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Francisco Rosell
De lunes a lunesFrancisco Rosell

Ceuta no quiere ser «caballa» en conserva, ¿y el resto de España?

Los ceutíes se rebelan para que no les roben entre bambalinas su españolidad, con un Sánchez que dobla la rodilla ante el sultán que le hackeó el teléfono y le ha tomado una parte del país

Un joven manifestante ceutí, con su pancarta apelando a la resistencia de su ciudad

Una joven manifestante ceutí, con su pancarta apelando a la resistencia de su ciudadEuropa Press

En uno de sus libros más conocidos –Republicanismo: una teoría sobre la libertad y el gobierno–, el filósofo irlandés y profesor de la Universidad de Princeton, Philip Pettit, gurú del expresidente Zapatero, sostiene que una existencia decente se cifra en no precisar tener el ojo alerta a los humores ajenos y no tragarse sapos adulando con falsos halagos a quien trata de sojuzgarte. Buscando su aquietamiento o su clemencia, según Pettit, se agrava la vulnerabilidad ante quien te inflige daños a capricho. Sujetos a su arbitrario tira y afloja, se puede propiciar tal estado de incertidumbre que no requiere de la fuerza bruta para ejercer su dominio. Le basta con establecer una relación asimétrica, bien mediante la amenaza, bien a través de la interiorización de su poderío por quien es incapaz de sostenerle la mirada a quien se arroga la potestad de avasallarlo.

Con los pinceles de ese acuarelista del zapaterismo que fue Pettit, no cabe pintar un retrato más genuino de las desventuras que asolan Ceuta tras la «marcha azul» de Marruecos del pasado 30 de julio para adueñarse de la ciudad española y de cómo cronifica la crisis un Gobierno dizque español que agradece la felonía. Como Godoy dejando expedita la Península a las tropas napoleónicas para que el sire entronizara a su hermano José, denostado como «Pepe Botella», en la Corte del destronado Carlos IV. Si el pueblo de Madrid, secundando el bando del alcalde de Móstoles, se puso en pie contra una intrusión perpetrada con la avenencia de sus mandatarios, hogaño acaece con los caballas, apodo que portan con orgullo por su pasado pesquero, en defensa de su historia y de su existencia para que no los enlaten como la popular conserva.

Al grito de «¡Un caballa nunca se rinde!», se rebelan para que no les roben entre bambalinas su españolidad con un Sánchez que dobla la rodilla ante el sultán que le hackeó el teléfono y le ha tomado una parte del país implorando que no se le falte el respeto a Marruecos, por boca de su edecán Bolaños, lo que le ha cubierto de plácemes del mismo régimen alauita que blande la «guerra santa» para su ambición expansionista sobre las plazas norteafricanas de soberanía española. Para «Félix el Moro», pero con menos gracia que aquel genial cantaor, guitarrista y humorista melillense de nombre Emilio bajo ese remoquete, «no hay evidencias de que Marruecos haya liderado o impulsado la entrada masiva».

Al triministro sólo le faltó añadir lo de «ni las habrá», tan característico acompañante de los asuntos incómodos que se procuran enterrar. Como el del espionaje a Sánchez cuando le correspondía a él, como secretario entonces de la Presidencia, velar por la protección de las comunicaciones del presidente, y no al CNI, al que se desdeñó por desconfianza, si bien luego se aludiera a ese agujero en la seguridad para cargarle el mochuelo a la directora de «La Casa», Paz Esteban, cuando su defenestración fue una exigencia de los independentistas por haber monitorizado a los cabecillas de la tentativa de golpe de Estado en Cataluña.

Si Marruecos ganó en los despachos la Copa de África tras perder con Senegal en el terreno del juego, qué no podrá hacer con una España dispuesta a regalarle como propina la final del Mundial 2030

Después de su visita de pésame de 105 minutos al día siguiente de la violación de la frontera por sujetos nadadores no identificados, a modo de ovnis náuticos, y de pasarse tres semanas de «dolce vita» en el Palacio de la Mareta negando la declaración de situación de interés para la seguridad nacional, nadie puede fiarse de un traidor consumado como Sánchez. Si Marruecos ganó en los despachos la Copa de África de Naciones 2025, tras perder con Senegal en el terreno del juego, qué no podrá hacer con una España dispuesta a regalarle como propina la final del Mundial 2030. Siendo el perfecto agachado ante Mohamed VI, Sánchez ni protesta ni llama a consultas a la embajadora (como ha hecho con su colega italiano y antes hizo con Argentina porque el presidente Milei acusó a Begoña Gómez de corrupta), sino que arropa al agresor en contra de avisado por Philip Pettit sobre las secuelas que se derivan de la rendición preventiva.

