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Mónica GarcíaEl Debate (asistido por IA)

El perfil

Mónica García: Ceuta somos todos menos ella

Ocupada en tuitear y dar canutazos sobre el polémico ático de Ayuso, la ministra de Sanidad salió tarde, el domingo 16 de agosto, probablemente desde su propio ático frente a El Retiro o desde su chalé en la urbanización de lujo de Cercedilla

La autoridad sanitaria en Ceuta se llama Mónica García Gómez (Madrid, 52 años). Aquí no hay una Isabel Díaz Ayuso ni un Juanma Moreno para echarle la culpa del colapso asistencial. Pues pese a su directa responsabilidad, la ministra de Sanidad de Pedro Sánchez por la cuota de lo que queda de Sumar tardó 17 días en acudir a esa ciudad española, invadida por más de 80.000 personas enviadas desde Marruecos, lo que generó desde el primer día un problema sanitario y focos de insalubridad en sus calles, denunciados por el Colegio de Médicos y por las enfermeras ceutís que clamaban contra una situación «sin precedentes». Ocupada en tuitear y dar canutazos a la prensa sobre el polémico ático de la presidenta madrileña, la ministra de Sanidad salió tarde, el domingo 16 de agosto, probablemente desde su propio ático frente a El Retiro o desde su chalé en la urbanización de lujo de Cercedilla –sumida en problemas urbanísticos–, camino de la ciudad que fue asaltada, por acción o por omisión, por el régimen de Mohamed VI y ante la negligente inacción del Consejo de Ministros al que pertenece desde noviembre de 2023.

Ese domingo del ecuador agosteño llegó García antes de lo previsto a la Delegación del Gobierno, dirigida por Miguel Ángel Martín, un sanchista al que discute casi todo el PSOE local, con la intención de que no hubiera ciudadanos en la puerta para decirle lo que piensan de ella, tras no haber tomado ni una medida efectiva para aliviar el colapso asistencial, precisamente en una de las dos circunscripciones –la otra es Melilla– que dependen directamente de su Ministerio y no de la Autonomía. Sin embargo, a su salida, un grupo de médicos del único Hospital en la ciudad autónoma, construido en tiempos de Aznar, trató de acercarse a ella, traspasando el cordón de seguridad de la Guardia Civil. La ministra corrió hacia el coche oficial mientras le dijeron de todo: dimisión, sinvergüenza, has abandonado al pueblo… Así que ella contraatacó llamando xenófobos a los ceutíes y racistas a sus médicos. Y todo por reclamar legítimamente atención ante el hacinamiento de los inmigrantes en calles y playas. Luego, terminaría su trabajo disparando contra el presidente Vivas, rompiendo la decencia institucional y echándole la culpa al único político que había estado en su sitio desde el primer momento. Bulo tras bulo, García regresó a la península desde donde sigue esparciendo su sectarismo.

La autollamada «médica y madre» ha completado su «semana horribilis» mofándose de los españoles de aquella ciudad autónoma al proclamar que «pueden estar contentos» con la gestión del Ejecutivo. Lo ha hecho en el Congreso, en una intervención en la que no hizo el jueves ni la más mínima autocrítica y desde donde volvió a cargar contra el PP y sus autonomías. Mientras el día 16 dijo que vincular inmigración y enfermedad es xenófobo, ocho días después reclamaba 45.000 vacunas a las comunidades porque su Ministerio no tenía ni una sola guardada, después de haber donado 100.000 viales en agosto de 2024 a varios países de África Central, de lo que alardeó en redes. Es evidente que estaba haciendo méritos para presidir la Organización Mundial de la Salud (OMS): si su jefa Yolanda Díaz aspira a la OIT, ¿por qué ella no iba a hacer lo propio con la OMS? Especialmente porque ambas son conscientes de que les quedan menos de un año de sueldo público y prebendas oficiales. Hasta un millón de euros tendrán que dedicar los Gobiernos regionales para la logística del traslado de los medicamentos a Ceuta, mientras ella gastaba las existencias en hacer carrera internacional. Ni una palabra de agradecimiento pronunciada por quien pasa por protagonizar una de las peores gestiones sanitarias que se conocen, marcada por la batalla del Estatuto Marco, la consiguiente huelga de los médicos, la polémica del MIR, la crisis de Muface y ahora con el desastre en una de las pocas sanidades que dependen de ella: la de Ceuta.

Anestesióloga del Hospital 12 de Octubre, líder de las mareas blancas, saltó a los medios al fiscalizar las decisiones sanitarias de Ayuso en la Asamblea y demonizar la contratación de Quirón para servicios y pruebas en los hospitales de Madrid, cuando ella hace lo propio en las dos ciudades autónomas. Si no hubiera sido por sus enfrentamientos con la presidenta del PP, donde iba a por lana y salía trasquilada, nunca habría adquirido el protagonismo que la llevó a arrebatar al PSOE madrileño la jefatura de la oposición en las elecciones que adelantó la presidenta en 2021. La delegada de Errejón, al que tapó cuando arreciaron las denuncias de compañeras por casos de acoso sexual, estrenó su antología de disparates en plena pandemia cuando apuntó simulando que disparaba con su mano al consejero del PP, Javier Fernández-Lasquetty. Pero lo mejor vendría después: justificó el gesto en los problemas de artrosis que padecía para luego reconocer que su feo comportamiento no se debió a razones médicas, sino a su irrefrenable vehemencia. Porque lo escandaloso de Mónica suele residir no solo en lo que hace o dice sino en cómo lo justifica. Así ocurrió también el día que la Asamblea le tuvo que notificar que devolviera 13.000 euros cobrados indebidamente como diputada autonómica, mientras estaba de baja como médica por un problema en un brazo. Desde 2015, la portavoz de Más Madrid había compatibilizado su escaño parlamentario con su trabajo como galena hasta que fue pillada y pidió la excedencia en el Doce de Octubre para dedicarse enteramente a Madrid. De nuevo, excusó que no se había dado cuenta de que no podía percibir simultáneamente dinero público de la Asamblea y de la Seguridad Social.

El penúltimo charco en el que chapoteó durante su periplo en la política madrileña le llevó a tenerse que tragar sus palabras contra el vicepresidente de la Comunidad, Enrique Ossorio, por haber cobrado el bono térmico destinado por el Gobierno de Pedro Sánchez, entre otras categorías, a familias numerosas sin límite de rentas. Después de pedir su cese, El Debate publicó que ella también lo percibía como madre de dos niños y una niña y mismas condiciones. De nuevo aquí miró al empedrado, en este caso, a su entonces marido Enrique Montañés –ejecutivo de una multinacional australiana con un sueldo que permitía a la familia vivir «a todo trapo», según Ayuso, en un ático junto al Retiro– al que responsabilizó de la economía doméstica. Su disculpa fue que ella no sabía que lo ingresaban en su cuenta común, donde tiene ahorrados más de 100.000 euros, según su declaración de bienes.

No sorprende que García, una alumna aventajada de Yolanda Díaz –con tantas ganas como ella de ver sus fotos en los periódicos y con la misma falta de lecturas–, dedique todo su tiempo como ministra a hacer ideología y campaña para las autonómicas madrileñas del próximo año. Ahora, Ceuta le ha puesto un espejo delante. Y lo que ha proyectado es una incuria que da miedo; incuria de la que, a buen seguro, habrán tomado buena nota los madrileños. Ceuta somos todos menos ella.