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Miles de inmigrantes continúan instalados en las calles de Ceuta sin que se vea una solución cercana

Decenas de inmigrantes en Loma ColmenarHugo Marugán

Reportaje

Ceuta, 40 días después de la invasión: así es el día a día de una ciudad al borde del colapso

El Debate ha recorrido las calles, playas, montes y fronteras de una ciudad que sigue conviviendo con la entrada ilegal de decenas de miles de inmigrantes hace más de un mes

Encontrarse el centro de Ceuta abarrotado a las nueve de la mañana de un día festivo habría sido, hasta hace apenas unas semanas, algo difícil de imaginar. Una escena de otro tiempo. Pero en Ceuta se viven otros tiempos.

Varios residentes de la ciudad autónoma coinciden en que las primeras horas del día se han convertido ahora en el momento preferido para salir a pasear, hacer algo de ejercicio o ir a comprar. Aproximadamente hasta el mediodía, cuando las calles todavía están más tranquilas. «Es cuando ellos duermen», cuenta a El Debate Elena, una ceutí de 40 años que aprovecha las primeras luces del día para sacar a pasear a su perro.

Ese «ellos» al que se refiere Elena son los inmigrantes que llegaron a Ceuta de manera ilegal el pasado 30 de julio. Fueron alrededor de 80.000 personas las que cruzaron desde Marruecos durante aquellas horas y, casi cuarenta días después, la ciudad sigue tratando de recuperar una normalidad que todavía parece lejana. Es difícil saber cuántos permanecen en Ceuta, ya que muchos siguen visibles en las calles, en las playas o en los asentamientos improvisados de los alrededores, pero otros permanecen ocultos en el monte, en cuevas, en garajes o, según relatan vecinos, en viviendas ajenas. Basta recorrer Ceuta durante unas horas para comprobar que el 30 de julio todavía no ha terminado.

En el centro, sin embargo, la primera impresión es otra. Las terrazas continúan llenas, los comercios abren sus puertas y las banderas de España y de Ceuta forman parte del paisaje cotidiano. La ciudad conserva buena parte de su apariencia de normalidad, pero no es más que un trampantojo. La situación cambia en cuanto uno se aleja de las calles principales y comienza a adentrarse en los barrios periféricos.

Omar lleva toda su vida en Ceuta. Es de origen musulmán y conoce como pocos los equilibrios sobre los que se ha construido durante décadas la convivencia en la ciudad. Ahora observa con indignación algunos cambios que, a su juicio, van mucho más allá de la llegada de miles de personas. «Estoy indignado, porque esto afecta a todas las personas que hemos vivido aquí perfectamente estos años. Detalles como esperar tu sitio en una cola o respetar los asientos del autobús se están perdiendo. Se está entrando en un descontrol tremendo», explica.

La otra ciudad

Es en esos barrios periféricos donde se pueden apreciar las consecuencias de la invasión. Cerca de la frontera del Tarajal se encuentra Loma Colmenar, donde las huellas de la llegada masiva siguen siendo visibles. Basta pasear por sus calles para ver construcciones improvisadas, centenares de personas durmiendo en las calles, niños lavándose los dientes con el agua que cae de un edificio y asentamientos improvisados en cualquier esquina.

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Vivienda improvisada en la zona del Tarajal, con una persona durmiendo dentroHugo Marugán

Es también la zona del Hospital de la ciudad y de uno de los grandes supermercados de la misma, lo que dispara la presencia militar y policial en sus alrededores. «Vas a comprar el pan y te encuentras con camiones militares en la puerta, pero les estamos agradecidos. Esta zona es la más afectada», señala Pablo, un vecino ceutí, señalando a El Príncipe, la barriada donde se sospecha que se alojan miles de inmigrantes hacinados en garajes o trasteros que alquilan por cientos de euros. «Allí no se atreve a entrar ni la Policía», señala.

Marcos trabaja en una empresa de seguridad y asegura que la sensación de peligro se percibe especialmente cuando se abandona el centro. «La sensación de inseguridad es palpable. En el centro todavía se está bien, pero fuera cada día hay más robos y problemas», afirma. Y añade una preocupación que va más allá de la seguridad: «Yo lo miro sobre todo por la parte del turismo. Ya recibíamos pocos, pero ahora, ¿quién va a querer venir aquí?».

Es una pregunta que se repite entre algunos residentes, que recalcan que Ceuta ya tenía dificultades para atraer visitantes antes de la crisis. «Son pequeñas cosas que van haciendo una bola grande», afirma otro vecino, un taxista de la ciudad que lo resume así: «Hay que agradecer a las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad, pero esto no puede seguir así. Hay inmigrantes repartidos por todos lados. El Gobierno dice que quedan unos 10.000, pero tienen que ser más, porque hay muchos que no se ven». El mismo taxista cuenta que su hija tenía previsto pasar el verano en Ceuta, pero finalmente decidió no hacerlo por miedo.

Otra mujer con la que habla este periódico en el centro asegura que tampoco se siente completamente tranquila y que lleva siempre un bote de laca en el bolso «por si acaso». Alfonso, por su parte, tiene previsto comenzar la próxima semana a impartir clases de autodefensa a algunas personas. «Es necesario en estos momentos», explica.

El regreso de los niños

Sea como fuere, uno de los grandes puntos de inflexión en esta crisis llegará la próxima semana, cuando los colegios vuelvan a abrir y, con ellos, regresen a las calles miles de niños que durante las vacaciones han permanecido alejados de las rutinas escolares.

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Ejemplos de asentamientos de inmigrantes repartidos por CeutaHugo Marugán

Sofía –prefiere dar un nombre inventado– trabaja en un colegio infantil y reconoce que piensa en la vuelta a las aulas con cierta preocupación. «Me da miedo pensar en tener que volver sola cuando acabe la jornada, pero imagina a los niños y niñas pequeñas. Chavales que tienen que coger el autobús, que van andando. ¿Ellos qué van a hacer? Se tienen que ir a casa cuando acaben las clases, no van a poder quedar con sus amigos en la calle o ir a extraescolares», relata.

Por si fuera poco, en los últimos días algunos vecinos han protestado contra la instalación de nuevos espacios destinados a acoger a los inmigrantes llegados durante la crisis en el entorno de una escuela infantil. «¿Hasta dónde tenemos que ceder?», lamenta un vecino.

En su queja se nota la desesperación de muchos ceutíes, que han visto cómo, en pleno verano, con el calor acechando, se han quedado sin playas, sin fiestas, y ahora también sin el puerto, después de la decisión del Gobierno de instalar allí un alojamiento temporal para más de un millar de personas, una propuesta que había sido rechazada previamente por la Autoridad Portuaria de Ceuta.

En el Tarajal, la frontera entre España y Marruecos, la escena cuarenta días después resulta casi paradójica. Hay poco movimiento, los controles funcionan con normalidad y nada hace pensar, a simple vista, en las decenas de miles de personas que atravesaron aquella frontera durante la jornada del 30 de julio. Pero basta girar la mirada y mirar la barriada de El Príncipe o a las decenas de inmigrantes que estén bajando la colina en esos momentos.

Tan raro como ver las calles repletas por la mañana de un día de fiesta, es encontrarlas semivacías por la noche. «La gente ya no tiene ni ánimo, ni ganas ni se siente con seguridad para estar fuera de casa por la noche», afirma un camarero de un bar del centro de la ciudad. «¿Qué le han hecho a mi ciudad? Por favor, que esta es mi ciudad», recalca.

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