A este respecto, el PSOE deambula de ser el partido abiertamente marroquí de Zapatero tras ser «presidente por accidente» a causa de la masacre yihadista del 11-M de 2004, luego de que González se desentendiera del Frente Polisario (con Argelia detrás) habiendo hecho bandera de ello como jefe de la oposición hasta desplazarse a los campamentos de refugiados de Tinduf, a ser partido satélite de Rabat olvidando –no se sabe bien a cambio de qué coimas y de qué lobbies– de que los países carecen de amigos y enemigos permanentes; solo son permanentes sus intereses, atendiendo a la consigna que Lord Palmerston imprimió a la diplomacia británica a mediados del siglo XIX.

Marruecos persigue que Ceuta se instale en el desasosiego y resulte una piedra en el zapato de los españoles que invite a estos a descalzarse

Por eso, Mohamed VI no va tener que reclamar ni la 'célula de reflexión' sobre la cosoberanía de Ceuta y Melilla que González le vedó a Hasán II y tratará de imponer sus hechos consumados haciendo su luz de gas a España y la Moncloa operando otro tanto con los españolas para que sus ciudadanos se debatan entre el desistimiento y el abandono, mientras se finge que no tiene lugar lo que está ocurriendo ante sus narices. Algo ya registrado en el País Vasco y en Cataluña. Así, Marruecos persigue que Ceuta se instale en el desasosiego y resulte una piedra en el zapato de los españoles que invite a estos a descalzarse.

Dado que el desorden y la turbación de la vida cotidiana entrañan el mayor castigo para un pueblo, ahí estriba la letalidad sorda de la guerra híbrida que desarrolla Marruecos en Ceuta con un doble objetivo: de un lado, desestabilizar políticamente al enemigo; de otro, hundir la moral de su población para que parta a la Península a rehacer sus vidas como en el éxodo vasco a causa del terrorismo ETA y catalán, en menor medida, con la «suspendencia» de 2017.

«Cuanto peor, mejor», alentaba Lenin para derribar al socialista revolucionario Kerensky al mando de la recién creada República de Rusia tras forzar la abdicación del zar Nicolás II. Para tal menester, Lenin encomiaba a sus adeptos «máxima flexibilidad táctica», pues «durante unas décadas no pasa nada; en unas semanas, pasan décadas».

Pero si Zapatero urgía tensión en su vis a vis televisivo con Gabilondo, Sánchez espolea el caos para aferrarse a la Moncloa arrastrando a la ciudadanía a la excepcionalidad en la que se agita cual escualo en aguas revueltas. En este sentido, Sánchez se pone siempre de parte de quienes atentan contra la soberanía nacional, dado que le pueden sujetar en la Moncloa prestándole sus escaños o acarreándole nuevos electores como esos votantes marroquíes de doble nacionalidad. El separatismo catalán ya introdujo ese enrolamiento para soslayar que la escasez de mano de obra fuera paliada por inmigrantes latinoamericanos de habla española como auspició Aznar por su mejor integración al compartir los valores de la cultura española.

Ante una crisis nacional de primer al rendirse las fronteras, lo que redunda en el eclipse de España sin que sean indispensables gafas especiales para verlo, los ceutíes lo tienen claro, pero ¿el resto de españoles también? Jugando con fuego, Sánchez ha desatado el incendio más voraz de su mandato tras entregar el Sáhara que actuaba de cortafuegos ante las apetencias expansionistas de la Monarquía alauita. Pero, ante el asalto de Ceuta, hay quien conviene como el bocazas del ministro Puente peloteando al 'Puto Amo': «Otra crisis más que resuelve Pedro Sánchez (…) y, una vez más, lo resuelve solo». Ante ello habrá que exclamar el consabido «¡Otra victoria más y estamos perdidos!», si no fuera porque, como avizoró Lord Byron, «apenas son suficientes mil años para formar un Estado, pero puede bastar una hora para reducirlo a polvo».

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