Montaje Carlos Mazón
Mazón, su manual de resistencia se quiebra
Hace unas horas y por primera vez, el PP, a través de la boca de su portavoz en el Congreso, Ester Muñoz, acaba de señalarle lo más parecido a una puerta de salida
Carlos Mazón Guixot (Alicante, 51 años) se encuentra en plena reflexión. Veinticuatro horas después del homenaje a las víctimas de la dana, contra programó la comparecencia de Pedro Sánchez en la comisión de investigación del Senado con un enigmático mensaje que disparó las alertas. Dijo que iba a reflexionar sobre la mayor tragedia natural de la historia de España. El jefe de la Generalitat Valenciana se va, decían unos. Feijóo le echa, apuntaban otros. No puede resistir los insultos de «rata asesina» que le gritaron algunos deudos. Un mensaje de su jefe de prensa, alertándole de las consecuencias de esas palabras, obligaron al presidente valenciano a rebajar las expectativas. Descartó implícitamente la renuncia, al señalar que no hay prevista ninguna «noticia política». Pero la incertidumbre es máxima, sobre todo desde que su exconsejera Pradas, imputada en la causa, que hasta ahora le había exculpado, acaba de declarar que le informó de «todo», incluida la alerta masiva en las críticas horas de la devastación.
El golpe del miércoles, escuchando la indignación de las víctimas —que también abroncaron a Pedro Sánchez, pero el presidente se blindó detrás de los Reyes— le ha dejado tocado, reconocen en su entorno. Ha habido un antes y un después para él. Su resistencia se debilita, apuntan cercanos; sobre todo porque el calendario judicial y político, lejos de favorecer la desinflamación, no invita al optimismo. Tiene por delante comparecencias en las Cortes valencianas, en el Congreso y en el Senado, y mañana mismo la periodista Maribel Vilaplana (con la que comió el día del desastre) declarará como testigo ante la jueza de Catarroja, que instruye el sumario que investiga la muerte de 229 personas en Valencia y las posibles responsabilidades penales de políticos y técnicos en la previsión de la riada.
A la espera de su inminente comparecencia —el miércoles tenía previsto dar a conocer su tercera crisis de gobierno destinada a la reconstrucción—, algunas fuentes populares apuntan a que el dirigente regional podría anunciar que no repetirá en las autonómicas de mayo de 2027. Para sustituirle suenan Vicente Mompó, presidente de la Diputación de Valencia, y la alcaldesa de la capital del Turia, María José Catalá.
El primero no podría reemplazarle si dimitiera porque no es diputado autonómico; la alcaldesa, sí. Pero sea cual sea su decisión, lo cierto es que un año después de la desgracia, Mazón sigue en el vórtice de la política nacional.
La izquierda se ha ocupado en focalizar todas las responsabilidades en el presidente autonómico —cuya gestión fue clamorosamente deficiente— y en una comida que mantuvo en las horas críticas de la emergencia con la citada Vilaplana para ofrecerle la dirección de la televisión autonómica. Ese almuerzo en el ya famoso restaurante El Ventorro es hoy el gran arcano de nuestra vida pública: la informadora tiene que llevar mañana al juzgado el tique del aparcamiento para cotejar la hora en que se despidieron los dos comensales con el cronograma que mantiene Mazón, que ha cambiado en varias ocasiones. Que algo ha cambiado es evidente. Hace unas horas y por primera vez, el PP, a través de la boca de su portavoz en el Congreso, Ester Muñoz, acaba de señalarle lo más parecido a una puerta de salida: «El partido es quien decide quién es su candidato, pero la decisión de dimitir de un cargo púbico para que el que te han votado los ciudadanos es personal. Y, por lo tanto, es el señor Mazón el que debe decidir su futuro», ha sentenciado. Sin duda, se trata de un paso cualitativo de quien era una de sus principales aliadas en Génova.
