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Javier Gómez de Liaño

Carta a la juez Beatriz Biedma

Gracias por su firmeza, señora magistrada. Con calculada serenidad, siga con su esfuerzo por superar la amargura que los ultrajes y amenazas recibidas le hayan producido

A veces, la mejor manera de hablar a todo el mundo es dirigirse a uno en particular. Ese uno puede ser uno mismo, pero lo normal es que el destinatario de la exposición sea un tercero. Pues bien, en esta ocasión, deseo comunicarme con los lectores mediante carta abierta a la magistrada doña Beatriz Biedma.

Ilma. Sra.:

Al escribirle esta carta le confieso que lo hago impulsado por la gran preocupación y no menor tristeza que una mayoría de españoles siente por la situación que vive hace años y, más concretamente, desde que inició la instrucción del procedimiento seguido contra, además de otros, David Sánchez Pérez-Castejón, hermano del presidente del Gobierno. Y como preámbulo, sepa que somos muchos quienes le expresamos una infinita gratitud por su ejemplo y otros tantos los afanados por acertar a pagárselo.

Hecha la presentación, quien se dirige a usted comprende, sin necesidad de explicaciones, el sufrimiento soportado por los ataques recibidos, pero también estoy convencido de que sabe muy bien que administrar justicia es un doloroso calvario que el juez ha de llevar a cuestas con resignación, aunque reconozco que hay casos en que la paciencia termina hecha cenizas. Tal vez aquí esté la clave, aunque insisto, la pasión por la justicia y el odio a la injusticia son servidumbres forzosas no susceptibles de extinción.

Yo, señora, no soy cazador, ni recuerdo haber asistido a una cacería. Pero en lo que sí soy experto es en la lidia de malvados e indignos; festejo al que hace años asistí, no desde el callejón sino en el ruedo. Esto es, con el morlaco delante y embistiendo por derecho. No voy a hablarle de lo acontecido en aquella feria, pues ni hace al caso ni vale la pena desempolvar viejos pleitos. Tampoco, por respeto a los muertos, he de reseñar el hierro de la ganadería. Mas si le cuento esto es porque quiero señalar y hacerlo con trazo grueso, que una persecución en toda regla como la que usted ha padecido es tan repugnante como indignante y que las heridas causadas de no ser sanadas totalmente por aquellos a quienes corresponde, a no dudar que dejaran en el Poder Judicial secuelas irreversibles.

Respecto a las embestidas de las que ha sido blanco, como le decía, yo jamás he cazado, pero un magistrado amigo, que es cazador experimentado, me dice que el método que se ha empleado con usted se asemeja mucho al que utilizan los tramperos sin escrúpulos para matar algunas piezas. Con mucha sabiduría me instruye que, como los animales que mueren alevosamente, confiados en la silvestre libertad, el procedimiento diseñado para lograr liquidarla era muy sutil y depurado. El cazador se le acerca hasta donde quiere, pues la pieza está concentrada en su oficio y la acribilla a placer, de la misma forma que si disparase a un confiado y manso animal doméstico. O sea y, según las crónicas judiciales, es lo que el magistrado don Santiago Pedraz y la señora fiscal investigan, un caterva de gente, compuesta por personajes de variado pelaje, entre los que figuran políticos, abogados, empresarios y hasta un juez condenado por un delito de violencia psíquica habitual en el ámbito familiar y tres de amenazas a quien fue víctima del primero, estaban dispuestos a abatirla incluso con los servicios contratados de un clan de narcotraficantes.

Quienes pertenecemos a este mundo sabemos que el poder judicial, pese a su enorme importancia, lleva muchos años soportando el acoso procedente de diferentes sectores, pero lo ocurrido con usted, doña Beatriz, es, sin duda alguna, el suceso más grave de la historia judicial española desde que la democracia existe, pese a que algunos se nieguen admitirlo, entre los que merecen ser incluidos los nueve vocales del Consejo General del Poder Judicial que se negaron a firmar un comunicado de apoyo y respaldo presentado por sus compañeros y que a muchos produjo la impresión de estar ante sujetos que sólo entienden la justicia en clave ideológica y especulan con ella alterando su pureza. Si el hombre no fuera un animal olvidadizo y, a veces, también ingrato y mezquino, todos los que, de una forma u otra, por acción u omisión, han atacado a su señoría, como antes o al tiempo han hecho con otros jueces, tendrían que sentir vergüenza, si es que la tuviesen.

Tras echar un vistazo al escalafón de la carrera judicial, cerrado el 31 de marzo de 2026 y comprobar que ha cruzado usted el tranco de los 20 años al servicio de la justicia, más de uno y de dos podríamos entender que, en ocasiones, el cuerpo le haya pedido arriar velas, pero, como a menudo decía Camilo José Cela, que fue un fabuloso consejero de agobiados, el que resiste gana y el que se impacienta pierde. Tal vez aquí esté la clave, o sea que está decidida a pelear por su independencia hasta verter sudor y sangre. Es posible que por esto no sean metafóricas las batallas de las que habla Ihering en La lucha por el derecho y que a no dudar usted habrá leído, cuando habla de los elementos dramáticos que justifican la heroica resistencia.

En fin, señoría ilustrísima. Aquí pongo punto y aparte a este envío. Lo hago con una frase que, quizá haya oído, y que se atribuye a la renacentista Isabella d´Este, marquesa de Mantua, aunque para mí tengo que fue obra de Cicerón: Nec spe nec metu. «Ni esperanza ni miedo». La leí por primera vez en un libro sobre el estoicismo y, según me contaron unos jueces londinenses, es la fórmula de juramento preferida por la judicatura inglesa. Spe se puede interpretar no como esperanza, sino como interés. Metu, como lo que es. Es decir, que la vida judicial ha de afrontarse del modo que usted lo hace, sin ambición personal, pero con determinación, sin miedo. Más vale ningún anhelo que ruin afán y valor que temor, diría yo. El buen juez, no va en pos de nada ni se asusta por nada relacionado con su oficio. He aquí el lema que estoy seguro preside su diario quehacer judicial y, sin duda, la mejor prueba de su dignidad para estos tiempos difíciles por los que ha atravesado.

Al buen juez nada le llena su espíritu y le reconforta el ánimo como la ley moral dentro de sí mismo. Al servicio de la conciencia y también con admiración y respeto a partes iguales, he escrito estás líneas que dejo atrás. No tengo costumbre de mentir ni, por tanto, de adular. Lo único que puedo afirmar es que en vista de su reconocida experiencia judicial y no menor formación jurídica, reúne usted las virtudes cardinales de prudencia, justicia y fortaleza, a las que cabe añadir una cuarta, conocida por templanza. Esto es lo que se llama sólido temperamento judicial. Por eso es perenne la página memorables que escribió Juan Luis Vives en el Templo de las leyes: «Han de ser los jueces personajes graves, intachables, incorruptos, severos, no impresionables por la lisonja, austeros, templados, prudentes, que ni el favor doble ni ningún temor humano intimide».

Gracias por su firmeza, señora magistrada. Con calculada serenidad, siga con su esfuerzo por superar la amargura que los ultrajes y amenazas recibidas le hayan producido. El juez espera, espera siempre, al tiempo que si desespera, desespera siempre. A caballo de la duda, a veces en soledad, que no es su caso, el buen juez anda y desanda eternamente, sin pausa y sin sosiego, el camino de sus peliagudas singladuras.

Aprovecho la ocasión para, una vez más, expresarle el testimonio de mi consideración más distinguida. En terminología procesal, aunque suene algo añeja, de mayor cuantía.