¿Importa la educación?
La profesión docente no pasa por buenos momentos, como bien saben quiénes están en el aula, y se traduce en la falta de profesores y en el estado de ánimo de los mismos
«La educación importa». Con este título la CEOE elaboró, apenas hace una década, un magnífico informe que en uno de sus puntos señalaba los déficits del sistema educativo español -siguen siendo los mismos- y en otro sus propuestas de solución – han sido ignoradas-. Diez años perdidos. Aumento de la ideologización, bajada de niveles, crecimiento de la conflictividad escolar y desprestigio de la profesión docente.
Una década después podemos decir: «La educación no importa en España». El informe aparecido recientemente titulado: Retos y preocupaciones que impulsarán la agenda pública en España, corrobora el dato que vengo destacando en artículos anteriores. Pero como el mismo informe señala, la priorización de los problemas tiene más un fundamento ideológico que real.
Lo grave de la situación es que el problema educativo existe, aunque no se perciba socialmente. Basta hablar con los profesionales o leer los constantes informes educativos relacionados con los mismos. La mitad de los profesores cree que la educación en España ha empeorado según se desprende del VII Informe Young Business Talents: La visión del profesor.
La profesión docente no pasa por buenos momentos, como bien saben quiénes están en el aula, y se traduce en la falta de profesores y en el estado de ánimo de los mismos. En cuanto a lo primero, se necesitan 44 millones a nivel mundial; aunque las causas no son las mismas en todos los países, lo cierto es que en Occidente es un problema, no índole salarial, generalizado desde hace tiempo. El fenómeno ya ha llegado a España y existe problemas para cubrir muchas especialidades. Incluso a veces hasta se exime a los candidatos, temporalmente, de estar en posesión del título de máster del profesorado.
Pero lo más preocupante es el estado de ánimo de gran parte del profesorado, que se traduce en tres palabras.
La primera es el desencanto, la pérdida de ilusión en su quehacer diario. No es una cuestión baladí porque enseñar requiere hacerlo con pasión por la asignatura y por los alumnos. Otras profesiones no exigen tanto, pero las vocacionales, y entre ellas la educación sí. Un 40% del profesorado sufre ese distanciamiento e indiferencia, como recoge el estudio publicado por la Fundación SM titulado El profesorado en España 2023. Según el informe TALIS 2024 (presentado a finales de 2025), el 20% de los docentes menores de 30 años en España planea dejar la enseñanza en los próximos 5 años. En algunas regiones, la cifra de «desencanto temprano» roza el 50%.
Una segunda palabra es la desorientación: el cambio constante de funciones, la carga burocrática, la falta de autonomía metodológica (se ha llegado al extremo de regular no sólo el qué enseñar, sino también el cómo y el cuándo), el cambio de papeles que ha convertido al profesor en un animador sociocultural, en un asistente social etc. ha desdibujado su papel esencial de ser el transmisor de un legado cultural sin el cual no podemos vivir plenamente como hombres.
La tercera palabra es el desánimo, es decir el decaimiento, la falta de fuerzas que afecta a más de un tercio del profesorado y la ansiedad o depresión que afecta a un 40 % del profesorado según el citado informe. Pero sin fuerza, sin entusiasmo, cunde el miedo. Por el contrario, la fortaleza de ánimo y el entusiasmo fomenta el deseo de saber.
Un dato que invita a la reflexión: se está jubilando, - en gran medida ya se ha jubilado-, una generación de maestros y profesores, en su inmensa mayoría vocacionales que, tras cuarenta años de servicio, se van con la tristeza de que los últimos años han sido amargos, duros, una carga pesada en lugar de un júbilo. No es de extrañar que muchos se jubilen, si pueden, el mismo día que cumplen 60 años y muy escasos los que alargan su vida laboral.
Se puede objetar que la situación no afecta a todos: naturalmente, depende de centros, de etapas y hasta de cursos, pero las cifras están ahí y el contacto directo con profesores que aún permanecen en activo y, especialmente aquellos que ven próxima su jubilación, traducen este estado de ánimo.
A pesar de lo cual, es cierto que el profesor cuando entra en el aula se transforma, se pone la bata y como si de la capa de Superman se tratase, saca lo mejor que tiene dentro de sí para cumplir con su labor, para transmitir ese legado cultural e intentar sacar lo mejor de cada alumno.
Sin embargo, el grupo de profesores que a pesar de los problemas se esfuerza, - ¡incluso se ilusiona! - ha disminuido. Según datos del citado informe, un 24% de los profesores no se desaniman y mantienen esa actitud heroica, frente al 60% de hace quince años.
La enseñanza no va bien, más allá de los maquillajes políticos o ideológicos: ahí está la evidencia de los datos. Pero como bien sabemos, una buena educación depende, en gran medida, de la calidad y del prestigio del profesorado.
- Juan Antonio Gómez Trinidad es catedrático de Filosofía en Instituto y expresidente del Consejo Escolar del Estado