Sorprendentemente, todo gira en torno a esa velada presidente-periodista, mientras sobre otras también culposas no se indaga: no importa dónde cenó en Bruselas la vicepresidenta del Gobierno, Teresa Ribera, responsable de las infraestructuras hidráulicas que no estaban preparadas para abordar la gota fría; ni en qué templo gastronómico hindú disfrutaron Pedro Sánchez y Begoña Gómez mientras decenas de personas perecían en el Levante español; ni cómo lo pasó el secretario de Estado de Medio Ambiente en su viaje en Colombia; tampoco parecen importar los movimientos de la directora de Protección Civil, de visita en Brasil, y ausente en la coordinación de los trabajos. Sin embargo, lo esencial para los medios que replican el relato de Moncloa es hoy lo siguiente: si Vilaplana se despidió de Mazón, como sostiene, a las 18,45 del fatídico 29 de octubre de 2024 y el presidente no apareció en la reunión del Cecopi, que coordinaba la emergencia, hasta las 20,28, quince minutos después de que se mandara la alerta a los teléfonos, ¿dónde estuvo el barón en esa hora y media larga?
Pero Mazón ha sido siempre un superviviente de la política y solo en esa clave se puede entender que continúe ahí pese a las presiones, incluso de compañeros de partido, y a un deterioro brutal de su imagen.
No en vano, logró retener la presidencia de la Diputación de su provincia natal mientras el llamado pacto del Botánico, que encaramó al tripartito de Ximo Puig a la presidencia, arrasó con cualquier atisbo de poder popular, hegemónico, a orillas del Turia durante veinte años. Cuando el 28 de mayo de 2023 las elecciones autonómicas devolvieron la Comunidad Valenciana al PP, tras ocho años en la oposición, Mazón sabía que tendría que gestionar los desmanes del Gobierno socialista, empeñado en sucumbir al filonacionalismo catalán y convertir esa región en una franquicia del pancatalanismo.
Pero nunca pensó que, a la vuelta de año y medio, un martes negro de finales de octubre, su región sufriría un zarpazo terrible que pondría a prueba la cogobernanza entre el Estado y una autonomía. Como ocurrió con la pandemia, el engranaje no funcionó, y el PSOE dio la vuelta a la tortilla para emprender una campaña sin cuartel contra el barón valenciano. Se abría una ventana de oportunidad para su candidata, la ministra Diana Morant -un fiasco, según las encuestas- y había que aprovecharla.
Mazón accedió a su primer cargo con apenas veinticinco años. Tras pasar por la administración de Eduardo Zaplana, asumió en 2009 la más alta responsabilidad en la Cámara de Comercio de Alicante. Tendrían que pasar diez años para que volviera a la primera línea política como presidente de la Diputación alicantina, gracias a un pacto con Ciudadanos. Un puesto en el que consiguió hasta la abstención de los nacionalistas de Compromís a sus presupuestos para exhibir perfil centrista. Allí esperó a que pasara la resaca de los casos de corrupción del PP en Valencia y, gracias a su amistad con Teodoro García Egea, Pablo Casado apostó por él para revertir la suerte de Génova en el otrora feudo popular.
Una máxima en la cúpula popular era y es que sin la llave del Palau de la Generalitat nunca será posible conseguir la de Moncloa. Lo sabía Casado y lo sabe Feijóo, que renovó su confianza en un Mazón conocido por su talante liberal y moderado. Y pragmático: de hecho, fue uno de los primeros ganadores del 28 de mayo que llegaron —sin los complejos que demostró, por ejemplo, su compañera, la extremeña María Guardiola— a un acuerdo con Vox para conformar Gobierno. Como también fue el primero en destituir a los tres consejeros de Abascal, cuando Vox anunció que rompía los acuerdos por la política migratoria del PP. Hoy, sin embargo, Santiago Abascal es uno de los pocos políticos que le defienden. No es irrelevante: sus votos son fundamentales para hacer una nueva investidura en el Parlamento autonómico, sin elecciones mediante. De ahí los problemas que tiene Feijóo para pilotar la hoja de ruta.
Este licenciado en Derecho ha sido, antes del desastre, un auténtico influencer en las redes. Casado con Mamen, de la que apenas existen imágenes y con la que vive en Alicante, y padre de mellizos de 15 años y con un pasado en la música que le llevó a competir con Sonia y Selena para ir a Eurovisión, tiene ante sí una decisión muy sensible sobre su futuro y el de su Comunidad. Su equipo reconoce que el encuentro en los últimos días con algunas asociaciones de víctimas le ha reconfortado y su visita a Catarroja y Massanassa, epicentro de la devastación, le ha devuelto cierta calma. Pero su particular manual de resistencia se resiente. A diferencia de Sánchez, que se ha ido de rositas de este fallo sistémico del Estado, él sí es consciente de que su manual de resistencia se quiebra.