Fundado en 1910

Pedro SánchezEl Debate (asistido por IA)

El perfil

El retrato de Dorian Sánchez

El día que salga del poder intentará quemar el cuadro de Dorian, igual que la tierra que ha calcinado a su paso

Pedro Sánchez Pérez-Castejón (Madrid, 54 años) pactó con el diablo que, tras ocho años en el poder y después de cometer todos los desmanes posibles, incluso los imposibles, sería su retrato de España el que pagaría las consecuencias de su turbia alma, sería la pintura la que envejecería, la que se cuartearía, la que sufriría la entropía cromática en los colores pintados por los padres de la Constitución, la que se marchitaría a fuerza de descomponer su lustre. Sin embargo, él, como en El retrato de Dorian Gray, de Oscar Wilde, mantendría su vigorosa juventud y conseguiría, como premio, mantenerse en el poder in aeternum: más que Suárez, más que Aznar, más que Zapatero, más que Rajoy, al que echaría de la política, hasta acechar el récord de Felipe, un traidor a su causa que osó desenmascararle. No más que Puigdemont, su casero. Él dio paso a la legislatura maldita con sus siete votos; él la ha liquidado tumbando los decretos de vivienda; y él va a disfrutar de la impunidad que le prometió Sánchez. Hubo deshonra y hay guerra: la primera es nuestra, la segunda ha sido ganada por el forajido.

El lunes pasado, en las escalinatas de Moncloa, mientras volvía la burra de la propaganda al trigo electoral, Sánchez se parecía más a su retrato envejecido de lo que le gustaría. Con un deterioro indisimulable, con una crispación mandibular y una delgadez extrema, Dorian Sánchez intentaba distraer esta vez con el trampantojo de la vivienda –y, después, con el uso obsceno de la muerte de Maricarmen Abascal– para que su retrato siga colgado incólume de las paredes de la Presidencia del Gobierno. Encuestas, asesores, susurros interesados, le convencieron durante el fin de semana de retiro, como cuando se aisló cual hombre enamorado por la investigación a su esposa, de que había que volver a intentarlo: los escrúpulos nunca le han alcanzado, pero puede hacerlo la justicia y es mejor que la imputación te pille aforado, aunque sea en la oposición, le dijeron.

El joven de familia burguesa, que estudio en el Centro privado María Cristina y se doctoró, con fraude, en otro de pago, llegó a la política por carambola como concejal del Ayuntamiento de Madrid. Allí hizo pandilla con Juanma Serrano y su mujer Isaura Leal. Casado ya con Begoña Gómez, hija de una familia dedicada al negocio de las saunas, algunas con final feliz, solo tenía que esperar un tiempo, escondido en el grupo municipal socialista, para dar el paso a la política nacional. Nacido un 29 de febrero del bisiesto 1972, Pedro solo puede celebrar su onomástica cada cuatro años. Sabe que todo en él es excepcional: la probabilidad de nacer en esa fecha es de una entre 1.461. Es lo mismo que le ocurre, por ejemplo, a Ken Foree, actor de El amanecer de los muertos. Pura metáfora.

Es Pedro el mayor de dos hermanos varones de una acomodada familia muy vinculada al PSOE (su padre ocupó un cargo cultural con Felipe González), fue alumno del Ramiro de Maeztu, en cuyo equipo de baloncesto, el Estudiantes, jugó, y ha tenido una vida fácil, alejada de cualquier apuro económico, y sin embargo rezuma un resentimiento patológico. El hijo de Pedro, administrador de una empresa de embalajes, y Magdalena, funcionaria de la Seguridad Social, tiene un único hermano, David, músico juzgado y condenado a nueve meses de inhabilitación por gozar del nepotismo familiar promovido por el presidente socialista de la Diputación de Badajoz.

No obstante, su carrera política arrancaba en 2004 como anodino edil madrileño, para, diez años después, suceder inopinadamente a Pérez Rubalcaba como secretario general del PSOE. En aquellos comienzos de siglo, su amigo de idas y venidas Óscar López, hoy ministro y candidato madrileño, lo colocó de tertuliano en las teles más modestas para que fuera fogueándose en la polarización: terminó de polemista en el programa de Telecinco Moros y cristianos, presentado por Jordi González, en el que –repeinado y con gomina– defendía al PSOE de los GAL. Pepe Blanco lo promocionaba por las Redacciones como un líder moderado de la socialdemocracia española y, como no tenía empleo, lo mantenía a sueldo en Ferraz.

Pedro Sánchez y el fallecido Alfredo Pérez RubalcabaEuropa Press

Relata Rosa Díez en su libro Caudillo Sánchez, que el hoy reelegido presidente participaba en los órganos de Caja Madrid, recibía regalitos del Consejo y jamás se opuso a ninguna de las decisiones que llevaron a la caja madrileña a la ruina y que dejó sin ahorros a los jubilados de la capital. Pero él lo ocultaba en Ferraz, y cuando empezó a ascender y sus compañeros le interpelaban, lo negó hasta el final. Además, tampoco decía la verdad sobre su licenciatura: no había hecho la carrera en la Complutense ni era la especialidad de Económicas la que había estudiado, sino que había cursado Empresariales y en un colegio privado, el María Cristina, adscrito a la UCM. Un nuevo embuste. Luego vendría otra trola académica: el doctorado, indocto.

