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Diez años después de resucitar de entre los muertos, Sánchez lo intenta de nuevo

Hace una década, Pedro Sánchez salió de Ferraz derrotado por su propio partido. Hoy, aquel episodio que parecía el final de su carrera política se contempla como el comienzo de su segunda vida: la del dirigente que regresó contra el aparato socialista, conquistó de nuevo el poder y transformó el partido a su medida

Retrato de Pedro Sánchez

Retrato de Pedro Sánchez

Alborea octubre en el templado otoño madrileño de 2016. Tras las elecciones de diciembre, los resultados dan dos bloques muy igualados, que dependen de los nacionalistas. Así que se repiten elecciones en junio de 2016. Nadie suma de nuevo y la izquierda pierde un 2,5% de votos. Un aventurero socialista, que se propone mandar a los ciudadanos por tercera vez a las urnas, entra en Ferraz para ser derrotado por su propio partido, al que malbarataba desde dos años antes y desde cuya dirección había amenazado con pactar con el comunismo populista de Podemos y con el separatismo que odia a España. Es decir, con borrar las señas del socialismo de Felipe González. Los barones, con el presidente asturiano Javier Fernández y la candidata andaluza Susana Díaz a la cabeza, han decidido que, si quieren mantener la identidad de su partido, Pedro Sánchez Pérez-Castejón, el del «no es no», no puede seguir ni un minuto más en Ferraz. Y es que no solo ha incumplido su obligación institucional de permitir, con una abstención, que el candidato más votado, Mariano Rajoy, revalide Moncloa evitando así la parálisis política, sino que ha llevado a sus siglas a tocar fondo electoral con 90 escaños y un escaso 22 % de votos, pulverizando la peor marca firmada por Rubalcaba en 2011.

Un bochornoso comité federal da comienzo ese 1 de octubre. Hoy, diez años después, esa formación agoniza y su futuro y el de España ya no se deciden en sus órganos internos, sino en los psicodramas de Pedro Sánchez: en 2024 por la imputación de su mujer, este fin de semana por su doble incapacidad para solucionar el problema de la vivienda y para aprobar dos decreto-basura porque su casero, Puigdemont, ha decidido desahuciarle. En ese otoño de hace una década el partido quiere defenestrar a ese candidato al que apadrinó Pepe Blanco y al que vendió por las redacciones madrileñas como un socialdemócrata moderado, con ideas liberales, que solo iba a ser un remiendo pasajero hasta el advenimiento de la baronesa andaluza. Pero, a quien paseaba realmente por la villa y corte el exministro de Zapatero, era a un político carente de principios que padecía una enfermedad del alma: la ambición enfermiza por el poder, por el que sería capaz de cualquier cosa, como al cabo del tiempo se demostró. En 2014 fue socialdemócrata frente a Madina y en 2016 se vistió de bolchevique para enfrentar a las bases contra Susana Díaz y el aparato socialista.

Ese PSOE, aunque por poco margen, lo destituye esa mañana entre gritos de «¡pucherazo!». Las imágenes que han trascendido de esa jornada «para olvidar», según algunos de sus protagonistas, muestran a un partido roto, enfrentado y dividido. Tres adjetivos que hoy, ocho años después, pueden aplicarse con precisión a España. El causante de esa ruptura es el mismo que este fin de semana se va a dedicar a calibrar si la polarización que han generado sus dos decretos de vivienda, tumbados por Junts, le puede abrir una ventana de oportunidad para adelantar las elecciones que tiene perdidas según todas las encuestas, menos el CIS de su hagiógrafo, José Félix Tezanos.

Casi doce horas dura ese comité que Sánchez intenta ganar, con una urna escondida entre las sombras. Las imágenes del ya exlíder saliendo en el coche por el garaje muestran a un iracundo político que vive el fin de una escapada. Pero solo fue el primer frenazo. En sus ojos se adivina la necesidad de acabar con el PSOE que lo ha mandado a casa. Y, desde entonces, solo ha vivido para algo: la venganza. Contra todos: desde luego contra su partido, pero también contra la posibilidad de cualquier alternancia en su país. Lo que no saben entonces sus compañeros, que fuerzan su salida con la dimisión de la mitad más uno de su ejecutiva, es que han creado un monstruo que dinamitaría al PSOE para alumbrar un partido asambleario, una formación que le permitiría resurgir con el apoyo de las bases más extremistas, que sentían ya el aliento de Pablo Iglesias en el cogote, con cinco millones de votos. Si no puedes con tu enemigo, róbale el programa. Eso hizo Sánchez con Podemos.

A partir de ese día, y a bordo no de un «Peugeot 407», sino del Mercedes que le presta su amigo Juanma Serrano, hoy investigado en el «caso cloacas», recorre España, junto a Koldo, Santos y Ábalos, en un «proceso de escucha» para torcer la voluntad del aparato de Ferraz. Dice que va a escuchar a los militantes y termina engañándolos de nuevo y resucitando de entre los muertos. El destronado líder consulta a Begoña Gómez y al propio Serrano sobre la posibilidad de emprender la reconquista. Muerto el perro, no se había acabado la rabia, como pensaban sus compañeros. El partido se había equivocado al retrasar el Congreso para elegir a Susana Díaz como candidata, lo que dio tiempo al hoy presidente a contraatacar y vender la especie de que los barones se habían vendido al PP con la abstención. Siete meses después de su caída, gana Sánchez en las primarias a la líder andaluza y poco más de un año después, presenta una moción de censura y se convierte en jefe del Ejecutivo. El PSOE se transforma desde entonces en un partido cesarista, en el que mueren todos los contrapesos, y el propio Comité Federal es papel mojado. Prometió venganza y lo cumplió. Es su única promesa satisfecha.

Hoy su perfil afilado y nervudo ha llegado al límite; hasta el Almodóvar de los paraísos fiscales y terrenales lloró por él cuando se tomó cinco días de reflexión tras la imputación de su mujer. Sus acólitos, periodistas del régimen incluidos, saben que los complejos y el rencor mueven montañas. Por eso claman para que no se vaya -les va la pitanza en ello-, y hacen rogativas para que si decide disolver las Cortes mañana, al calor de una ventana de oportunidad que le puedan otorgar las encuestas-flash que ha encargado, tenga todo muy atado. Porque dar la voz a la calle, cuando la has agitado hasta el extremo por el problema de la vivienda que no has solucionado durante ocho años, es como lanzar una moneda al aire. Tras aquel comité federal de hace una década le salió bien hacerse la víctima. Ahora, los estragos que ha dejado en forma de crisis institucional, política, de convivencia y constitucional pueden ser su tumba, de la que es difícil salir dos veces.

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