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LA EDUCACIÓN EN LA ENCRUCIJADAFrancisco López Rupérez

El destrozo educativo de las redes sociales. Alza la voz

El efecto primario de esta asociación masiva y ubicua es la cantidad de tiempo que dedican los adolescentes con sus teléfonos móviles a actividades de ocio, y que sobrepasa, en promedio, las siete horas diarias

De entre mis lecturas de estas vacaciones veraniegas he de destacar el libro «La generación ansiosa. Por qué las redes sociales están causando una epidemia de enfermedades mentales de nuestros jóvenes» (Deusto, 2024). Su autor, Jonathan Haidt, es un prestigioso ensayista estadounidense, profesor e investigador en la Universidad de Nueva York y especialista en Psicología social. He de decir que había frecuentado con anterioridad la obra de Haidt a través de ensayos que dejaron grabada en mi memoria una espléndida impresión intelectual.

Una cuestión que, por su considerable trascendencia, ha suscitado mi interés –desde la publicación, en diciembre de 2023, de los resultados de la evaluación a gran escala de PISA 2022– consiste en el retroceso de las puntuaciones obtenidas en las pruebas de rendimiento escolar experimentado en buena parte de los países participantes, particularmente en los del área occidental. Esa preocupación la compartí con los lectores de El Debate en mi columna del 4 de junio pasado. En ella trasladaba el diagnóstico de la OCDE, en el sentido de que el pronunciado declive observado no podía atribuirse, en exclusiva, a la pandemia del Covid-19, principalmente porque el rendimiento ya se venía deteriorando antes de la pandemia. La OCDE invocaba «otras razones estructurales para el declive».

Entre diferentes hipótesis causales plausibles, yo señalaba, en primer lugar, el uso indebido de Internet y de las redes sociales por los adolescentes, dada su repercusión en el tiempo de estudio y en el rendimiento escolar, así como por el reconocido impacto sobre su salud mental. El hecho de que ese deterioro del rendimiento se haya producido a escala transnacional exige que los potenciales factores causales hayan de operar a esa misma escala.

Llegados a este punto, he de confesar que la lectura del último libro de Haidt no solo ha reforzado la plausibilidad de mi conjetura, sino que ha ampliado notablemente mi visión sobre el alcance de ese factor que sobrepasa el ámbito de los resultados escolares para alcanzar la vida misma de los adolescentes, su equilibrio personal y la eficacia de la educación escolar, entendida esta en un sentido mucho más amplio que el de la mera instrucción.

Las conclusiones principales de la obra que aquí se cita están basadas en una abrumadora evidencia empírica procedente, sobre todo, de los países nórdicos y de los pertenecientes a lo que el autor denomina la «anglosfera». La tesis principal del profesor Haidt es que ha sido la irrupción súbita, a principios de la década de 2010, de los teléfonos inteligentes, con su progresiva incorporación a la cotidianeidad de niños y adolescentes, la responsable principal de la aparición de cambios profundos en sus vidas; cambios que alcanzan los ámbitos cognitivo, emocional y social. Y el mecanismo básico habría sido el uso temprano de las redes sociales, con sus algoritmos deliberadamente tramposos que, haciendo un uso indebido de lo que sabemos sobre la psicología humana y los cerebros inmaduros de los adolescentes, excitan comportamientos demoledores para su desarrollo mental.

Uno de los apoyos empíricos que llama poderosamente la atención radica en la consistencia observada; es decir, en la aparición reiterada, en el periodo 2010-2015, de una aceleración de tendencias medidas a partir de indicadores cuantitativos de diferentes aspectos relacionados con la salud mental de adolescentes y jóvenes, tales como depresión grave en adolescentes, enfermedades mentales en estudiantes universitarios, prevalencia de ansiedad en los jóvenes, alto nivel de angustia en adolescentes, autolesiones, tasas de suicidio, etc. Se inicia así, en ese periodo, una suerte de oleada de problemas que no ha dejado de crecer desde entonces, periodo que coincide con el despegue de los smartphones y su fatídico complementario: las redes sociales.

El efecto primario de esta asociación masiva y ubicua es la cantidad de tiempo que dedican los adolescentes con sus teléfonos móviles a actividades de ocio, y que sobrepasa, en promedio, las siete horas diarias. Todo ello produce una serie de perjuicios que Haidt documenta rigurosamente y que resume en cuatro efectos principales: (1) La privación social, o reducción drástica de las relaciones personales directas; (2) La falta de sueño, con efectos conocidos sobre la salud mental, sobre el funcionamiento cognitivo, la calidad de los aprendizajes, los resultados escolares y los riesgos de accidentes; (3) La fragmentación de la atención, con la consiguiente dificultad para pensar sin las interrupciones producidas por mensajes y consultas continuados; (4) La adicción generada mediante prácticas conductistas, e inducidas por los algoritmos de las redes sociales más frecuentadas por los adolescentes, que operan a nivel fundamental mediante mecanismos neuroquímicos —en los cuales interviene la dopamina como neurotransmisor vinculado a la recompensa— y que atrapan a nuestros adolescentes, con efectos nocivos para su vida personal y su desarrollo social.

Una de las conclusiones, que el autor establece sobre una base empírica y que explica desde la psicología diferencial hombre-mujer, es que las redes sociales perjudican más a las chicas que a los chicos, ocasionando más trastornos en su salud mental.

De entre las posibles soluciones para atajar esta epidemia global, la más sencilla y efectiva consiste en establecer, por vía legal, como umbral obligatorio de edad para acceder a las redes sociales los 18 años. Existen procedimientos tecnológicos de eficacia probada para implementar esa intervención tanto terapéutica como preventiva sobre nuestros adolescentes.

En sus últimas páginas, el autor nos invita a alzar la voz a todos aquellos que, sobre la base de la evidencia, estamos convencidos de que la asociación smartphone-redes sociales está arruinando el potencial cognitivo, emocional y social de muchos de nuestros adolescentes, particularmente de las chicas y de los entornos socialmente desaventajados.

He considerado este medio como un altavoz adecuado para trasladar el mensaje. Le sugiero a usted, apreciado lector, que, en la medida de sus posibilidades, haga lo propio.

-Francisco López Rupérez es director de la Cátedra de Políticas Educativas de la UCJC y expresidente del Consejo Escolar del Estado