Además, en el PSOE no gustaba el negocio tan poco feminista que regentaba su suegro, el padre de la mujer con la que casó en boda oficiada por Trinidad Jiménez en 2006, y madre de sus dos hijas. También este secreto en su familia política lo ocultaba. Con esa mochila de trolas a la espalda concurrió a las primarias contra Madina en 2014. Hay quien cuenta que después de la ceremonia de coronación de Felipe VI el 19 de junio de 2014, corrió a un hotel de lujo de Madrid a reunirse, entre otros, con Zapatero –que luego se pasaría a Susana Díaz– para granjearse su apoyo. Ganó al socialista vasco, el ojo derecho de Felipe y Rubalcaba, y como candidato del PSOE se enfrentó al ya presidente Mariano Rajoy en las elecciones primero de 2015 y luego repetidas en 2016; las que perdió estrepitosamente perforando el suelo electoral del socialismo con 85 escaños y desgarrando a su partido, que ya había tocado fondo con Rubalcaba en 2011. Hoy tiene compañeros que no entienden cómo Susana Díaz fue tan ingenua al elegirle para que le guardara la silla de Ferraz hasta que ella tuviera a bien dejar Andalucía para sentarse en el trono socialista. Tuvo que ponerse la piel de cordero de centrista moderado para ganar a Eduardo Madina, y luego la de lobo feroz y hacerse radical para vencer a la baronesa andaluza. Mudando la piel como los lagartos. Si alguien iba a envejecer sin cambiar el cutis sería su retrato. Él no.

En el otoño de ese año de debacle electoral, cuando el PSOE lo quería defenestrar en un encarnizado comité federal por no facilitar la investidura de Rajoy y mostrarse dispuesto a pactar con la izquierda populista de Iglesias y los proetarras de Otegi, sometió a votación la convocatoria de primarias y terminó colocando una urna de pega escondida tras una cortina, sin interventores ni censo ni control de los votos, para evitar así su caída de la secretaría general. Su carrera comenzó, pues, con un intento de pucherazo, práctica que repetiría desde que ocupa Moncloa, sobre todo en 2023, cuando compró los siete votos de un fugitivo, al que acaba de amnistiar Cándido en su túnel de lavado, para ser presidente del Gobierno de España a precio de oro: dinamitar la Constitución española.

Sánchez en una imagen de archivo junto a Carles Puigdemont

El día que es echado de Ferraz y entrega su acta de diputado, tomó un mercedes para ir a escuchar a los militantes y terminó engañándolos de nuevo. Alguien le dijo a Rubalcaba que lo echara del partido y el socialista fallecido contestó que «no había problema porque fuera del Congreso de los Diputados no había vida». El autor del exitoso remoquete del 'Gobierno Frankenstein', del que Sánchez intenta montar una cuarta edición a partir de 29 de noviembre, se equivocó estrepitosamente, como antes lo hicieron los barones: trató al personaje como un político al uso, un hombre con límites morales. Y aunque el susodicho estaba destinado al olvido, aprovechó la radicalización de las bases del PSOE que había iniciado Zapatero para hacerse de nuevo con el poder.

El secretario general repuesto profundizó enseguida en la vía abierta por ZP: para triunfar había que odiar más al PP que a ETA, rompiendo todos los pactos de Estado con el otro partido de Gobierno y fomentando la división de la derecha democrática para que surgiera un partido a la derecha del PP, con el fin de que la izquierda, aun perdiendo las elecciones, se instalase por siempre en el poder gobernando con el independentismo y el podemismo. Fue cavando las peores trincheras guerracivilistas, usando a Franco como comodín para encender a sus bases más radicales y vendiendo fábulas antifascistas que le llevarían, como se ufanó ante un ministro que le dimitió días después de ser nombrado, «a pasar a la historia».

Sobre esos cimientos planteó una moción de censura en 2018 y, en su segunda resurrección, la ganó sobre la base de un párrafo torticero incluido por un juez amigo en la sentencia de la trama Gürtel, para así consagrar el marco mental de que Rajoy era un corrupto, presidente al que negó cualquier pacto mientras fue el jefe de la oposición con el conocido «no es no». Entronizado sin haber ganado las elecciones, revalidó el poder en 2019 sobre un suelo de mentiras: el mismo que unos años antes había definido como «populista» a Podemos y ya en el poder rechazado pactar con los morados «porque no dormiría tranquilo», hoy los tiene todavía sentados en su último Consejo de Ministros en su versión yolandizada. Además, arrostra la imputación no solo de su mujer y hermano, sino de sus dos consecutivas manos derecha, la condena de su fiscal general del Estado y se expone al procesamiento de su partido por financiación ilegal y por montar una suerte de cloacas con la que acabar con guardias civiles, jueces –la jueza Biedma lo sabe bien– y fiscales que le investigan.

El día que salga del poder intentará quemar el cuadro de Dorian, igual que la tierra que ha calcinado a su paso. Pero realmente será él, in articulo mortis, quien absorberá todo el peso de sus ignominias. Luego España tendrá que afanase para recuperar lo que perdió un 1 de junio de 2018.