Decenas de personas siguen intentando cruzar la frontera, a 31 de julio de 2026, en Ceuta (España)
Ceuta ya no existe
Las acusaciones de racismo no son el producto del sectarismo propio de este Gobierno, son un paso necesario dentro de su estrategia de tensión
Ceuta, una pequeña ciudad de poco más de ochenta mil habitantes, ha sido a finales de julio el objetivo de una acción hostil de Marruecos con la entrada masiva de decena de miles de inmigrantes, en su mayoría marroquíes. Durante semanas, el Gobierno central, además de respetar con el máximo rigor el periodo vacacional del presidente del Gobierno, se limitó a ganar tiempo, sin ofrecer respuestas y evitando señalar a Marruecos como responsable de la utilización deliberada de la inmigración para presionar a España. Todavía desconocemos las razones de la inacción del Gobierno español: ¿inutilidad, cálculo político o algún tipo de acuerdo previo?
Desde hace más de cuarenta días, los ceutíes vivimos entre la desesperanza y el abatimiento al comprobar que quienes tienen la obligación de protegernos se dedican a culpar a los propios ceutíes de la situación. El Gobierno de Pedro Sánchez, sus medios afines y determinados sectores de la izquierda política han trasladado sobre la sociedad ceutí una sospecha permanente: la de que reclamar seguridad y denunciar las consecuencias de la invasión equivale a ser racista o xenófobo. Para el Gobierno y sus medios progubernamentales no basta con soportar las consecuencias de la ocupación; los ceutíes, además, tienen que demostrar constantemente que no son racistas. Y se lo exigen a una ciudad que ha hecho de la convivencia uno de sus rasgos identitarios.
Desde hace más de cuarenta días, los ceutíes vivimos entre la desesperanza y el abatimiento al comprobar que quienes tienen la obligación de protegernos se dedican a culpar a los propios ceutíes
Ceuta tenía uno de los índices de criminalidad más bajos de España. Tras la invasión se han multiplicado por siete las agresiones sexuales, algunas de ellas han sido violaciones grupales a menores, se han multiplicado por diez los delitos, peleas, robos, ocupaciones de espacios públicos y otros episodios que han alterado profundamente la vida cotidiana de la ciudad. El Ejército, al que de vez en cuando atacan y apedrean los inmigrantes, tiene que custodiar los supermercados para evitar los saqueos. Y la respuesta del Gobierno ante esta situación ha sido la de acusar de racismo a los ceutíes. La ministra de Sanidad llamó xenófobos a los ceutíes por referir el aumento de la criminalidad tras la invasión: los inmigrantes no delinquen, los inmigrantes no traen enfermedades, para sin solución de continuidad solicitar a las comunidades autónomas cuarenta y cinco mil vacunas. En un sentido similar el ministro de Interior tildó de exagerados a los ceutíes y que lo que estábamos viviendo, esos picos de inseguridad, eran subjetivos.
La estrategia escogida por el Gobierno es dejar a miles de inmigrantes en la ciudad para hacerla invivible, que los ceutíes vean limitados sus derechos básicos, que la tensión acabe estallando
Pero es que estas acusaciones de racismo no son el producto del sectarismo propio de este Gobierno, son un paso necesario dentro de su estrategia de tensión. Las declaraciones del presidente Sánchez en las que advertía a los ceutíes que tendrían que acostumbrase a la situación de invasión, que Ceuta va a ser convertida en un gigantesco CETI, confirmaban que es la estrategia escogida por el Gobierno: dejar a miles de inmigrantes en la ciudad para hacerla invivible, que los ceutíes vean limitados sus derechos básicos, como el de la integridad física, que la tensión acabe estallando y se produzca una reacción de indignación colectiva, a continuación el Estado podrá usar la máxima dureza y represión contra los ceutíes para «restaurar el orden» y sus terminales mediáticas terminarán la tarea de criminalización mediática. Este es el guion que sigue el Gobierno y que Marruecos sabrá aprovechar para aumentar sus reclamaciones con la excusa de que Ceuta es un problema para España.
Y mientras, nos entretienen con juegos florales sobre si la información previa existió, si solo eran unos mensajes y no información oficial, si no se podía saber la magnitud, etc., cuando lo importante y determinante ha sido la reacción del Gobierno una vez producida la invasión.
El resultado cierto es que Ceuta ya no es la misma. La Ceuta que conocíamos ya no existe. A Ceuta le han robado su futuro.