África mirando a España
«Fotografiar es colocar la cabeza, el ojo y el corazón en un mismo eje» (Henri Cartier-Bresson)
La bandera roja ondea sobre una playa vacía. No hay bañistas. No hay socorrista. Sólo una silla metálica frente a un mar gris que parece respirar con dificultad. Durante muchos años lo que se ve en esta fotografía hablaba únicamente del peligro de bañarse. Era un aviso sencillo: hoy no entren al agua.
África mirando a España
Pensando en la actualidad ya no consigo mirarla igual.
Ceuta vuelve a ocupar las portadas. Decenas de miles de personas intentaban alcanzar suelo español y, como ocurre siempre que una frontera se convierte en noticia, aparecen las explicaciones instantáneas. Las tertulias encuentran culpables en pocos minutos. Unos hablan exclusivamente de mafias. Otros sólo encuentran responsabilidades en Europa. Algunos reducen el problema al racismo. Otros a la política migratoria. Las redes sociales hacen el resto. Cada cual elige el relato que mejor encaja con sus convicciones y lo convierte en una verdad absoluta. La realidad, por mi experiencia, es que no son las mafias de traficantes de personas los culpables de lo sucedido, sino una mala utilización por parte de Marruecos de las leyes españolas que hablan de las regularizaciones (masivas) de inmigrantes, la ley de nietos, etc. El famoso «efecto llamada» es el causante del caos en que se ha visto comprometida Ceuta ante la aparente pasividad de las autoridades marroquíes.
Entonces «cierro» el periódico y vuelvo a abrir mis cajas de negativos. Porque las fotografías tienen una extraña relación con el tiempo. Mientras las noticias envejecen a una velocidad vertiginosa, las imágenes permanecen inmóviles, esperando su momento o una nueva interpretación; por eso es arte. A veces pasan veinte años sin decir nada. Hasta que un día la realidad vuelve a buscarlas y eso está ocurriendo ahora.
Durante más de tres décadas recorrí buena parte de África con una cámara al hombro. Marruecos, Nigeria, Mauritania, Senegal, Sierra Leona, Sudáfrica, Kenia, Guinea, El Congo, Burundi, Ruanda… No viajaba buscando imágenes espectaculares. Tampoco perseguía la pobreza como si fuera un decorado exótico. Lo único que intentaba era comprender y trabajar.
África mirando a España
Comprender por qué un muchacho abandona su casa, por qué una madre acepta despedirse de un hijo sin saber si volverá a verlo y comprender qué fuerza puede ser mayor que el miedo al océano.
Con los años descubrí que la inmigración nunca empieza en el mar sino mucho antes. Empieza en una conversación alrededor de una mesa, en una cosecha que no llega, en un empleo que nunca apareció, en una frontera invisible que impide imaginar un futuro. La valla de Ceuta, el mar, las fronteras corruptas, el cayuco, por ejemplo, son sólo el último capítulo y Europa suele mirar la inmigración desde el final del relato.
Yo tuve la fortuna y la obligación profesional por mi compromiso personal, de intentar conocer sus primeras páginas.
John Berger, crítico de arte británico, escribió en Otra manera de contar que las fotografías conservan una forma de mirar el mundo. No son únicamente un documento. Son también una memoria.
Y por eso vuelvo hoy a estas imágenes sin intención de demostrar nada sino para recordar.
La primera parece insignificante. Está tomada desde el interior de un viejo taxi marroquí. Las manos del conductor descansan sobre el volante y a veces gesticulan, tan propio en esa cultura, mientras la ciudad avanza al otro lado del parabrisas. Era Marrakech en 2005, pero podría ser Casablanca, Rabat, Tánger o cualquier otra ciudad del Magreb. Da igual.
