Los horribles años Sánchez
Un tercer mandato suyo marcaría en España el borrado de hasta las últimas huellas de la división de poderes
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, durante el discurso del Papa en el Congreso de los Diputados
Pedro Sánchez fue un personaje anómalo desde los inicios mismos de su ascenso en el aparato del partido socialista. Jóvenes con voluntad de trepar a cualquier precio los ha habido siempre en el PSOE. Desde la transición hasta hoy. Es casi el rasgo definitorio de aquella organización creada por designio de los Estados Unidos en el momento resolutorio de la Guerra Fría. Cuando primero Portugal y luego Grecia apuntaron una oscilación hacia la hegemonía soviética en las salidas al Mediterráneo y al Atlántico.
El PSOE de González y Guerra nació de una amalgama muy fechada: financiación estadounidense y alemana, más retórica herencia de un viejo socialismo borrado durante la cuarentena franquista. Era una rentable mezcla electoral. Mientras el equilibrio de ambos componentes fuera mantenido. Un bandazo de riesgo se produjo cuando el referéndum OTAN. Salvado el obstáculo, los años González avanzaron conforme a la previsión inicial. Hasta un agotamiento, tras el cual, todos pensábamos que España iba a entrar en un muy convencional sistema de alternancia. Muy aburrido. Muy deseable.
Llegó entonces Zapatero. Había habido, poco antes, el atentado de las Torres Gemelas. Y, con él, el inicio de un conflicto mundial en el cual seguimos hoy chapoteando. Zapatero había tenido el mal gusto de ofender a la bandera estadounidense en el curso de un desfile militar en Madrid. Pero, por aquel tiempo, el personaje era tan insignificante que ni le dimos excesiva relevancia: búsqueda de foto vistosa y basta. Era más que eso. Llegado a la presidencia del gobierno, tras el más atroz atentado sufrido por nuestra nación, Zapatero perseveró en la ofensa: retiró las tropas de apoyo que operaban como fuerza de paz en Irak. Y todo el trabajo diplomático de los veintiséis años precedentes fue arrojado a la papelera. Y España volvió a quedar internacionalmente fuera de juego.
Lo que vino después del angelical Zapatero fue, para el PSOE, un caos que parecía sin fondo. Entre 2004 y 2011, Zapatero generó la mayor ruina que un primer ministro haya desencadenado en la España contemporánea. Para compensar el descontento generado por su perfecta incapacidad para afrontar la gran crisis, no tuvo mejor idea que la de resucitar la guerra civil, a de tres cuartos de siglo de distancia. Era una perfecta locura. Pero hay locuras que están ancladas en los rincones más oscuros de un alma colectiva. Al cabo de veintiséis años ya de Constitución normalizada, el retorno a los símbolos de una nación desgarrada en la matanza fraterna de 1936 era un estupidez casi impensable. Pero fue el primer elemento con el que José Luis Rodríguez Zapatero, de la mano del fantasma de su fusilado abuelo, buscó conmover a la cofradía en el discurso mismo de su investidura ante el Parlamento.
Por aquellos días de inicio de siglo, un joven, no muy brillante pero sí muy agraciado, emprendía la escalada hacia las zonas confortables de la pirámide socialista. Su ascenso definitivo acabaría por estar ligado al más turbio de los ministros zapateriles. En su imprescindible libro Pedro Sánchez, historia de una ambición, Joaquín Leguina lo describía como uno más en aquella peculiar corte en torno al indocto ministro de Fomento. «Pepe Blanco se rodeó de muchachos a cual más gallardo». Además de esa virtud y de su notable estatura de baloncestista, no consta que el joven Sánchez Pérez-Castejón sobresaliese por nada.
Pedro Sánchez y Begoña Gómez durante la misa del Papa en la Sagrada Familia
Fueron los años en los que alguien, en el partido, se las apañó para conseguirle el equipo de negros que le redactase una tesis doctoral. Los negros, que no debían de tener maldita la gana de perder el tiempo con aquel paniaguado, se limitaron a plagiar media docena de publicaciones. A él, naturalmente, ni se le pasó por la cabeza repasar el mazo de folios regalado. Años más tarde, y ya como presidente del gobierno, ese sería su primer escándalo moral. Pedro Sánchez exhibía en su currículum una tesis doctoral plagiada. Por idéntica acción, ministros y altas autoridades europeas habían tenido que dimitir en los decenios precedentes. Pero, ¿qué es el plagio de una tesis para un talante como el de Pedro Sánchez? Hubo algo de revuelo. Y eso fue todo. Hasta el día de hoy, el esposo de Begoña Gómez sigue diciéndose «doctor». Ni él ha dimitido de nada, ni la Universidad en la que coló aquel fraude ha procedido –como hubiera sido de básica decencia– a desposeerlo de un título fraudulento.
