Pedro Sánchez durante su recepción al condenado Oriol Junqueras en Moncloa
Su irresponsabilidad
El antitrumpismo de Sánchez provoca secuelas en la relación con EE.UU. que durarán años
El presidente no piensa variar el rumbo porque cree que ir al choque contra Trump le renta, aunque sea a costa de malherir una relación bilateral clave para España
Tres ministros salieron ayer a proclamar que España es un aliado «responsable, firme y serio» de la OTAN, que cumple con sus obligaciones. La portavoz del Gobierno, Elma Saiz, en la Moncloa. La titular de Defensa, Margarita Robles, en la Comisión Mixta de Seguridad Nacional celebrada en el Congreso. Y el responsable de Asuntos Exteriores, José Manuel Albares, en una entrevista en la televisión pública vasca. Ello un día después de que el secretario de Estado de Estados Unidos, Marco Rubio, pidiera «revisar» el papel de su país en la OTAN porque España —no solo España, pero sobre todo— les niega el uso de sus bases militares y de su espacio aéreo y además presume de ello.
Pedro Sánchez está cavando tan hondo en la relación con la Casa Blanca, con tal de erigirse en referente mundial del antitrumpismo y poder salir en el Wall Street Journal presumiendo de ello, que las secuelas se prolongarán durante años. Y, lo que es más: durante sucesivas administraciones, como pasó después de que José Luis Rodríguez Zapatero se negara a levantarse al paso de la bandera norteamericana en el desfile militar del 12 de octubre de 2003 y después retirara las tropas de Irak. La primera gran palada de tierra fue el pasado junio en la cumbre de la OTAN de La Haya, cuando el presidente español se posicionó en contra del acuerdo para aumentar el gasto en defensa hasta el 5 % del PIB. La segunda, su oposición frontal y sumamente crítica a la ofensiva de Israel sobre la franja de Gaza. Y ahora Irán.
En las últimas horas, Donald Trump y su secretario de Defensa, Pete Hegseth, han sugerido a los aliados de la OTAN que den «la cara» por el estrecho de Ormuz porque necesitan más el crudo que Estados Unidos. Y el senador republicano Lindsey Graham ha retomado su campaña para que la administración Trump se lleve las bases estadounidenses de Rota y Morón fuera de España (algo muy improbable).
La portavoz del Ejecutivo presumió este martes desde la Moncloa de que las relaciones con Estados Unidos son «fluidas», y continuó Saiz: «A nivel de diplomacia, de embajadores y de Gobierno». Pero toda la prueba que dio de ello fue que España tiene cinco oficinas comerciales en el país —una de casi 10 millones de kilómetros cuadrados— y que el vicepresidente Carlos Cuerpo ha anunciado la apertura de dos más: en Boston y en Houston.
La realidad es que Albares y su homólogo estadounidense, Rubio, no han establecido comunicación directa desde que comenzó la operación Furia Épica, sino que toda conversación ha sido a través del embajador en España, Benjamín León. Y únicamente porque hace poco más de un mes que este último desembarcó en Madrid y ha ido presentándose a varios ministros.
Albares junto al nuevo embajador de Estados Unidos en España, Benjamín León
León se vio con Albares unos días antes de que Estados Unidos lanzara la ofensiva contra Irán. Después se reunió con Margarita Robles y con Fernando Grande-Marlaska mientras, en paralelo, Trump amenazaba a España primero con aranceles, después con cortar «todo comercio» entre países. A lo que la Moncloa replicó que España contaba con los recursos necesarios para «contener posibles impactos, ayudar a los sectores que pudieran verse afectados y diversificar cadenas de suministro». «Con Estados Unidos mantenemos una relación comercial histórica y mutuamente beneficiosa. Si la administración norteamericana quiere revisarla, deberá hacerlo respetando la autonomía de las empresas privadas, la legalidad internacional y los acuerdos bilaterales entre la Unión Europea y EEUU», añadieron desde el Gobierno de Sánchez. Fue su forma de decir que Trump iba de farol y que estaban dispuestos a aguantarle el pulso.
Lo están Sánchez y los socialistas porque creen que les renta, aunque sea a costa de malherir una relación bilateral clave para España. En la Moncloa y en Ferraz interpretan que el resultado de las elecciones en Castilla y León, donde el PSOE aguantó mejor de lo esperado, demostraron dos cosas: que el «no a la guerra» moviliza al electorado de izquierdas y que, además, lo hace en torno a las siglas del PSOE. Necesitan mantener esa tensión también para la campaña en Andalucía, de perspectivas mucho peores.