Lo importante no es el destino, es el lugar desde donde está hecha. No es una fotografía de Marruecos sino una fotografía sobre la manera de conocer el país. Porque yo no miraba Marruecos, como no lo he hecho en ningún sitio, desde el privilegio de una butaca, de un restaurante o de una bodega de vino. No me subo a una torre para observar; me meto dentro para observar desde ahí la realidad.
La fotografía me enseñó que un país no se comprende recorriendo sus monumentos. Se comprende compartiendo taxis, cafés, silencios y esperas. La fotografía documental empieza mucho antes de levantar la cámara. Empieza cuando uno acepta que no ha ido a confirmar sus prejuicios sino a desmontarlos.
Un poco más adelante aparecen unos pies. Sólo unos pies. Ni siquiera vemos los rostros. Pies descalzos. Sandalias desgastadas. Tierra. Nada más. Costa de Marfil año 2001. Roland Barthes, filósofo francés, llamó punctum a ese detalle inesperado que hiere al espectador. Ese pequeño elemento que convierte una fotografía correcta en una fotografía inolvidable. Aquí el punctum no son los niños, son sus pies porque cuentan la historia antes que las palabras al hablar del camino recorrido y del que todavía queda.
Del camino que algún día, quizá, terminará frente a una valla, una playa o un puerto español.
No hace falta mostrar el hambre. Basta con mirar dónde apoyan los pies quienes todavía no saben por donde podrán caminar mañana.
Después aparece una puerta.
Dos niños observan desde el interior de una vivienda humilde. Casablanca, 2002. No sonríen. No juegan. No parecen sorprendidos por la cámara. Simplemente miran. Y entonces sucede algo extraño. El fotógrafo, el espectador, termina sintiendo que son ellos quienes nos están observando a nosotros.
El fotógrafo checo Josef Koudelka convirtió las puertas en fronteras emocionales. No separaban habitaciones. Separaban mundos. Y aquí ocurre exactamente lo mismo: dentro queda una vida y fuera aparece otra. Y entre ambas, sólo un marco de madera carcomida.
Pienso muchas veces en esa fotografía cuando escucho hablar de «efecto llamada». La expresión forma parte ya del vocabulario político español. Se utiliza para explicar que determinadas decisiones públicas (entre ellas las expectativas de regularización o determinadas reformas legales) pueden ser interpretadas, desde miles de kilómetros de distancia, como una oportunidad para iniciar el viaje. Es un concepto discutido como casi todo lo relacionado con la inmigración.
Pero después de tantos años yendo a África aprendí algo que rara vez aparece en los debates: las noticias viajan mucho más deprisa que las personas porque una decisión tomada en Madrid, Bruselas o Rabat puede recorrer un continente entero en pocos minutos. Las expectativas también emigran y las esperanzas, cuando nacen, resultan muy difíciles de detener.
Pero eso no explica por sí solo lo que ocurre hoy en Ceuta. Reducir un fenómeno de semejante magnitud exclusivamente al llamado efecto llamada sería tan simplista como atribuirlo únicamente a las mafias.
Las mafias existen. Yo las conocí, negocié con ellas para un reportaje de investigación y las fotografié de la manera que me dejaron, que es entre poco y muy poco.
Fui testigo de cómo negociaban el precio de una plaza en una embarcación. Vi cómo transformaban la desesperación en un negocio rentable. Y también presencié la complicidad de los gobernantes.
Pero también comprobé otra realidad. Su modelo de funcionamiento siempre fue discreto: pequeños grupos, mucho dinero, pocas personas. Un goteo permanente.
No tienen capacidad logística para mover decenas de miles de personas en muy pocos días como ha ocurrido en Ceuta. Cuando se producen movimientos masivos intervienen necesariamente otros actores: los Estados y las decisiones sobre el control fronterizo, las relaciones diplomáticas y los mensajes políticos que circulan por África mucho antes de aparecer en los periódicos europeos.
Las mafias forman parte del problema, pero reducir todo este escenario únicamente a ellas sería concederles un poder que jamás tuvieron sobre el terreno. Estas organizaciones aprovechan las corrientes, pero no las crean.