El joven apparatchik, doctor en algo, juzgó llegado el momento de asaltar el vértice de su partido. El PSOE no había pasado por buenos momentos tras el desastre Zapatero. Rubalcaba se estrelló vanamente contra el muro del desprestigio socialista. Y, en aquel 2014, la sombra de una nueva izquierda, bajo la denominación de Podemos, parecía amenazar con devorar parte relevante de su clientela. Rubalcaba dimitió.
Susana Díaz, baronesa de un feudo andaluz que todos juzgaban aún insumergible, no quiso dar la batalla insegura por Ferraz. Y apoyó al «inocuo» joven Sánchez para que le fuera guardando la silla en Madrid hasta que llegaran mejores horizontes electorales. Se equivocó. Como ella suele equivocarse casi siempre. El joven Sánchez no tenía nada inocuo. Ni pensaba ceder ya nunca el puesto de mando. La acuchilló cuando intentó recordarle los términos de su acuerdo.
El partido perseveró en su naufragio. Y, en 2016, hartos ya de aquel bello incompetente anclado en la secretaría, los hombres fuertes del viejo PSOE dimitieron de sus cargos en la ejecutiva federal, para provocar la convocatoria de un Comité Federal, en el cual el Secretario General fuera destituido. El espectáculo, aquel día, de Pedro Sánchez embutiendo papeletas a puñados en una urna oculta tras cortinas acabó por hundir lo que quedaba de reputación. Sánchez fue desposeído de su liderazgo. Pero no de su pertenencia al partido. Una vez más, la necedad de sus colegas los llevó a pensar que aquel trapacero estaba muerto. Volvieron a equivocarse. Y en el Congreso de 2017, iba a ser él quien, victorioso, emprendiese la más rigurosa depuración que el PSOE haya conocido en su historia.
Cuando finalmente, tras la obscena (pero previsible) traición del PNV, Sánchez logre tumbar a un Mariano Rajoy estupefacto ante la jugada, no habrá sorpresa de ningún tipo. Sánchez pasó a organizar el Estado a la manera en la que había organizado el partido: sobre el siempre eficaz modelo mafia. Cuya columna de acero es el reparto de beneficios que ponga a los subordinados en manos, al ciento por ciento, de su Padrino. Personajes inusitados fueron cooptados al gobierno. A la «nueva izquierda» de Iglesias se la pagó con un puñado de ministerios que arruinasen su recién ganada buena imagen. Llegado el momento, ya se encargaría Yolanda Díaz de ejercer su firme reputación de siempre para apuñalar a sus colegas por la espalda. Cayeron como pardillos.
Pero hay algo de lo que las mafias viven. Aún más que los partidos. Su nombre es prosaico: dinero. Mucho y muy deprisa. Pero mucho y muy deprisa exige impunidad. Y de la impunidad dispone sólo aquel que se ha puesto a salvo de los jueces. Al final de su primera legislatura, el avance de las investigaciones judiciales empezaba a cernirse sobre Sánchez, sus ministros, su familia…
Tras lograr formar nuevo gobierno en 2018, a costa de comprar los votos parlamentarios independentistas, a los cuales sólo podía pagar violando una Constitución que no contemplaba la amnistía, Sánchez entendió que necesitaba dos escudos: control del Constitucional y destrucción del poder judicial autónomo. Lo primero no era complicado: Pumpido estaba llamado a ser la fuerza de choque más eficaz del sanchismo. Le falló lo segundo. Ni la permanente presión, ni incluso la amenaza a través de clanes narcos, pararon los procedimientos judiciales.
Su ministro más cercano, Ábalos, acabó en la cárcel con una pesada condena. Su hermano fue condenado por un fraude indigno. Su esposa aguarda el inicio de una vista oral que quizá el proceso electoral retrase; más aún, si se cumple el vaticinio de ver transubstanciada a la falsa catedrática en muy auténtica diputada por la virtud del marital dedo. La fiscalía sobre la cual él proclamó mandar sufrió el golpe demoledor de ver condenado a su fiscal general; puede que también él reciba de su jefe el último favor de ser amnistiado durante este lapso en el que no existe parlamento… Y, puede que lo más grave, los negocios oscuros del tutor Zapatero han comenzado a emerger en los juzgados.
José Luis Ábalos y Pedro Sánchez
Sólo acabando con los jueces, podrá acabar el presidente con esta tortura. Si la locura ciudadana permitiera su victoria el 29 de noviembre, esa liquidación tendría, para Sánchez, urgencia de vida o muerte. Un tercer mandato suyo marcaría en España el borrado de hasta las últimas huellas de la división de poderes. Y, en cuanto al otro poder, el legislativo, ¿qué podemos esperar del hombre que se proclamó dispuesto a gobernar, de ser preciso, sin el parlamento?
Muchas cosas horrible hemos visto en la política española. Ninguna, de una sordidez comparable a ésta de los años Sánchez.