En la categoría de patios la cruz ganadora ha sido la de la Archicofradía del Rosario
Granada
La fiesta granadina más popular que estuvo prohibida durante la II República
Este año, un total de 62 cruces adornan las calles, plazas, patios y escaparates de la ciudad para conmemorar una festividad con siglos de historia
Cada 3 de mayo se celebra una de las fiestas con más arraigo popular de toda Andalucía. Granada y Córdoba son las ciudades en que más se festeja. En la ciudad de la Alhambra, es la fiesta más emblemática y callejera y sirve de antesala de una primavera que culminará en junio con las fiestas mayores, el Corpus Christi.
El Día de la Cruz en Granada es una de las fechas más esperadas del calendario. La ciudad se convierte por unas horas en un trajín bullicioso de granadinos y foráneos que se desplazan por sus calles y plazas en busca de las artísticas cruces de claveles y rosas, adornadas con cerámica, tapices, alfombras u otros objetos decorativos artesanales. Este año serán 62 cruces en sus distintas categorías.
La Fiesta de la Cruz comenzó a asentarse paulatinamente como una arraigada tradición a partir del fin de la dominación musulmana. Desde entonces, muchos granadinos adquirieron la costumbre de levantar pequeñas cruces en los patios interiores de las viviendas, que solían adornar con flores y otros objetos que ensalzaran su dignidad y nobleza. La primera mención documental sobre la celebración de la festividad de la Cruz de Mayo corresponde a un texto del escritor granadino Francisco Henríquez de Jorquera. Cuenta que en el año 1625, los vecinos del popular barrio de San Lázaro levantaron una cruz de piedra blanca y celebraron una fiesta que duró todo el día y toda la noche, y en la que no pararon los cantes y los bailes. Paulatinamente, este festejo debió extenderse a otros barrios de la ciudad.
La celebración popular y religiosa del Día de la Cruz, tal y como hoy lo conocemos, adquirió gran esplendor durante los siglos XVIII y XIX, culminando con la declaración por el Ayuntamiento de Granada, en 1924, como fiesta oficial. Fue entonces cuando el Consistorio de la capital creó el concurso oficial de cruces, que reconoce su belleza y creatividad, y que aún perdura hoy. Este año, los ganadores, en las distintas categorías, han sido: Asociación de Vecinos San Ildefonso (calles y plazas), Archicofradía del Rosario (patios), Yedra Arquitectura (escaparates) y colegio Divino Maestro (escolar).
Cruz ganadora del primer premio en la categoría de patios
La Cruz en la década de 1930
A comienzos de la década de 1930, con la instauración de la II República, la animadversión religiosa de las nuevas autoridades hace que la fiesta languidezca. El Ayuntamiento cambió el calendario y le retiró su apoyo económico al festejo.
La quema de iglesias y conventos y la destrucción de cruces fue una triste realidad en aquellos años. Por ejemplo, en la noche del 9 de noviembre de 1933, la oleada de odio provocó en Granada el incendio, por parte de grupos anarquistas, de los conventos de Santa Inés, las Tomasas, el Beaterio de Recogidas, la sacristía de la iglesia de San José y las iglesias de San Cristóbal, San Gregorio Alto y San Luis. Dos años después, les tocó el turno a la Cruz de la Rauda y a las iglesias de San Miguel, San Bartolomé, San Gregorio y, de nuevo, San Nicolás.
Poco después llegó la sangrienta Guerra Civil, en la que cualquier festividad religiosa, como la de la Cruz de Mayo, estaba prohibida. Son tiempos de odio en los que se intenta destruir la cruz, a lo que representa y a quienes la portan.
Pasada la contienda fratricida, esta arraigada fiesta popular no cuenta tampoco con el apoyo de las nuevas autoridades. Tuvo que ser, una vez más, el insigne Antonio Gallego Morell, un granadino al que la ciudad debe tantas cosas, quien en los años 60, desde su cargo como delegado provincial de Información y Turismo, impulsara el renacer de la fiesta. Desde entonces, el Día de la Cruz no ha parado de crecer en popularidad y participación, aunque en los primeros años de este siglo, sufriera una grave crisis por culpa de los excesos etílicos.
La celebración parecía haberse transformado en una simple excusa para convertir toda la ciudad en un incontrolado botellón. Esto provocó la reacción municipal, que en 2007 declaró la «ley seca»; o sea, que se prohibió la instalación de barras de bar junto a las cruces. La medida surtió su efecto, recuperándose paulatinamente el sentido original. Diez años, después, volvieron las barras para tomar una cerveza o un rebujito, aunque ya de forma muy controlada. A día de hoy, la fiesta ha vuelto a ser lo que tradicionalmente fue.