Y mientras discutimos sobre todo eso, vuelvo a mirar otras fotografías. Las más difíciles de todas. Las del cayuco. Océano Atlántico, 85 millas mar adentro, 2006. Porque allí desaparecen las teorías. Sólo queda el mar y el mar nunca discute con nadie. Sólo pregunta si estás dispuesto a jugarte la vida y aquella noche todos respondieron que sí. Yo también. Porque entendí que si quería contar aquella historia primero tenía que vivirla.
Y fue allí, sentado entre hombres, mujeres y niños envueltos en impermeables amarillos, donde comprendí algo que jamás olvidaría.
«Si tus fotografías no son suficientemente buenas, es porque no estabas suficientemente cerca», dijo el mítico y cuestionado Robert Capa.
Hay viajes que uno recuerda por el lugar al que llegó. Y otros por haber dudado de si llegaría. La travesía en cayuco pertenece a la segunda categoría.
A lo largo de mi carrera me he subido a carros de combate, he entrado en ciudades bombardeadas, he fotografiado genocidios y terremotos (también he visto y fotografiado el lado bueno de la vida, en la mayoría de las ocasiones). Sin embargo, pocas veces sentí una vulnerabilidad semejante a la de aquella noche, sentado sobre unas tablas húmedas, rodeado de hombres que apenas hablaban y mirando un horizonte que simplemente no existía.
El mar tiene una virtud extraordinaria. Una vez en sus manos, hace desaparecer la ideología.
Cuando una embarcación de apenas unos metros se enfrenta al Atlántico en mar abierto y con el viento en contra, dejan de importar las discusiones sobre fronteras, las estadísticas oficiales o las consignas políticas. Allí nadie es de derechas ni de izquierdas. Nadie es europeo ni africano. Todos somos igual de pequeños.
Todavía recuerdo el olor. No era sólo sal, era una mezcla de gasóleo, vómito, madera húmeda, ropa mojada y miedo.
El miedo también tiene olor. Y el silencio tiene sonido.
El motor trabajaba de forma constante, casi hipnótica, en medio de una tormenta casi perfecta. Nadie levantaba demasiado la voz. Cada conversación breve y agitada terminaba mirando al mar, como si las palabras pudieran desequilibrar la embarcación. «No me quiero morir», «sácame de este infierno», eran dos de las frases escuchadas a gritos dentro de la embarcación.
Fue entonces cuando comprendí algo que ninguna fotografía consigue mostrar del todo. La inmigración también pesa físicamente. Cada persona que sube a un cayuco ocupa un espacio que otro ya no podrá ocupar. Cada bidón de combustible resta sitio para el agua. Cada mochila obliga a dejar otra en tierra. Allí todo se calcula en kilos, como también la esperanza: la de aquellos hombres, mujeres, y niños, protegidos por impermeables amarillos en aquella travesía infernal que acabó en fracaso.
Nunca olvidaré ese color. Mientras el Atlántico parecía empeñado en borrar cualquier referencia visual, el amarillo permanecía vivo sobre la cubierta como si cada impermeable fuera una pequeña luz intentando abrirse camino entre la oscuridad.
Muchos años después sigo creyendo que aquellas imágenes hablan de una supervivencia que no todos lograron: dos de ellos fueron arrojados por la borda en medio de una discusión. La muerte también tiene un sonido.
James Nachtwey escribió que el fotógrafo documental debe convertirse en testigo de aquello que otros preferirían no mirar. Para ser exactos: «Lo importante no es que una fotografía cambie el mundo. Lo importante es que impida que alguien diga que no sabía lo que estaba ocurriendo.»
Ésa era la sensación que tenía. No estaba allí para demostrar una tesis política. Estaba allí para mirar y para que, algún día, nadie pudiera decir que aquello nunca ocurrió.
