José Antonio Oria, vecino de Lepe, tiene a dos vacas como animales de compañía, en el único caso que se conoce en Andalucía y de los pocos en el mund

José Antonio Oria, vecino de Lepe, tiene a dos vacas como animales de compañía, en el único caso que se conoce en Andalucía y de los pocos en el mundEFE/Fermín Cabanillas

Huelva

Se acepta vaca como animal de compañía: un vecino de Lepe las salva del matadero y ahora son sus mascotas

Su propietario, que acudía a una comida en Sevilla, se encontró entonces a dos terneras recién nacidas que iban destinadas a ser su menú, pero decidió cambiar su destino y llevárselas a su finca

Acudía como invitado a un almuerzo en Sevilla y allí se encontró con dos terneras recién nacidas que iban destinadas al matadero. «Comencé a acariciarlas y eran muy cariñosas, así que decidí que no las matarían», cuenta un vecino de Lepe (Huelva) a EFE.

Ahora, José Antonio tiene a dos vacas como mascotas en su finca de 14 hectáreas en este municipio onubense, donde pastan a sus anchas ajenas a su propio destino: iban a ser el menú de una comida en Sevilla.

Tras tomar esa decisión, le dijo a sus anfitriones «que él compraría toda la carne que hiciera falta para el almuerzo, pero que esas vacas se volvían con él a Lepe». Dicho y hecho, los animales acabaron en su coche y cuando llegó a su destino fueron directos a la finca donde ahora viven.

Allí llevan ya dos años y esas pequeñas terneras han crecido hasta ser las «impresionantes» vacas que ahora pastan.

Trámites burocráticos

Sin embargo, dado que no es un animal de compañía muy habitual, su propietario ha tenido que hacer varios trámites para registrarlas como tal. Con el precedente de la vaca ‘Loli’, que con toda su documentación en regla, convive con los gestores del Santuario de la Fundación Vegan de Brunete, en Madrid, José Antonio se puso a investigar, al tiempo que ellas crecían a golpe de biberón, pienso y paja.

Así, dio con la Ley 7/2023 de protección de los derechos y bienestar de los animales, que permite tenerlos como mascotas a los que han nacido con el objetivo de servir de producción, siempre y cuando hayan dejado de tener esa finalidad.

Su artículo 1 apartado b explica que deben destinarse a «explotación, transporte, experimentación y sacrificio» en todo su ciclo vital salvo el supuesto que, perdiendo su fin reproductivo, el propietario decida inscribirlos como animales de compañía en el registro.

Con ese párrafo en mano, acudió al veterinario y comenzó el proceso. «Ahora tienen sus papeles, su microchip y todo lo que tiene cualquier animal que viva con sus dueños», afirma.

La única diferencia con un perro o un gato, dice, es que cuando tiene que verlas el veterinario, «en lugar de llevarlas directamente a su consulta, es él el que viene a la finca».

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