Fundado en 1910
Juanma Moreno Bonilla

Juanma Moreno BonillaEl Debate

El perfil

El «método Juanma»: discurso templado y mayorías sociales

La encuestas, incluso la del CIS, hablan de que roza la mayoría absoluta con los dedos. Busca tener manos libres para gobernar sin Vox

Juan Manuel Moreno Bonilla (Barcelona, 56 años cumplidos el pasado viernes) defiende que, con miel, mejor que con hiel. Dicen de él que corre siempre delante de la crispación para que no le alcance. Tanto corrió que consiguió, aunque por poco tiempo, que Óscar Puente le elogiara tras el siniestro de Adamuz. Eso sí, el ministro tuitero terminó reculando y volviendo por donde solía para echar la culpa a la Junta de Andalucía por la tardanza de los servicios de emergencia en el terrible siniestro, por el que él —que tenía todas las competencias— no ha rendido todavía cuentas.

Juanma, como gusta ser llamado, fue en 2018 el protagonista de uno de los vuelcos políticos más espectaculares de la última década: el dirigente de raíces malagueñas acabó con la hegemonía socialista que había durado 36 años en el Palacio de San Telmo. Tomó posesión como presidente andaluz por primera vez el 18 de enero de 2019, en coalición con Ciudadanos y con el apoyo de Vox, cuando se cumplía un año de la muerte de su padre, cuyo presagio terminó cumpliéndose: Juan Moreno Conejo, emigrante andaluz en Cataluña, no se cansaba de decir que «mira que me muero y el PSOE va a seguir mandando en Andalucía». Por poco no vivió la hazaña política que ansiaba. Su temprana muerte le privó de presenciar cómo la izquierda acabaría perdiendo el poder y, sobre todo, de disfrutar de la rúbrica que llevaría ese cambio: la de su hijo.

Ese hijo que siempre pensó, según confiesa, que llegaría a desbancar al PSOE —un auténtico régimen en una Andalucía sin alternancia—, aunque en su partido casi nadie creía en él. De hecho, accedió al poder con 26 raquíticos escaños, el guarismo más bajo del PP en su tierra. En enero de 2015, Mariano Rajoy —quien lo rescataría tras ser defenestrado por Cospedal— presentó al candidato en el Hotel Ritz de Madrid y le calificó como una «alternativa prometedora», aunque añadió: «porque lo has querido tú». Palabras que generaron más de una sonrisa escéptica entre los asistentes a la puesta de largo. Juanma era uno de los llamados «sorayos», grupo de políticos del PP que se hallaban bajo la influencia de la exvicepresidenta Sáenz de Santamaría y que fueron ascendiendo peldaños en la estructura interna, en abierto enfrentamiento con la entonces secretaria general, María Dolores de Cospedal.

Empezó así una carrera de fondo para Moreno en un PP andaluz convulsionado, huérfano tras la salida de su histórico líder Arenas, llegaba un joven político que construyó el «método Juanma», basado en ahormar mayorías sociales, articuladas en torno a mensajes que hablaban de gestión, bajada de impuestos, atracción de inversión, poca ideología y un horizonte libre de las políticas tóxicas de la izquierda, de su clientelismo y de la corrupción sistémica de los ERE. A pesar de los vientos populistas que azotaban nuestras instituciones, de coletas airadas y camisetas zarrapastrosas con leyendas revolucionarias, el hoy barón popular devolvía a los andaluces a la política de adultos, con discursos transversales, templados. Y, sobre todo, tras haber sorteado todas las guerras internas que obstaculizaron su llegada. En el partido, muchos preparaban ya su ataúd político si aquel 2018 no se hubiera convertido en presidente de la Comunidad más poblada de España. Hasta le llamaban «Moreno Nocilla».

Pudo ser ministro cuando se marchó Ana Mato —de la que era secretario de Estado de Asuntos Sociales e Igualdad tras la victoria de Rajoy en 2011—, pero quiso esperar a su momento en Andalucía. Javier Arenas no pudo ser presidente con 33 escaños y a Moreno, con siete menos, le tocaría pilotar la travesía en el desierto tras la dimisión del hoy senador. La salida de Susana Díaz de San Telmo fue tan impactante que más de un dirigente popular tuvo que pellizcarse para creerlo. Cuatro años después, el 19 de junio de 2022, el joven presidente obtuvo en sus segundos comicios una histórica mayoría absoluta, creciendo en 32 diputados sobre los que cosechó en 2018, y dejando al PSOE de Sánchez y Juan Espadas en un mínimo histórico de 30 actas. Su pegada electoral era incontestable, cimentada sobre una visión optimista de las posibilidades de progreso de su tierra. Miles de andaluces de izquierdas le creyeron y, lo que era más difícil, le votaron.

De abuelos jornaleros en Alhaurín el Grande, sus padres —él, taxista en su última etapa, y ella, tendera de ultramarinos— emigraron a Cataluña para ganarse la vida. Volvieron a Andalucía cuando el barón popular solo tenía tres meses. Casi 19 años después se afilió al PP, tras asistir a un mitin de Aznar en la plaza de toros de Málaga; a partir de ahí fue presidente de Nuevas Generaciones, diputado por Málaga, también por Cantabria y secretario de Estado de Asuntos Sociales y senador. Abandonó sus estudios por la política y se ha pasado la vida intentando acabar con la etiqueta de que los dirigentes del PP son señoritos recalcitrantes, invocando sus orígenes humildes. Casado con Manuela Villena, primera de su promoción como politóloga, tiene tres hijos, Juanma, Fernando y Alonso, y cuenta que su esposa le da «mucha caña» cada vez que se equivoca.

Uno de los activos que vende es la estabilidad y a los suyos les exige no obsesionarse con Vox, partido con el que dice que comparte recetas económicas, pero cuyos programas son tan distintos que difícilmente sintonizarían en una coalición. Eligió la fecha más temprana para los comicios: intentando sortear la Feria de Abril, el Rocío y la histórica visita del Papa a España que, aunque no pisará Andalucía, es previsible que cope el debate nacional, sobre todo tras sus polémicas con Donald Trump. El lastre que supone María Jesús Montero por su pasado, primero como consejera andaluza y hasta finales de marzo como vicepresidenta de Pedro Sánchez, le animó a no dejar correr el tiempo para someterse al escrutinio del electorado.

A finales del pasado año, la llamada crisis de los cribados –la mala gestión que se hizo del diagnóstico y las pruebas para el cáncer de mama de decenas de mujeres en la sanidad andaluza– pareció que hacía tambalear su buena estrella. La izquierda y todos sus altavoces mediáticos creyeron encontrar una vía de agua que pudiera dar al traste con las expectativas del Gobierno popular. Sin embargo, Juanma terminó destituyendo a los responsables políticos que no actuaron con la prontitud exigida y el socavón que soñó abrirle Moncloa fue aparentemente conjurado para desesperación de María Jesús Montero. Las encuestas, incluso la del CIS, hablan de que roza la mayoría absoluta con los dedos. Busca tener manos libres para gobernar sin Vox: los cocientes aritméticos de las provincias tienen la palabra.

comentarios
tracking

Compartir

Herramientas