Entre las personas que viajaban había un hombre cuyo rostro se mostraba siempre sereno y sin alteración: era el «capitán del cayuco». Sabía, como los demás, que sus opciones eran dos: o triunfar tocando la costa española o morir en el intento. No había motivo para la inquietud, el destino estaba aceptado fuese cual fuese.
No era casual. Formaba parte de una de las organizaciones que controlaban aquellos viajes desde el norte de África y en esta le había llegado su turno.
Conviví con él durante la travesía y escuché sus breves conversaciones. Observé cómo imponía respeto sin levantar apenas la voz.
Las mafias existen. Viven de la desesperación ajena y convierten la necesidad en un negocio extraordinariamente rentable. Funcionan como una empresa y necesitan discreción y continuidad. Que el negocio no haga demasiado ruido.
Su actividad se basa en un flujo constante de personas, nunca en movimientos masivos capaces de atraer toda la atención internacional.
Por eso, cuando estos días observo lo ocurrido en Ceuta, sigo pensando lo mismo que aprendí hace años sobre el terreno.
Sería tan ingenuo atribuirlo a las redes criminales como explicarlo por la pobreza. Hay mucho más: expectativas, rumores, decisiones políticas, reformas legales. La percepción de que un determinado momento puede facilitar la permanencia en Europa, la actitud que adopta Marruecos respecto al control de sus propias fronteras.
Y, por supuesto, la situación económica y social de quienes viven al otro lado del Estrecho. Todo eso forma parte del mismo tablero. Negar cualquiera de esas piezas significa renunciar a comprender el conjunto.
Durante estos días se ha hablado mucho de las nuevas regularizaciones impulsadas por el Gobierno español y del mensaje que determinadas decisiones pueden transmitir entre quienes llevan años esperando una oportunidad para emigrar. También se ha debatido ampliamente sobre el papel desempeñado por Marruecos en el control de los pasos fronterizos y sobre la utilización de la presión migratoria como instrumento diplomático.
No me corresponde como fotógrafo resolver ese debate. Pero sí recordar algo que las imágenes enseñan con enorme claridad: ninguna persona se sube a un cayuco o se arriesga a nadar hasta morir o a saltar una valla de espinos porque haya leído el Boletín Oficial del Estado.
Lo hacen porque alguien le ha dicho que existe una posibilidad. Las noticias viajan por África con una rapidez extraordinaria y los rumores todavía más.
Recuerdo conversaciones en pequeños pueblos de Mauritania donde hombres que jamás habían salido de su comarca conocían con detalle reformas migratorias aprobadas en Europa pocos días antes. No sabían quién era el ministro de turno ni el partido que gobernaba, pero conocían perfectamente la parte de la noticia que podía cambiar sus vidas. Las esperanzas también emigran y lo hacen mucho antes que las personas.
Y, en el caso de Ceuta, interviene Marruecos. Lo aprendí allí. No en un despacho ni leyendo informes. Lo aprendí caminando sus calles, hablando con policías, pescadores, jóvenes, comerciantes y con quienes organizaban, desde la sombra, algunos de aquellos viajes. África me enseñó que casi nunca existe una única explicación para un problema complejo y mi cámara terminó confirmándolo.
En otra fotografía aparece un muchacho marroquí entrenando boxeo en una plaza. Lleva los guantes puestos. Golpea el aire con una intensidad que impresiona. Durante años pensé que era simplemente una buena imagen deportiva y callejera, pero hoy la leo de otra manera. Ya lo he dicho en más de una ocasión: la libre interpretación, que cada día que pasa se acerca más a la realidad. El romanticismo acaba, la verdad aparece.
No está boxeando contra un adversario. Está peleando contra el lugar donde le ha tocado nacer. Cada golpe parece dirigido a un futuro demasiado estrecho. Porque el verdadero combate no sucede sobre el ring sino mucho antes. Sucede cuando un joven descubre que su horizonte termina exactamente donde empieza el Estrecho de Gibraltar. Donde le han dicho que le van a ayudar y le van a solucionar la vida. Mentira.
