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Daniel Martín Ferrand

El alumno-cliente

La permisividad con el estudiante alcanza cotas temerarias cuando hablamos de la disciplina en el aula… que puede llegar a desaparecer y convertirse en burla, mofa y cachondeo constantes

En julio se publicó en varios medios una noticia sobre padres de opositores que habían acudido a la revisión de exámenes con sus hijos. Alguno de los examinandos −y suspensos− acompañados superaba los 30 años. Y muchos habían realizado oposiciones a docente −y habían escrito, por ejemplo, *«glovo» o *«abances»−. El asunto sería hasta simpático si no fuera un síntoma más de uno de los principales males de la educación en España −y gran parte del extranjero−: la sobreprotección del estudiante.

Así, por poner solo un ejemplo, en la mayoría de los colegios se produce el siguiente fenómeno: cuando termina un curso, el equipo docente cambia los diferentes grupos para que los alumnos se acostumbren a dinámicas sociales diferentes −esto es especialmente conveniente con aquellas clases con mal comportamiento−; al regresar al cole en septiembre los chavales se quejan amargamente, los padres extienden la protesta al colegio que, al principio, intenta resistir… pero que pronto cede a las peticiones paternales, de manera que se vuelve a los viejos grupos, incluidos aquellos más conflictivos.

Solo unos pocos alumnos, aquellos que tienen padres que entienden y apoyan al centro, se quedan en la clase que se les había asignado, a menudo rodeados de grupos ya consolidados y, por consiguiente, un tantico alienados.

Valga este simple ejemplo como muestra del fenómeno general. El buen Carande, otro de esos grandes profesores que hubo y disfruté, afirmaba que la educación había comenzado a venirse abajo cuando se permitió a los padres formar parte del gobierno, diseño y desarrollo de los centros. Si a eso unimos el fenómeno de temerlo todo e intentar prevenir hasta el último peligro que se nos ocurra −asunto que Ulrich Beck trató en La sociedad del riesgo− nos topamos con lo que nos topamos… ¿sin merecerlo?

La permisividad con el estudiante alcanza cotas temerarias cuando hablamos de la disciplina en el aula… que puede llegar a desaparecer y convertirse en burla, mofa y cachondeo constantes. Cuando se intentan tomar medidas disciplinarias, el alumno, enseñoreado, recurre a excusas convincentes pero falsas que pretenden justificar lo a menudo injustificable… y, en muchos casos y al contrario de lo que acontecía en mi época, lo que se pone en duda en casa del chaval −y en el propio colegio− es la versión del docente… que, inerme, a menudo se retira, deja hacer, espera a cobrar el salario… y medita si escapar de allí antes de que sea demasiado tarde.

Si lo que escribo parece exagerado, basta con ver cómo muchos padres −cada vez más, sobre todo en la privada no concertada, pero también en las demás− contratan a abogados para recurrir las sanciones disciplinarias de los centros. Una vez más, lo distópico torna en real.

Si uno se para a reflexionar, tras este problema subyace la quizás inconsciente conversión del alumno en un cliente al que satisfacer a toda costa: todo es muy facilito para que todo el mundo saque dieces… y se apuesta por la rousseauniana concepción de la educación montaraz y silvestre antes que por la ciudadana. Por alguna extraña razón, ni los buenos alumnos ni sus padres piden que se les exija un poquito más…

Desde un punto de vista distópico, llegará el momento en que los tribunales de oposición no suspendan a nadie… porque bien sabido es que el cliente siempre tiene la razón. Quizás la IA y sus variables variantes sirva para compensar la creciente marcha de profesores que prefieren la paz a la conversión de las aulas en un centro comercial el primer día de rebajas.

P.S.: Me recuerda un buen amigo que la palabra disciplina, etimológicamente, significa enseñanza. También me comenta que los mismos que la ignoran en las aulas la aplican con mimo en los gimnasios.