en trámites, plazos y condicionantes que la vuelven incierta y que no garantizan la posesión, sino la espera.

La economía como motor de una incertidumbre

Ambos fenómenos comparten una raíz económica que no puede desconocerse. En Ceuta, la presión migratoria responde a dinámicas laborales, expectativas de renta y desequilibrios regionales que ningún protocolo fronterizo puede resolver. En la usurpación, la falta de vivienda asequible, la especulación y la rigidez del mercado generan un caldo de cultivo donde la inseguridad jurídica se convierte en un coste asumido.

Pero la incertidumbre económica no solo surge: se alimenta políticamente. En el caso de la propiedad, determinadas narrativas y decisiones institucionales contribuyen a desmoronar su solidez jurídica, transformando un activo que debería ser seguro en un bien expuesto a la arbitrariedad procedimental. La inseguridad deja de ser un efecto colateral y se convierte en una herramienta: un modo de redefinir la propiedad no como un derecho garantizado, sino como un espacio negociable, condicionado y susceptible de reinterpretación ideológica.

Lo mismo sucede con respecto a Ceuta. Cuando un Estado tolera o gestiona de forma ambigua episodios de presión migratoria –como la entrada masiva registrada recientemente– transmite la idea de que la integridad territorial ya no es un principio firme, sino un elemento negociable dentro de una estrategia diplomática; de modo que la frontera, igual que la propiedad, deja de ser un marco estable y pasa a ser un espacio vulnerable a la reinterpretación política.

La economía no solo explica la causa: explica la gestión. Un Estado que no puede –o no quiere– resolver las causas materiales de la incertidumbre se limita a administrar sus efectos simbólicos, y en ocasiones los amplifica para justificar cambios estructurales en la concepción misma de la propiedad y la soberanía.

La ilusión de la excepcionalidad

Tanto en Ceuta como en la «okupación», el Estado insiste en que se trata de fenómenos marginales. Estadísticamente, quizá lo sean. Políticamente, no. La inseguridad no nace de la frecuencia, sino de la posibilidad. Que algo pueda ocurrir –que la frontera pueda desbordarse, que la vivienda pueda ser «okupada»– es suficiente para erosionar la confianza.

La ilusión consiste en minimizar el fenómeno para evitar el coste político de reconocer la incapacidad de garantizar lo que promete o peor aún la falta de voluntad de protegerlo.

La ilusión del procedimiento

Cuando el Estado no puede ofrecer eficacia, ofrece trámites. En Ceuta, protocolos, derivaciones, competencias compartidas. En la usurpación, formularios, plazos, recursos. El ciudadano no percibe protección, percibe administración: gestionar sin resolver, gestionar sin proteger. Y la Administración, por muy ordenada que sea, no sustituye la seguridad.

La ilusión consiste en confundir procedimiento con solución, en convertir la burocracia en un sustituto simbólico de la acción.

La ilusión del equilibrio

El Estado afirma equilibrar derechos: propiedad y vivienda, seguridad y humanidad, frontera y acogida. Pero ese equilibrio, en la práctica, se traduce en inseguridad jurídica para unos y expectativas inciertas para otros. El equilibrio es más retórico que real: una forma de presentar como equitativo lo que es asimétrico.

La ilusión de la normalidad

Finalmente, el Estado necesita que todo parezca normal. Que Ceuta sea una frontera estable. Que la usurpación sea un fenómeno anecdótico. Que la incertidumbre sea un ruido de fondo, no un síntoma estructural. Pero la percepción social se deteriora, y con ella la confianza en la capacidad del Estado para proteger aquello que promete proteger.

La normalidad es la ilusión más necesaria y, a la vez, la más frágil.

La traición funcional, ideológica y el salto estructural

Hay un punto en el que la ilusión deja de ser un mecanismo político y se convierte en una fractura íntima: cuando el ciudadano contempla la falta de protección como una traición. No ya una traición jurídica, una prevaricación o una omisión del deber de perseguir delitos sino inicialmente una traición funcional. Esto es: la ruptura del pacto básico por el cual el ciudadano delega poder a cambio de seguridad.

La traición funcional aparece cuando la vulnerabilidad del ciudadano –ante una frontera desbordada o una vivienda ocupada– no es un accidente, sino una variable asumida en la ecuación política. Cuando la inseguridad deja de ser un riesgo y se convierte en un coste aceptado.

Pero hay un salto más profundo: la traición ideológica. Se produce cuando el Estado deja de considerar la protección como un valor central. Cuando aquello que antes era un deber –garantizar la integridad territorial, la seguridad jurídica, la propiedad privada– ahora es un trámite, una narrativa, una estadística. La traición deja de ser un desvío y se convierte en una transición silenciosa: el paso de un Estado protector a un Estado gestor, de un Estado que promete certezas a un Estado que administra incertidumbres.

Ese salto no es menor. Es el momento en que el ciudadano comprende que el Estado ya no es quien decía ser.

La política de las ilusiones

Ceuta y la okupación no son crisis aisladas: son espejos. En ambos, el Estado administra vulnerabilidades que no puede o no quiere resolver, fabrica certezas que no puede o no quiere garantizar y despliega narrativas que amortiguan el coste político de sus límites.

La verdadera pregunta no es por qué ocurren estos fenómenos, sino por qué necesitamos creer que no ocurren. Porque en esa necesidad –en esa dependencia de la ilusión– se revela la fragilidad de nuestro pacto con el Estado: un pacto basado menos en la protección real que en la promesa de protección.

Y cuando la promesa se desgasta, la ilusión deja de ser un instrumento político y se convierte en un síntoma. Un síntoma de que la incertidumbre ya no se administra: se desborda.