Y entonces comprende que, al otro lado del agua, existe un país llamado España. Un país que durante décadas ha demostrado una enorme capacidad para integrar a millones de personas llegadas de todos los continentes.
Un país acogedor pero también un país obligado a ordenar un fenómeno extraordinariamente complejo. Ahí empieza el verdadero debate.
Hay una fotografía que nunca deja de incomodarme no porque sea especialmente dura sino porque obliga a hacer una pregunta incómoda.
Un hombre plancha ropa entre una nube de vapor en Tánger. Año 2004. La luz apenas consigue atravesar aquella niebla caliente. Durante unos segundos la lavandería deja de ser una lavandería y se convierte en un escenario casi teatral. Él continúa trabajando como si la cámara no existiera. Nunca entendí por qué esa imagen me perseguía.
Con el tiempo comprendí que no hablaba de una plancha sino del trabajo. De esa enorme cantidad de hombres y mujeres que cada mañana salen de casa para hacer exactamente lo mismo: intentar ganarse la vida. La estética dejó paso al mensaje.
La inmigración tampoco empieza en una patera sino en un empleo que nunca llegó.
Sebastião Salgado convirtió el trabajo humano en una epopeya visual. Sus mineros de Serra Pelada, sus campesinos, sus pescadores o sus trabajadores del café poseen una dignidad casi bíblica. Nunca fotografió la pobreza buscando compasión. Fotografió la capacidad del ser humano para resistir. Ésa es también la diferencia entre fotografiar África y utilizar África como decorado. La cámara puede humillar o puede dignificar; depende siempre de quien está detrás.
Susan Sontag escribió que fotografiar significa conceder importancia y yo, salvando las distancias, añadiría algo más: también significa asumir una responsabilidad. Porque cada vez que apretamos un disparador decidimos qué historia merece ser contada y cuál permanecerá invisible.
Durante años intenté que la cámara no hablara de la miseria. Intenté que hablara de las personas. Por eso otra de las fotografías que vuelvo a mirar estos días no muestra un cayuco o una patera. Muestra una familia con una jerarquía antigua y tradicional: el padre permanece sentado, la madre sostiene a uno de sus hijos y los demás permanecen de pie alrededor.
Nadie sonríe pero tampoco buscan compasión. Aceptan la presencia del fotógrafo con esa mezcla de dignidad y prudencia que tantas veces encontré en África.
Mientras los observaba comprendí algo que nunca olvidé. Y me repito en el esquema: toda migración comienza alrededor de una familia y no alrededor de una frontera.
Cuando un padre decide marcharse, nunca emigra una sola persona. Viaja toda la familia: los que se quedan, los que esperan, los que cada noche imaginan si el teléfono sonará desde Europa, los que venderán un pequeño terreno para pagar el viaje, los que rezarán para que el mar no reclame otro nombre. Emigra la esperanza. Por eso me cuesta tanto aceptar los debates simplificados.
Las palabras «inmigrante ilegal» o «efecto llamada» caben perfectamente en un titular pero no delante de una mesa donde una madre intenta decidir cuál de sus hijos tendrá más posibilidades de sobrevivir si uno de ellos consigue llegar a España. La realidad nunca es tan limpia como los discursos.
Hay otra imagen que hoy adquiere un significado completamente distinto.
Una fila interminable de hombres reza sobre la alfombra. Madrid, 2004. Todos inclinados y orientados hacia el mismo lugar. Todos aparentemente iguales. Pero es fácil comprender que ninguno comparte exactamente la misma historia.
Europa suele interpretar África únicamente desde la economía y eso es un error. El maestro Kapuściński insistía en que el continente no podía comprenderse sin entender el peso de la religión, de la tradición, de la familia y del tiempo. Y tenía razón.
Mientras nosotros organizamos nuestra vida alrededor del reloj, muchos pueblos africanos continúan organizándola alrededor de la comunidad, algo que también influye cuando alguien decide emigrar. Porque el viaje nunca pertenece a quien sube al cayuco sino al pueblo entero, a ese elegido que en teoría va a triunfar y llevar la prosperidad a su familia y a su pueblo.
En otra fotografía aparece un mercado de camellos en Nuadibú. 2006. Durante varios minutos observé cómo los compradores discutían, negociaban y caminaban alrededor de los animales y nadie prestaba atención al fotógrafo.
Henri Cartier-Bresson habría disfrutado allí. Las líneas visuales se cruzaban continuamente, los cuerpos construían una geometría cambiante, los camellos permanecían inmóviles con sus lamentos al aire mientras los hombres dibujaban un movimiento constante a su alrededor.
El instante decisivo no llegó cuando alguien levantó la mano ni cuando un animal avanzó. Llegó cuando todas aquellas miradas encontraron un equilibrio imposible durante apenas una fracción de segundo.
Las mejores fotografías nunca suceden porque el fotógrafo sea rápido. Saber esperar siempre ha sido una garantía de éxito: la luz, la confianza, la aceptación…
Esperar ha sido probablemente la mayor lección que me regaló África y que tardé muchos años en poner en práctica en mi vida: a un autobús, una conversación, la lluvia, una llamada, una oportunidad. Esperar sin dejar de pelear y trabajar.
Europa vive acelerada pero África aprendió hace siglos a convivir con otro ritmo.
Y quizá por eso entendí allí una idea que hoy vuelve con fuerza mientras observo lo que sucede en Ceuta.
Los movimientos migratorios se gestan lentamente, durante meses o años.
Por eso, insisto, me cuesta aceptar las explicaciones únicas. Hay otra fotografía que siempre vuelve cuando pienso en todo esto.
África mirando a España
Un viejo Peugeot, Saint Louis, Senegal, 2006, atraviesa una carretera cargado hasta un límite imposible. Colchones, bidones, utensilios domésticos, ropa, madera… Todo un hogar viaja sobre el techo del vehículo. Durante mucho tiempo pensé que aquella imagen hablaba de pobreza pero habla del movimiento. África siempre ha sido un continente en movimiento. Mucho antes de que Europa empezara a preocuparse por la inmigración.
Las caravanas cruzaban el Sáhara siglos antes de que existieran las fronteras actuales. Los comerciantes recorrían miles de kilómetros siguiendo las rutas de la sal, del oro o de los tejidos. Los pueblos se desplazaban buscando agua, pastos o seguridad.
Moverse forma parte de la historia del continente. Lo que ha cambiado no es el movimiento sino el destino. Y, sobre todo, el significado político que Europa atribuye a ese movimiento.
Mientras nosotros discutimos sobre porcentajes, cupos y reglamentos, ellos siguen hablando de trabajo. De comida. De futuro.
La cámara me enseñó una lección que nunca aparece en los informes oficiales.
La mayoría de quienes conocí no soñaban con Europa. Se imaginaban con una vida normal: con un empleo, con una casa, con formar una familia. Algo que ahora, ni siquiera nosotros, podemos casi soñar
Europa aparecía únicamente porque representaba el lugar donde esas tres cosas parecían posibles. Quizá por eso vuelvo a la fotografía de esta serie que puede ser la más importante. No muestra una frontera. No muestra un cayuco. No muestra una persecución policial.
Muestra una familia. Tonko Limba, Sierra Leona, 2003.
Porque toda historia sobre inmigración empieza exactamente ahí. Ni en Ceuta, ni en Canarias ni en Lampedusa. Empieza alrededor de una familia que un día descubre que el futuro ha dejado de vivir en su misma casa.
Y es entonces cuando alguien mira hacia el norte, hacia ese mar que separa dos continentes y une dos destinos. El mar nunca miente, sólo refleja aquello que cada orilla ha decidido construir frente a él.